Aunque ocurrió hace muchos años, todavía siento con gran claridad y escalofrío esa sensación del momento en que conocí el significado del concepto 'inevitable'. Y me estremezco. Lo recuerdo de una manera tan vívida que siento los estragos de aquel día aciago en los músculos, en las vísceras, en la piel -quiero decir- lo siento físicamente. Tenía cinco y aquél era mi primer año de colegio. Para un niño el concepto de lo inevitable es el primer paso hacia la conciencia de esa cataplasma que habrá de cargar por el resto de sus días: la idea de la muerte.
Las cosas ocurrieron así: estaba por terminarse el 'recreo grande' de la mañana (si mal no recuerdo fue cerca de la Semana Santa, pues días después de la infausta ocasión tuvo lugar la fiesta -muy de colegio alemán- de buscar los huevos de Pascua), y ese, aquel malhadado día, había logrado conseguir balde y pala para jugar en la piscina de arena, lo cual no era nada fácil. Una de las profesoras sacaba un gran cajón con los rastrillos, las palas y demás herramientas-juguetes y los volcaba sobre el césped. La mafia de los grandotes se encargaba de quedarse con todo en esa especie de piñata rapaz, mientras que otro grupo -sus cómplices- ya había colonizado su lugar y lo ocupaba a sus anchas como territorio propio. Yo me había pasado casi todo el año (que era por entonces un 20 por ciento de mi vida) esperando que alguna de las partes de esa alianza-tenaza matonil cometiera un error, o una distracción, o que pasara algo inusitado que me permitiera entrar a jugar en la arenera.
¡Y preciso esa mañana, cuando Frau Laños (no sé cómo se llamaba realmente, pero así le decíamos todos), mi primera directora de curso, volcó el cajón con las herramientas de juguete, una palita de plástico rebotó en el piso y vino a dar directamente a mis manos! Pala en mano, conseguir el balde fue pan comido. Una negociación rápida, con el veloz argumento "para qué quiere balde si no tiene pala" y ¡zas!... un raponazo antes de la réplica posible y lógica. Y así, debidamente equipado, llegué, por fin, a la arenera con el corazón al galope, insuflado de orgullo, y me hice en una esquina en el colmo del entusiasmo pero... nada. En realidad yo no tenía ni idea de qué se trataba ese asunto. No lo había hecho nunca y tampoco tenía la práctica de quienes habían ya estado en la playa. Yo había nacido en el centro de Bogotá y no conocía el mar, "no han visto el mar mis ojos", había cantado el poeta. Me moría de las ganas de hacerlo, pero no sabía por qué, ni para qué. Una niñita se acercó al ver que lo único que yo hacía era llenar el balde y vaciarlo ahí al ladito, sin ton ni son, y más por mostrar su superioridad que por un sincero deseo de ayudarme, me dijo que con la arena se podían hacer castillos. ¡Castillos! ¿Y cómo diablos? Después de seguir las instrucciones básicas (Karin J, ¿fuiste tú?) terminé por hacer montañas con huecos que se derrumbaban por culpa de la profundidad de los mismos, causándome oleadas de decepción que, sin embargo, no lograban disminuir mi entusiasmo de principiante. Con ímpetu volvía a mojar la arena y hacer un montículo, dándole palmadas para endurecerlo, y luego, otra vez, con una ramita, volvía a hacer los túneles. Así, en medio de la febrilidad de quien cree que está construyendo palacios pasaron las primeras dos horas de cuarenta y cinco minutos, sonó el timbre -no campana: timbre eléctrico- que anunciaba el 'recreo grande' de la mañana; las profesoras empezaron a recoger los utensilios, la arenera a desocuparse y yo a quedar a mis anchas. Fue en ese momento cuando se me ocurrió que si construía una montaña más grande, con toda la arena posible, esa, mi montaña, no se iba a caer, no importaba la cantidad de túneles que le hiciera... sería una montaña de tamaño más cercano al de una de verdad . Yo ya sentía por allá lejos las ganas de baño, pues era la hora en que había que ir todos los días puntualmente, durante el 'recreo grande'; sabía que para el baño habría otras oportunidades, pero la tentación de tener la arenera para mí solo, con toda la arena enteramente a mi disposición, era mayor e irresistible, de modo que me quedé construyendo la megamontaña que yo soñaba, el castillo más grande posible hecho jamás por niño alguno.
