Desde que tengo memoria he tenido novia. Y, casi desde la misma época, ex novia también. Es más: en los más desolados momentos de soledad de mi vida siempre me han quedado por lo menos dos ex novias, o tres. Aunque no debiera llamarlas así, porque técnicamente hablando nunca han sido verdaderas ex novias: nunca he roto de manera definitiva con ninguna. Me han echado, sí. Pero eso es otra cosa.
Me preguntan ahora que cuál fue la primera, y, la verdad, no sabría decirlo exactamente. Como decía Rubén Darío:
"Plural ha sido la celeste
historia de mi corazón."
Hubo una -y es de las pocas de quienes no he vuelto a saber nada después de la ruptura- que tuve a los dos años o dos años y medio. Era de mi misma edad, y tenía los ojos muy negros, y era más bien barrigoncita. Andábamos siempre cogidos de la mano. No es que me acuerde de ella pero he visto fotos (para ser más exacto: he visto una foto); y mamá, alguna vez que la interrogué al respecto, me confirmó lo que la foto muestra elocuentemente, porque en ella los dos tenemos cara de estar furiosos el uno con el otro:
-Era tu novia.
Y yo, enamorado todavía, al cabo de tantos años:
-¿Y cómo se llamaba?
-Eso sí no sé. Era una vecinita de playa en Zarauz, cuando vivíamos en España.
En efecto: estamos en la foto descalzos en la arena mi novia y yo, en vestido de baño, fuertemente cogidos de la mano, y detrás se ven en blanco y negro las largas olas del Cantábrico. Pero no fue nada importante: un simple romance de verano. Tal vez por eso mi recuerdo de esa noviecita temprana es tan vago, hasta el punto de ser inexistente. Y eso es raro, pues recuerdo a todas las demás, e incluso recuerdo a varias que no fueron mis novias. A esta no. Puede ser que en el fondo -y lo digo más que todo por lo de la barriguita- no me gustara mucho. Esas cosas pasan. Pero se da uno cuenta sólo cuando está ya de novio formal, de mano cogida y todo, y ¿qué va a hacer?
Tenía yo por entonces dos o tres años, digo, y sin embargo aquella niñita innominada y fugaz no fue en realidad mi primera novia. Ya había tenido otra. No sé si debo confesarlo, porque hubo incesto de por medio. Pero en fin, ahí va: mi primera novia fue la hermana de mi madre.
Se llamaba Gloria. Pero yo no la llamaba así: justamente por eso sé hoy, después de mucho Freud, que fue ella mi primera novia. La llamaba "mamá". Y, como todo el mundo sabe, el primer amor de todo niño es su mamá. Es lo que en psicoanálisis se llama "complejo de Edipo".
Cuando empezó lo nuestro mi tía Gloria tendría, calculo yo, unos veintiséis o veintiocho años. Murió hace poco, ya con más de ochenta. Tal vez venga de ahí el hecho de que desde aquel entonces, y hasta el día de hoy, la de veintiséis años es la edad en que las mujeres empiezan a gustarme; y el gusto me dura hasta. sí, más o menos hasta que tienen ochenta. En eso comparto el criterio de Elizabeth Taylor, que explicó cuando las revistas de chismes la criticaron por casarse con un hombre de cuarenta años habiendo ella cumplido los setenta:
-Cuando tenía catorce años, también me criticaron por casarme con uno de cuarenta. ¿Qué quieren? Lo que pasa es que siempre me han gustado los hombres de cuarenta años.
En ese aspecto a mí me ha pasado un poco lo mismo: desde niño y hasta viejo me han gustado las mujeres mayores de veinticinco años. Las jovencitas no me atraen. Es decir: me gustan para mirarlas; pero no soy pedófilo. Mi novia de verano de Zarauz fue una excepción, y quizás, como dije antes, una equivocación. Con las jovencitas me aburro, y se aburren ellas, y no tenemos nada que decirnos. Recuerdo una novia de diecisiete años que tuve una vez en Madrid, hija de un amigo argentino. Tenía moto, aunque no tenía pase de manejar moto. Surcábamos la ciudad como unas flechas en su moto, rumbo al cine, rumbo a una discoteca, rumbo a un concierto multitudinario de rock al aire libre, de esos que refrescan a la gente sudorosa con manguera de riego. Yo no quería ir a conciertos de rock al aire libre, y además iba incomodísimo sentado atrás, de parrillero, y con el pelo de mi novia escapado del casco metiéndoseme en los ojos y en las fosas nasales, ciego y ensordecido por el rugido de la moto. La historia no duró ni mes y medio. Un día me dijo:
-Vos sos como mi viejo: te cansás.
