Fui un adolescente solitario e introspectivo. Me costaba trabajo socializar, estar entre los demás, compartir sus inquietudes y problemas. Cumplía con mis obligaciones escolares para que me dejaran en la casa tranquilo, practicaba varios deportes y el resto del tiempo me la pasaba por ahí, en bicicleta o vagabundeando de calle en calle sin saber muy bien adónde dirigirme. A diferencia de otros jóvenes que asistían también a colegios privados y que tenían las mismas comodidades que yo, o muchas más, a mí me preocupaba esa cultura de gueto que hay en Colombia en las clases media y media alta. Solo se relacionan entre ellos, solo se hacen amigos entre ellos, solo se casan entre ellos. Los padres suelen preguntar: ¿Y dónde vive tu amigo? ¿Qué hacen sus papás?

A mí ese clasismo aberrante me asqueó siempre. Y el deporte fue la clave para salir de mi clase social y entablar una relación seria con ese otro país que buscaba trabajo en vano o que el dinero no le alcanzaba para las tres comidas diarias. Y entre los varios deportes que practicaba, hubo uno muy especial que me permitió conocer mejor mi ciudad y mi gente: el fútbol. Pertenecí a varios equipos que jugaban torneos populares patrocinados por empresas menores. Los jugadores éramos del centro de Bogotá, del norte, del occidente, del sur, de los barrios periféricos, de todas partes. Unos éramos estudiantes, otros trabajaban en panaderías o de vendedores puerta a puerta, y había también el grupo de los que no hacían nada, vagos de oficio cuya única pasión era la pelota. Tengo los mejores recuerdos de todos ellos y de cada uno podría escribir una historia extraordinaria. Nos unía una misma obsesión: la cancha.

Sin embargo, ese ritmo de vida, en lugar de acercarme a mis compañeros de colegio, lo que hacía era alejarme: en reemplazo de las citas en Unicentro para ir a comer pizza o de las fiestas en el Chicó los fines de semana, yo me la pasaba con los guayos al hombro jugando torneos en el Olaya o disputando pequeñas copas de barriada en Suba o en Kennedy. Y llegué a creer que podía dedicarme profesionalmente, como otros de mis compañeros (Wilfredo Rincón, por ejemplo), al fútbol, o, al menos, a estudiar Educación Física en alguna universidad. Cuando yo tocaba ese tema en mi casa, la situación se ponía difícil: para unos padres profesionales de clase media, el deporte siempre será una afición, jamás un destino.

Mi otra pasión era la lectura. Desde muy niño aprendí que los libros eran una especie de ensanchamiento de la realidad. Notaba entre mis vecinos de barrio o entre mis compañeros de colegio que los que no leían estaban atrapados en coordenadas estrechas, que sus mundos eran reducidos, que parecían prisioneros de la inmediatez. En cambio, los buenos lectores miraban de otra manera, analizaban desde ángulos distintos, eran capaces de salir de sí y de ponerse en situaciones extremas o incluso delirantes. Así que, con mis escasos ahorros de adolescente, solía comprar libros de segunda en las casetas de la calle 19 e intercambiarlos con mis mejores amigos de entonces. En una clase de vocacionales que había tomado en el colegio (el Refous), bajo la asesoría de Gonzalo, un carpintero de oficio, había construido una biblioteca yo solo y a los 16 años ya la tenía casi llena con varios volúmenes de ediciones baratas que eran mi orgullo.

Así transcurría mi vida, entre el balón y la lectura, y sintiendo que la mayoría de las veces no encajaba en las fiestas, ni en mi propia clase social, ni en mi familia tampoco. Y cumplí diecisiete y entré a sexto bachillerato. Ese año se rompió mi vida para siempre. Recuerdo muy bien la hora y el lugar: las 11:00 de la mañana, la clase de literatura en el colegio. Habían cambiado de profesor y estábamos esperando al nuevo encargado de la clase. No teníamos ni idea de quién se trataba. El año anterior nos había dictado clase una excelente actriz del Teatro Libre de Bogotá, Carlota Llano, que nos había iniciado en la lectura de los latinoamericanos del boom. Gracias a ella, la literatura se había vuelto para nosotros una revelación. También empezamos a asistir al Teatro Libre con regularidad (El rey Lear, Las brujas de Salem, La agonía del difunto), y nuestra curiosidad intelectual se multiplicó vertiginosamente. Pero sus obligaciones teatrales la habían obligado a renunciar. Por eso ahora, esperando al nuevo profesor de literatura, una cierta tensión se respiraba en el ambiente. Nos gustaba la clase, extrañábamos a Carlota y esperábamos a un docente que diera la talla. De repente, vimos cómo un hombre de cabello lacio negro y barba muy poblada cruzaba el patio del colegio con un maletín de cuero en la mano. Era un día gris y una ligera llovizna golpeaba las tejas de los salones de clase. El nuevo profesor entró, se sacudió ligeramente el agua que llevaba en la ropa, se acercó a la mesa, sacó un volumen cuyo título no alcanzamos ni siquiera a vislumbrar, se subió el cuello de su gabán para protegerse del frío, y con una voz melodiosa que escondía un acento raro, como si hubiera vivido en el extranjero mucho tiempo, nos dijo: —Seres de otros mundos nos acechan, muchachos, nos vigilan, y hay que estar atentos a sus mensajes…

Podía escucharse el aletear de una mosca en el aire. Todos estábamos hipnotizados por las palabras del nuevo profesor. Nos dictó una clase sobre Crónicas marcianas, de Ray Bradbury, una clase inolvidable que nos dejó absortos, idos, como si hubiéramos sido víctimas de algún maleficio. Cuando sonó la campana y el profe metió su libro en el maletín y salió, todos nos quedamos sembrados en nuestros asientos, sin saber qué hacer. Acabábamos de ser invadidos, inundados por la belleza de la oralidad, por la fuerza del lenguaje. Era difícil hablar después de eso: cualquier cosa que uno dijera sonaba estúpida, intrascendente. Recuerdo que aproveché el recreo para ir a los campos de agricultura y visitar mi surco de rábanos. Quería estar solo y procesar lo que había escuchado a lo largo de la clase.

