La que voy a contar a continuación es una historia gringa, sí, de acuerdo. Y más aún: una historia californiana. Pero aun para ser una historia gringa, y por añadidura californiana, es particularmente absurda. Voy a tratar de narrarla de la manera más escueta posible, sin adornos, para ver si así resulta menos inverosímil.
Es la historia, increíble pero cierta, de un niño negro que soñaba con ser un niño blanco, y de un niño que se empeñaba en seguir siendo niño para toda la vida. Y que consiguió ambas cosas. Y que, por eso mismo, se encuentra ahora a punto de ser condenado a muchos años de cárcel. Cuando salga será un viejo, y habrá vuelto a ser negro.
El niño se llama (o se llamaba, pues en realidad es un hombre de más de cuarenta años) Michael Jackson. Habrán oído hablar de él: alguien decía en estos días que se necesitaría ser un soldado japonés de la Segunda Guerra Mundial olvidado en algún islote del Pacífico para no haber oído hablar de Michael Jackson. Era el menor de cinco hermanitos negros que cantaban y bailaban hace tres décadas en los casinos y las salas de fiesta de California bajo la implacable férula artística de su padre, y que se hicieron famosos con el nombre de los Jackson Five, los cinco Jacksons. Disuelto el grupo familiar, el pequeño Michael continuó su carrera musical por su cuenta en solitario. Y gracias a su descomunal talento de compositor, cantante y bailarín, se hizo en unos cuantos años inmensamente rico y universalmente célebre. Llegado ahí, el ya no tan pequeño Michael se dedicó a hacer realidad su sueño infantil de ser un niño blanco, y un niño eterno. Y lo logró.
En fin: más o menos. Pues no se puede decir que sea blanco de verdad, aunque gracias al uso intensivo de algún decolorante de la piel, algún ácido destructor de la melanina, haya obtenido con el curso de los años una tez cerúlea y casi transparente, como de payaso de circo pintado de blanco con harina. Y tampoco se puede decir que sea de verdad un niño en sus rasgos físicos, a pesar de haber pasado una y otra vez bajo el bisturí de los cirujanos plásticos, o quizás incluso de los médicos forenses que disecan cadáveres en la morgue. En una primera etapa quedó idéntico -aunque mucho menos bello- a la cantante Diana Ross, que de joven empezó también ella en un grupo llamado The Supremes. Luego prefirió cambiarse nuevamente para lograr la faz exacta de la actriz de cine Liz Taylor, preciosa en sus tiempos pero bastante ajada hoy. Y nunca pudo, en todo caso, conseguir que sus ojos se volvieran, como los de ella, de color violeta.
El resultado es monstruoso. Michael Jackson parece un híbrido de gacela asustada por los faros de un automóvil y señora de setenta años muy operada. Mirarlo -en la televisión, quiero decir- produce una desagradable sensación de repulsión destemplada, como la que causan ciertos insectos y reptiles, o el ruido de una tiza que resbala en un tablero de pizarra, en el colegio (eso que ahora se llama, según me informan, "panel vertical de aprendizaje").
El caso es que convertido en ese monstruo artificial, improbable, casi increíble, Michael Jackson empezó a llevar una vida de monstruo: de ogro de cuento de hadas. Se casó con la hija de Elvis Presley (o con su viuda, no recuerdo muy bien). Y después con una enfermera (¿o tal vez con ese curioso matemático paralítico que se llama Hawkins?). Adoptó (¿o mandó a fabricar en probeta? No sé, no sé) un par de niños de raza blanca, para evitarles el calvario de quirófanos que había padecido él mismo, y se los mostró a los fotógrafos y a las televisiones calzando guantes de caucho y máscara antigases, para no contaminarse. Se hizo construir en las afueras de Los Ángeles un palacio llamado Neverland Ranch, como el País de Nunca Jamás de su ídolo Peter Pan, el niño que no quería crecer. Con de todo: casita en un árbol hueco (hubo que ahuecar el árbol), falsa aldea india (con indios verdaderos traídos de una reserva), zoológico para alojar un cocodrilo, al que acompaña un elefante que le llevó de regalo su amiga Elizabeth Taylor cuando fue allá a casarse con su marido número siete. Y en ese rancho organizaba unas estupendas fiestas infantiles, con helado y bombas de inflar, y después invitaba a los niños a que se quedaran a dormir. Hace unos pocos meses explicaba en la televisión, en una entrevista de promoción para su último disco, que no hay nada más bello que compartir la cama con un niño.
