Terminada la vacación de Semana Santa y con ocho años recién cumplidos, me dijo mi padre: mañana no vas al colegio.

No entendí bien de qué se trataba, pero me alegré. Capar colegio siempre era atractivo; sin embargo, la decisión resultó embarazosa. Don Vicente, mi adorado padre, había resuelto cambiarme de institución educativa. El rendimiento académico de mis hermanos y el mío no era satisfactorio dado que la relación familiar con el dueño del colegio distorsionaba la interpretación sobre las calificaciones. Si estas eran buenas, había favoritismo, y si por el contrario eran malas, había persecución. Lo injusto era que yo estaba en segundo elemental, y en el nuevo establecimiento el curso más cercano a ese nivel era el quinto. No hubo más remedio que enfrentar el reto con las consecuencias naturales: no entendía absolutamente nada. Números encima de otros números separados por una rayita y un reguero de palabras nuevas de alto calibre que me suscitaban, y todavía lo hacen, mucha curiosidad: puta, culo y otras menos atractivas.

Como no quería dejar notar mi condición de impúber, ignorante en asuntos de sexo, resolví hacerme el que entendía su significado, incurriendo en el equívoco de que las expresiones ya mencionadas correspondían a los órganos sexuales de la mujer y del hombre respectivamente. El embrollo, por razones que saltan a la vista, fue inmenso. Casi me dan en la jeta por la impropiedad con la cual aludí a varios de mis compañeros usando algunos de los vocablos referidos. Desde entonces sufro un desfase. Nunca tuve formación sexual y por tanto soy autodidacto en esa materia. Con el transcurso del tiempo pude corregir el entuerto. Repitiendo los años lectivos en los que no pasaba las asignaturas correspondientes. Quinto elemental, dos veces. Segundo de bachillerato, dos veces. Sexo uno, dos veces. Sexo dos, dos veces.

A punta de equivocaciones fui "entrando a la vida, me fui haciendo grande". El sexo, como el agua del río, corre hacia el mar, pero si encuentra un obstáculo, es imprevisible el rumbo que tome. La adolescencia tiene una energía sobrante que hay que saber encauzar, sostenía el insigne educador Agustín Nieto Caballero. En mi caso particular, por fortuna, no tuve obstáculos, solo falta de información. Nadie me dio una mano, hasta que apareció el "rostro palmo libe", quien no solo me dio la mano; en un curso intensivo y exitoso me fue dando la otra mano, una pierna, una oreja, la otra y así hasta que entregó todo su cuerpo. Era morena, delgada, voluptuosa, divertida y, sobre todo, hermosa. Un rostro palmo libe nunca se olvida, ni se aleja. Solo dice: adiós.

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