Sonó el timbre de prevención anunciando el final del recreo (sonaban dos con un breve intervalo de tres o cinco minutos; ya no me acuerdo, pero el primero era eso, una alerta, y el siguiente anunciaba el comienzo definitivo de las clases) y ese lapso era la última oportunidad para ir al baño, mientras se recogía la basura de los patios, se limpiaban los tableros, se cambiaban para la clase de gimnasia los de los cursos superiores, y se terminaban de recoger todas las cosas de la arenera de los de Kinder (así, en alemán del 'kindergarten', el Jardín de los Niños). Fue entonces cuando empecé a sentir los síntomas de la inminencia. Y era urgente. Fui a correr, pero mi cuerpo me avisó inmediatamente que era imprudente, que podría ser un error fatal. Cualquier movimiento brusco podría precipitar la evacuación, que ya se abría paso por las entrañas, haciendo incluso unos ruidos premonitorios, que me llenaron de temor. Al baño grande -quedaba en otro patio- ya no alcanzaba a llegar. Me tocó ir caminando con extraños movimientos convulsivos al baño pequeño, frente al cual había una cola de los niños que se quedaban de últimos para no interrumpir las jugarretas competitivas del recreo. Les rogué, les supliqué que me dejaran colar, que me dejaran pasar de primero, que la situación era grave. Pero no. La solidaridad de los niños es una entelequia, una gran farsa. El niño es un lobo feroz para el niño. Incluso traté de hacerlo a la fuerza. Pero fue peor. Por un lado, se sintieron agredidos y respondieron con fuertes empujones a mis intentos, y yo, ya lo dije, no estaba en condiciones de desplegar mis recursos físicos ni siquiera en defensa propia ya que cualquier exceso podría ser definitivo. Entonces decidí concentrarme en dirigir mis fuerzas a aguantar en el puesto hasta que me llegara el turno. Todas las células concentradas en cerrar el esfínter. Faltaban tres por hacer pipí. No hubo manera de hacerlos entender que yo tenía prioridad por tratarse de algo más sólido, más profundo, más denso. Hice mis contorsiones causadas por el esfuerzo sobrehumano y soporté los retorcijones hasta que la continencia represada no solo atravesó los límites de mi capacidad de resistencia, sino que, por el contrario, se vino toda ella con su carga a plenitud.
Recuerdo que mis palabras fueron : "Me hago, me hago". No otras. En el colegio no se decían -ni en emergencias- malas palabras, al igual que en el diccionario de la Real Academia. Una masa caliente se me instaló atrás en los pantalones y, cuando por fin llegó mi turno, era demasiado tarde. Ni siquiera en la intimidad del baño pequeño me atreví a soltarme el cinturón. Lo que
había ocurrido se caía de su peso. Bueno, pesaba ahí, pero por fortuna no se caía. Me quedé paralizado. Si me movía yo tenía la certeza de que se podía expandir, o lo que era peor, se podía escurrir y ensuciar los zapatos por encima. Otros niños que esperaban su turno empezaron a golpear en la puerta del baño, sin ninguna cortesía. Tenía que salir. Pocas veces en la vida he vuelto a sentir tanta angustia. Tuve que abrir. Traté de disimular, de poner cara de "aquí no pasó nada". (Cuando luego, en mi oficio de actor, alguien habla de que hay que sentir lo que se hace, yo no puedo dejar de recordar ese momento, e inmediatamente siento el peso de ese bulto tibio atrás -como un estigma, como un sambenito colgado al revés- y la cara de flagrancia que supongo no logré embozar). Y apenas salí, debía de estar pálido, caminaba con las rodillas tiesas y las piernas abiertas. Los granujas de afuera reconocieron de inmediato mi desgraciada situación y empezó el escarnio. Me señalaron con el dedo y empezó el coro infamante. Como si lo hubieran ensayado sólo para mí. Con esas vocecitas acusatorias, sapas, perversas -gozándosela- pero con un ritmo y una uniformidad tonal más dignas de una alabanza celestial: "Se hi-zo po-pó, se hi-zo po-pó". Hubo revuelo general. Las profesoras alemanas no lo podían creer. Los niños alemanes no se hacen popó. Nunca. Tenía que ser un colombiano. Ellas no sabían qué hacer. Les tocó consultar con la gente del país qué se hacía en estos casos. Edelmira, la mujer del señor Bernal, el portero, que realmente fue el mayordomo mayor y celador del colegio durante toda mi vida, se mató de la risa, aumentando el desconcierto de las extranjeras y llevando mi propia humillación al tenebroso terreno del ridículo. A Tante Kors, una de las profesoras alemanas, se le ocurrió que era buena idea darme con un periódico en la cabeza en el lugar mismo de los acontecimientos para que tuviera un mal recuerdo acústico del hecho y así no lo volviera a hacer. El método conductista con que tan admirablemente habían educado a los perros doberman. A todas estas yo estaba en el salón, sentado en mi mesita, rodeado de vapores pestilentes que emanaban de mí mismo y de aquellas insufribles vocecitas del coro infamante. Fue entonces cuando apareció la profesora colombiana Lucía Roca vestida completamente de negro, firme, serena, imperturbable pero echando centellas por los ojos. Y los calló a todos. No recuerdo qué dijo pero sí su tono de indignación. Los reprendió, me tomó de la mano, y me sacó del salón. Es la primera y la última vez que he sentido eso, que alguien me saca de la mano del infierno.
Después, ella, Tante Lucía, me preguntó qué me había pasado y me pidió el teléfono de mi casa. Yo se lo dije: 66717 y le conté la historia sin culpa ni contrición de aquella, mi primera vez en la arena. Ella no sólo me escuchó, sino que me pareció ver en sus ojos que a pesar de todo (del aroma, quiero decir) se divertía. Y no me reprendió. Simplemente me dijo que tratara de que no ocurriera nunca más. Hasta me ofreció su intermediación en caso de que todos los baños estuvieran ocupados. Y llamó a mi mamá para contarle que yo había tenido "un percance" que requería un cambio completo de vestuario. Fue, y sólo en el sentido literal, la peor cagada de mi vida.
Las demás humillaciones de mi infancia fueron un juego de niños comparadas con este incidente.

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