Un varoncito. Las niñitas, por lo visto, se hacen caca en las sábanas. Y las mujeres, qué asco: sangran.
Y de pronto, out of the blue, como dicen los gringos, caído como un rayo de un cielo azul sin una sola nube, plaf: una denuncia por pederastia. A Jackson lo demandan los padres de uno de sus amiguitos, un niño de catorce años que, según cuenta la prensa, tiene cáncer. El cantante, dicen, emborrachó al niño y lo violó. Él lo niega: lo único que bebe es gaseosa, y eso no emborracha a nadie. No es la primera vez que le sucede un incidente así -y al menos en California la sodomía no tiene la pena de horca con que se le castiga en otros Estados de la Unión más brutales. La vez pasada, hace cuatro o cinco años, la cosa se saldó como suelen solventarse las cosas ante la justicia norteamericana, esa a la que allá llaman the best justice money can buy (la mejor justicia que usted puede recibir por su dinero): con un arreglo al margen del tribunal entre el acusado Jackson y los padres del niño, que retiraron su denuncia a cambio de un par de millones de dólares. Esta vez no. Los padres del niño mantienen la denuncia, y Michael Jackson responde... con otra fiesta infantil. Una de solidaridad consigo mismo bajo el lema You are not alone (no estás solo), a la que
fueron invitados 600 de sus amigos íntimos con sus niños, y que no quiso celebrar en su rancho de Neverland (manchado, desconsagrado, según él, por la visita de la policía), sino en una mansión alquilada para la ocasión. A continuación, se presentó en el tribunal a declararse "no culpable".
Llegó a las ocho y media de la mañana (y el juez lo regañó por presentarse media hora tarde) con gafas de sol y vestido de casaca dieciochesca. Desde el techo de su automóvil saludó a sus admiradores, que habían acudido horas antes en una "caravana de amor" con pancartas que decían "Michael, te queremos". Un peluquero peinaba su larga melena de azabache cada dos o tres minutos, y un guardaespaldas sostenía sobre su cabeza una sombrilla para proteger la blancura de su cutis de los rayos del sol, mientras él hacía la V de la victoria, como Churchill. Docenas de camarógrafos y periodistas registraban la escena desde helicópteros. Y todo el espectáculo era transmitido en directo al mundo entero por CNN.
Algo más sobre los guardaespaldas. Desde hace unos meses (desde la acusación de pederasta), tanto ellos como los peluqueros, los secretarios y los asesores que le manejan el dinero a Michael Jackson, son militantes de la Nación del Islam, una organización negra antiblanca dirigida por Louis Farrakha: el mismo que hace dos o tres años encabezó en Washington una multitudinaria "marcha de hombres negros", y el mismo que hace treinta fue señalado como responsable del asesinato del activista Malcolm X, cuyos Musulmanes Negros se habían escindido de la Nación del Islam por discrepancias sobre el papel exacto de los platillos voladores en las enseñanzas de Mahoma. La Nación del Islam también tiene en sus filas a Muhammad Alí, ex Cassius Clay, el más grande boxeador de todos los tiempos, y también a él le maneja su dinero. Pero eso es comprensible, pues Alí ha sido toda la vida uno de los más consecuentes representantes del orgullo negro. En tanto que Jackson, por el contrario, no ha hecho otra cosa que tratar de escapar de su raza, que sentía como una cárcel. De modo que resulta paradójico que ahora, para escapar a la cárcel de verdad, se haya vuelto militantemente negro.
No le falta razón, en el fondo. Probablemente la única manera de ser declarado inocente en el juicio por pederastia consiste en acusar de racista a la justicia californiana. La cual lo es, indiscutiblemente, y de forma miles de veces demostrada. ¿Pero creerán los negros -o los blancos- que Michael Jackson es de verdad negro después de haber dedicado tantos esfuerzos a disfrazarse de blanco?
Quién sabe. A lo mejor, si se tizna la cara con un corcho quemado el día del juicio.

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