Después de doce años en un colegio de hombres, eventos como la excursión de fin de año o la fiesta de graduación, que en un ataque de Clase de Beverly Hills llamamos prom, tienen una carga emocional que supera por mucho el significado de una reunión más para festejar que se acaba una etapa de la vida, que empezamos a construir nuestro propio camino y toda esa lista de lugares comunes de la que se echa mano cada vez que llegan esos momentos. Para que se den una idea, alguna vez un amigo describió mi colegio como una cárcel donde enseñan matemáticas. Creo que al colegio de mi amigo le vendría bien que un par de reclusos de La Modelo se pusieran al frente de las áreas de Física y Álgebra, pero ese es otro problema. El asunto es que como buen recluso que se reintegra a la sociedad, yo fui cumplidamente al prom de mi colegio, estrenando mi primer noviazgo más o menos formal y fingiendo dominio casual de la situación.

No tengo la menor idea de cómo serán hoy los prom, aunque oyendo las historias de los adolescentes actuales me imagino que los bunga-bunga de Berlusconi son para los colegios de monjas. Para las monjas de los colegios de monjas. Pero en 1993 era un evento de niños metidos a viejos haciendo una fiesta de fin de año de club bogotano: orquesta completa de música tropical, hombres de esmoquin, mujeres de vestido largo y whisky para todo el mundo. Yo en ese momento no había pertenecido a ningún club, nunca me había puesto un esmoquin, no tenía idea de bailar y lo único que me permitía el presupuesto era aguardiente antioqueño. No sé si habla de mi coherencia o de mi inmadurez, pero en mi favor puedo decir que veinte años después sigo sin haber pertenecido a ningún club, sin saber bailar y prefiriendo el aguardiente antioqueño al whisky. Sí, confieso haberme puesto esmoquin un par de veces más, pero de ser estrictamente necesario puedo explicarlo.
Si la memoria no me falla, la orquesta de nuestro prom fue ni más ni menos que Los Tupamaros, lo que hoy me parece un lujo no justamente valorado en su momento. Piensen que en esa época no habían sacado ese lujo de la discografía nacional que es La chica gomela. Lo que sí recuerdo con nitidez es que contratamos los servicios de Alejandro Villalobos, para que con The Best Megafiesta hiciera las veces de diskjo- ckey y garantizara el éxito del prom, incluyendo un par de adolescentes que desde el escenario lideraban la forma en que se debía bailar cada canción. A uno le decían Baro y las niñas suspiraban por ellos, lo que dificultó aún más el proceso de conquista en que me encontraba empeñado con mi novia de la época. Baro, donde quiera que te encuentres, me disculpo por todo el mal que te deseé hace veinte años y espero de corazón que el Ballet de Sonia Osorio haya descubierto lo que unos bachilleres incultos no supimos apreciar. De no ser así, sé de un colegio que valoraría tus conocimientos en matemáticas, por pobres que estos sean. 
De acuerdo a la costumbre de la época, todos terminábamos amanecidos en el Desayunadero de la 42 con avenida Caracas, tomando caldo en esmoquin, abrazados a los amigos y olvidando a las novias. Era este el momento en que se hacía un repaso elegante y juicioso de lo sucedido en la noche que envidiaría el mono de Sweet: que en medio de la emoción, un amigo le pirateó impunemente la novia a otro, que qué va, que hace rato se la había pirateado y ninguno había tenido el valor de decirle, que el camarógrafo de Villalobos (sí, había camarógrafo, como en las fiestas de los clubes lobos) filmó toda la noche a la novia de mi amigo y parece que le va a ofrecer ser presentadora de televisión o Señorita Bogotá, que la pareja de novios más estable peleó porque él persiguió toda la noche a la amiga con el escote profundo, que no importa porque efectivamente la del escote profundo está mejor que la novia, etcétera.
Para ser sincero, creo que en medio de todas mis limitaciones salí bien librado de mi prom: logré mantener vivo mi noviazgo a pesar de Baro y los amigos piratas (noviazgo que naufragaría definitivamente tres meses después), nadie hizo pública mi ausencia total de ritmo y el sábado a las tres de la tarde estaba devolviendo impecable el esmoquin al almacén donde lo alquilé. Sé que parece mezquino, pero de todo esto lo único que tengo claro es que en quince años estaré a las cinco de la mañana en la Caracas con 42, atento a recoger a mi hija mayor de su primer prom cuando el niñito que la haya invitado esté abrazado a sus amigos, brindando con whisky sobre el caldo “levantamuertos” que no se ha tomado. Irresponsable.

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