—Sácame ya de este colegio.

—¿Por qué, mi amor? 
—Sácame.
—¿Te pasó algo?
—Sácame.
En segundo de primaria tomé una de las decisiones más raras de mi vida: decirle a mi mamá que me sacara del Colegio San Carlos, uno de los mejores de Bogotá en ese momento. La razón: sister Edwin McDunn (favor ‘googlear’), una monja benedictina con cara de bonachona a la que todos le teníamos pavor porque si uno decía groserías, supuestamente lo hacía comer jabón; y si pronunciaba mal alguna palabra en inglés, lo cogía a reglazos.
Cada vez que la veía me temblaba todo. Era como tener al frente a la bruja mala de Blancanieves. Una vez, sister Edwin me cogió en un recreo diciendo “maricaaaaaasilodigo, maricaaaaaasilodigo”. Entonces se me acercó y me miró penetrantemente. Yo me paralicé. Acto seguido, me puso su mano pecosa en el hombro y, de la manera más amable, me llevó a su despacho. Sin quitarme la mirada, me pidió que me sentara, sacó de su escritorio una armónica, me la dio y me señaló la puerta. ¿Una armónica? ¿Qué tiene que ver maricaaaaaasilodigo con una armónica? Nada. Lo único que quería era torturarme, enloquecerme. 
Hubiera preferido comerme cinco jabones Elefante y dos bolsas de Top, o que la monja me dejara en carne viva las nalgas, a ser víctima a tan temprana edad de esa macabra tortura psicológica. Después de muchos años, le conté a mi mamá la razón por la cual le pedí que me sacara del colegio, y hoy es el día que no capa reunión para contárselo a todo el mundo y burlarse de mi paranoia. La teoría de mi mamá es que la monja me estaba dando una lección del estilo de “no le des un pescado a un niño, enséñale a pescar”. Pamplinas.
El hecho fue que mi mamá me vio tan mal que me sacó. Pero me dijo que ella no iba a hacer ningún esfuerzo por buscarme colegio y que tenía que entrar al que quedara más cerca de la casa. Me matriculó en el Gimnasio de los Cerros, una institución de curas del Opus Dei, que no son tan buenos para las torturas psicológicas porque su especialidad es el lavado de cerebros. 
La primaria no estuvo mal: me la pasé jugando fútbol y de excursión en excursión. Pero en bachillerato, cuando se me empezó a alborotar la hormona y me empezaron a gustar las mujeres, todo cambió: empecé a ver cosas como las que vio Fernando Quiroz en Justos por pecadores; cosas como que los curas, para evitar tentaciones, recortaban del periódico la página de los cines, porque en esa época se anunciaban películas porno. Eso hizo que me interesara cada vez más en este bello tema, hasta convertirme en dealer exclusivo de la revista Macho (favor ‘googlear’), una especie de SoHo, pero ochentera y pornográfica.
Tanto retiro espiritual, tanta culpa, tanta rezadera, tanto pecado, tanta confesadera, tanto miedo, hicieron que extrañara la dulzura de la monja del San Carlos y que le dijera a mi mamá: “¡Sácame de aquí!”. Ella se me rio en la cara y me dijo que no estaba ni tibio, que tenía que terminar en Los Cerros y que cuidadito con irme a tirar un año (las mamás solo le dan ideas a uno). Como a la mitad de segundo de bachillerato, fui abonando el terreno y le dije que, como iban las cosas, yo creía que no iba a pasar. Entonces me miró a lo sister Edwin y se fue. Efectivamente, meses después fue confirmada la sospecha: me tiré el año (yo avisé). 
Me dejaron repetir segundo y ahí encontré mi verdadera vocación: la actuación. Aproveché como excusa la traumática experiencia que había sido la separación de mis papás para manipular a todos los profesores; pero, sobre todo, a los preceptores, que eran unos cuasicuras que lo sacaban a uno en mitad de clase a ver cómo podían hacer para convertirlo en una oveja más del rebaño (con mi papel de víctima los tenía convencidos de que lo mío era el buen camino). Inspirado en la película Kramer vs. Kramer, armaba unos dramas familiares y unas escenas con llorada, mirada punto fijo y pateada de piedra, con lo cual lograba conmoverlos. 
Así logré que me pasaran segundo y tercero de bachillerato. En cuarto continué con mi montaje teatral, pero a la primera lágrima se dieron cuenta y me mandaron pal carajo. 
Después me metieron a un colegio donde estaba mi hermano, pero duré solo una semana. La verdad, me echaron injustamente, dizque por haber sido el autor intelectual de un incendio de pupitres. La situación fue la siguiente: yo estaba en el salón y alguien preguntó quién tenía fósforos. Y yo, que si algo les aprendí a las monjas y a los curas fue a servir al prójimo, dije: ¡Yo! Y tenga, pa fuera.
Aterricé en uno de los mejores colegios que tiene este país, un colegio sin monjas ni curas donde conocí a la gente más creativa y más demente; un colegio en el que todos podíamos hacer lo que quisiéramos con tal de saber que la vida es un camino y el que camina es uno. 
Eso parecía un manicomio de Condorito: uno veía a un tipo paseando a un perro imaginario, otros pasaban con una caja de cartón entrevistando gente para un noticiero.
Era un Macondo con polillas, un frente nacional lleno de barros, Piscilago en tricimoto, una catedral de sal y limón con guaro, era surreal, absurdo y alucinante. Había de todo, pero sobre todo había libertad de expresión. Nunca olvidaré los momentos que pasé en el José Joaco. Ahí aprendí que la vida está llena de buenos días.
Ahora que soy papá me ha tocado empezar a pensar a qué colegio voy a meter a mi hija. Estaré muy alerta para dar con uno en el que no me la torturen psicológicamente y donde simplemente la dejen ser. Por el momento ando convenciendo a mi mujer de meterla al José Joaco, que se volvió mixto.

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