A partir de entonces el curso de literatura se convirtió en el centro de mi vida, en lo que le otorgaba sentido a esa adolescencia conflictiva y solitaria en medio de la cual yo me refugiaba en los libros y en el fútbol sin saber a ciencia cierta qué iba a ser de mí de allí en adelante. El profesor se llamaba Eduardo Jaramillo y muy pronto varios de nosotros que teníamos inquietudes literarias nos acercamos a él en busca de consejos y recomendaciones. Entre esos compañeros ávidos de lectura que también escribían en secreto había dos que con los años se convertirían en grandes escritores y que compartieron conmigo el privilegio de estar en esa clase: Santiago Gamboa y Ramón Cote.

Eduardo tenía un pequeño apartamento en el barrio Rionegro, un barrio de trabajadores humildes, tiendas de miscelánea, pequeños supermercados, talleres de mecánica y salones de belleza que tenían un aire pueblerino, ajeno a los vértigos urbanos que ya empezaban a imponerse en Bogotá. Eduardo nos recibía los sábados en la tarde y nos corregía esos primeros textos que escribíamos con el anhelo de que a él le gustaran, de que los considerara literatura de verdad. Hoy en día recuerdo esos encuentros y me parece increíble que él haya invertido tanta fe en nosotros, que nos considerara discípulos importantes, que valíamos la pena y que quizás, con algo de suerte y buen pulso, algún día publicaríamos aunque fuera un libro.

Ese año empecé a dejar los entrenamientos de fútbol y me concentré en mi pequeña máquina de escribir Remington. Aunque nunca había aprendido mecanografía (me parecía una labor de señoritas), me senté con juicio a practicar una y otra vez, hasta que logré, con sólo cuatro dedos (aún escribo así), teclear de corrido, sin interrupciones. Entre página y página levantaba la cabeza y me preguntaba si a Eduardo le gustaría lo que acababa de escribir, si el siguiente sábado me daría una palmada en la espalda y me diría: "Bien hecho, qué buen personaje construiste". Lo que más agradezco hoy en día de esas entrevistas es que las críticas nunca las hizo él con desprecio, con arrogancia o poniendo en evidencia nuestra ignorancia. Todo lo contrario: se esforzaba para que tomáramos conciencia de nuestros errores sin perder la confianza en nosotros mismos, sin bajar nuestra autoestima. Eran lecciones llenas de afecto. Sacaba un libro y otro y otro, y nos leía apartes de Borges, de Poe o de Breton para mostrarnos un párrafo memorable: para mostrarnos cómo lo hacían los grandes.

Cuando me gradué, no fui capaz de imponerme en mi familia y de confesar abiertamente que yo quería estudiar literatura. En ese entonces (creo que ahora la percepción ha cambiado) se consideraba una carrera muy menor, casi un fracaso, y los padres se avergonzaban cuando les preguntaban qué estudiaba su hijo, y ellos, con la cabeza gacha, tenían que responder: literatura.

Un día le conté a Eduardo, en una caminata por la parte alta de Usaquén, muy cerca del cementerio, que me sentía como un traidor, como si no hubiera sido capaz de luchar por mis convicciones. Él, con esa tranquilidad que lo caracterizaba, me dijo que no me afanara, que la literatura debía madurar dentro de mí, crecer, instalarse del todo, y que cuando yo estuviera listo la realidad exterior se correspondería con la interior. —Lo que nos sucede afuera no es más que un reflejo de lo que llevamos adentro —me dijo con esa voz de hombre exiliado.

A finales de 1982 reuní la fuerza necesaria y visité a mi padre en su oficina de la Universidad Nacional. Le dije que lo único para lo que servía de verdad era para la literatura. Todavía recuerdo la cara de desilusión de mi padre, pero lo aceptó en silencio, con respeto.

Un semestre más tarde yo era ya un estudiante de Letras, me había ido de mi casa y vivía en pensiones baratas en el centro de la ciudad. Eduardo Jaramillo viajó a Estados Unidos donde hizo una carrera brillante como académico y ensayista. Y con su generosidad de siempre sacaba tiempo para escribirme una que otra carta que yo guardaba como un tesoro, cartas que venían, una vez más, a confirmarme en el oficio, a mantenerme a flote en medio de una época en la que muchas veces tenía que caminar horas enteras porque no tenía ni lo del pasaje del bus. Pero estaba ya en lo mío, y sabía que de allí en adelante se trataba de aguantar, de ir templando mi carácter y de no desfallecer si las cosas llegaban a empeorar. Y tal vez no hubiera podido escribir ninguno de los libros que he escrito, de no ser por ese maestro lúcido y bondadoso para quien yo nunca fui una derrota, sino una promesa.

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