Mi primera mascota fue una rata. No un perro, ni un gato, ni siquiera un hámster. Sino una rata. Negra y peluda, de alcantarilla.

—¡Tengo una lata que está en mi lucha! —gritaba en castellano incipiente, esforzándome para que mis palabras no sonaran tanto a mandarín.

A los dos años y medio se me hacía difícil hacerme entender, peor si no me tomaban muy en serio.

—Tengo una lata que está en mi lucha y me hace así… —decía mientras movía la nariz como si una mosca se hubiese posado en ella.

Por fin, mi madre entendió el mensaje.

—La bebé dice que tiene una rata en su ducha —decía—. ¡Cuánta imaginación!

Todos me miraban encantados. No entendía muy bien lo de la imaginación, pero me quedé tranquila, hasta feliz porque habían aceptado a mi peluda mascota.

—¿A dónde llevas ese pan? —me preguntaron otro día.

Yo respondí que era para alimentar a mi rata.

—Ah, es para su mascota imaginaria —les explicaba mi madre a las visitas cuando veían que la bebé; o sea yo, pasaba con mendrugos directo al baño.

No sé cuánto tiempo duró eso, lo cierto es que amaestré a mi rata —o ella me amaestró a mí— ya que la alimentaba con puntualidad cada día. Solo se asomaba cuando yo llegaba sola, para hacerme sus muecas que yo interpretaba como un: "¡Dame más pan, criatura!". Así que le daba más y más pan, hasta que mi rata se puso obesa, como una pelotita. Yo sentía que la hacía feliz. Lo que no sabía era que sin querer la llevaba a su fin.

Una mañana me sobresaltó un grito. Era mi madre que salía corriendo del baño, envuelta en una toalla. Recuerdo otros gritos, mucha confusión, y luego Lilia, nuestra cocinera, que me llevaba rápidamente a comprar algo. Tuvimos un paseo largo.

De regreso, noté rostros evasivos, demasiados silencios. No les hice mucho caso porque más preocupada estaba en la noble misión de alimentar a mi rata. Pero ella no volvió. No la vi más.

Qué hice mal, pensé. Tal vez mi rata odiaba el pan y no podía decírmelo; debí darle un menú más variado. No entendía por qué no regresaba y me sentía cada vez más decepcionada y triste. La pena se me notaba.

—Tu rata se fue a Trujillo —me dijo mi madre.

Me sentí aliviada: mi rata se había ido a otra ciudad, y había dejado el encargo de que me avisaran. No sabía por qué había elegido Trujillo, pero me hacía feliz saber de ella. A partir de entonces, cada cierto tiempo preguntaba por mi rata. Siempre me mandaba saludos y creo que hasta se casó en la Ciudad de la Eterna Primavera.

Mi mamá me contaba los éxitos de mi mascota y, por supuesto, yo me sentía partícipe y mentora de sus hazañas. De alguna extraña manera, aquel pan que yo le daba había ayudado a la superación personal de mi roedor en una ciudad extraña. Con el tiempo, dejé de preguntar por ella.

—¿Y qué pasó con mi rata? —pregunté por fin después de casi 15 años.

—¿Tu rata? Ah… tu rata —se acordó mi madre entre culposa y divertida.

Luego me contó cómo la había encontrado, atorada en el sumidero de la ducha de lo gorda que estaba. Me dijo que habían llamado a mi abuelo, quien no tardó en matarla con su técnica de "solo un golpe seco". Mi madre estaba muy entusiasmada con el relato y los detalles escabrosos. Yo solo le pregunté que por qué Trujillo.

—Tenías mucha imaginación de chica —me contestó sin contestar.

Le sonreí y dejamos el tema para siempre. "Mucha imaginación", pensé, ¡qué rata!

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