Nos separamos sin peleas, con mutuo alivio. Descansé.
Vuelvo a lo de mi tía. Yo estaba más o menos recién nacido -o tal vez no: algo más crecidito, puesto que ya sabía articular palabras, o por lo menos la palabra "mamá". Suele ser la primera que articulan los niños a causa del complejo de Edipo a que me referí antes. Yo sabía decir "mamá", digo, y así llamaba a mi mamá, a mi madre biológica, a quien quería con el complejo de Edipo a todo trapo. Pero bastaba con que, en una reunión familiar o cosa por el estilo, mamá me hiciera pasar de sus brazos a los de mi tía Gloria para que yo prorrumpiera en grititos de gozo:
-¡Mamá! ¡Mamá! ¡Mamá!
Y no es que después, ya de adulto, haya tenido esa costumbre un poco grotesca de llamar "mamá" a mis novias. Sencillamente no tenía edad suficiente para pronunciar sonidos difíciles, como "Gloria". Así que le decía "mamá" a mi tía Gloria porque, a esa edad, era la única palabra de amor que conocía, sin contar unas cuantas onomatopeyas. Ella me recibía, me hacía unos arrumacos, me daba unos besos, me devolvía a los brazos de mi mamá de verdad. Y yo volvía a gritar, loco de amor:
-¡Mamá! ¡Mamá! ¡Mamá!
Porque también a mamá la llamaba "mamá", como es natural. Estaba enamorado de ambas. Tenía un doble complejo de Edipo. De ahí, posiblemente, me viene el vicio de la infidelidad.
Y sí, debo decirlo: les fui infiel a las dos. A la una con la otra, como me delataba yo mismo con esos "¡Mamás!" incontenibles, y también a ambas con otras mujeres: la barrigoncita de la playa fue una, y hubo otra aquí, y otra allá, y otra acullá. Yo qué sé. Llegué a tener la tentación de ennoviarme con alguna de las hijas de mi tía Gloria (y, años más tarde, con alguna de sus nietas), lo cual hubiera convertido los lazos del incesto en un inextricable nudo ciego.
Pero dije al principio que nunca he roto de manera definitiva con ninguna de mis novias. También con mi tía Gloria el amor nos duró toda la vida; y muchos años después, ya viuda ella y divorciado yo, reanudamos nuestro noviazgo tanto tiempo interrumpido. Un noviazgo, claro está, mesurado y circunspecto, como convenía a una señora de su edad avanzada: no era novia de moto, por decirlo así. Yo llegaba a su casa a la caída de la tarde y le hacía la visita. Tomábamos el té. A veces continuábamos con un whisky o dos, charlando de minucias: nacimientos y fallecimientos en la familia, incidencias de la política. Todo eso siempre, sobra decirlo, en presencia de una chaperona: una de sus hijas, una de sus nietas, o una de sus bisnietas, o varias. No nos cogíamos de la mano, como hacía yo en mi infancia con mi noviecita de la playa, porque las suyas le dolían, por la artritis.
Bueno: pues el caso es que terminamos por casarnos. Como si fuéramos personajes de ficción literaria: el Edipo que dio su nombre al complejo, el de la tragedia de Sófocles, y su madre Yocasta; o Ada y Dan, los hermanos largamente incestuosos de la novela de Nabokov. Digo "casarnos" en el sentido práctico de la palabra: nos fuimos a vivir juntos en la misma casa, aunque sin ceremonias ni firmas de papeles, y sin que llegáramos tampoco a consumar el matrimonio.
Y nunca me echó, como otras. En la generación de mi tía Gloria el noviazgo era algo que se tomaba muy en serio.

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