Esa Bogotá nueva, irreconocible, fue la ciudad de mi niñez, y la vi transformarse y crecer a la par conmigo.

La nuestra, en aquella época, era una Colombia provinciana que vivía una lenta transición hacia la industrialización, y el país atravesaba una larga etapa de violencia, recrudecida por el asesinato del líder liberal Jorge Eliécer Gaitán. Pero en las ciudades se respiraba una relativa tranquilidad, sobre todo en Bogotá, adonde solo llegaban, cargadas de acuerdo con el color político del periódico que las publicara, las noticias de la violencia. Las nuestras eran ciudades pequeñas, de 100.000 o 200.000 habitantes. Antes del 9 de abril, Bogotá, la más grande, tenía la misma población que tiene Soacha hoy día, es decir, unos 400.000 habitantes.

Aunque no faltaban los robos y asaltos, los heridos en riñas y muertos “en confusos hechos de sangre”, en esta capital la gente salía a todas horas sin miedo, se reunía en los cafés a comentar, con acalorado apasionamiento, los candentes temas de la política, frecuentaba los parques, paseaba de noche por las calles del centro, incluso, quienes los tenían, dejaban sus carros estacionados de noche en la calle, y a esos carros nadie les tocaba ni siquiera el espejo retrovisor. A pesar de la pobreza y la miseria imperantes, los actos de violencia en la ciudad no eran cosa de todos los días.

Conocí la ciudad por sus teatros, cada barrio tenía el suyo, y una tía mía, joven y bonita, era la novia de un muchacho que recorría la ciudad en una motocicleta repartiendo los rollos enlatados de las películas con el fin de lograr su proyección simultánea en varias salas. Yo era el mensajero de esos amores furtivos y recibía como pago la entrada a los cines, adonde llegaba montado en la parrilla, sentado encima de esas latas cuyo contenido disfrutaba en las tandas de dobles a la hora del matiné, mientras mi amigo hacía su trabajo antes de recogerme a la salida para llevarme a la casa. Así fui conociendo los barrios, sus habitantes, sus calles, sus parques. El Alcalá era el cine de mi barrio, Belén; el Capitol estaba en La Candelaria, el Ayacucho en San Agustín, el Santa Bárbara en Santa Bárbara, el Granada y el Nariño en Las Cruces, el Cuba en Germania, el Río y el Encanto en el Ricaurte, el 20 de Julio, allá mismo, el Lux y el Faenza en Las Nieves, el Alameda en La Capuchina, el Caracas en Los Mártires, el Ideal en San Bernardo, el Sucre en el Olaya, el Roma en San Luis, el Imperio y el Nuria en Chapinero. A estos cines de barrio los llamaban “tarros”, y eran bien distintos en sus olores, pudores y espectadores a los lujosos teatros de estreno que frecuentaban los ricos, casi todos situados en las zonas del Centro y Chapinero: El Cid, Colombia, Mogador, Coliseo, Metro, Metro Teusaquillo, Palermo, Chile y Americano, entre otros. De aquel tiempo viene el recuerdo de algunas de las películas que me marcaron para siempre: Nosotros los pobres, Pata de palo, Ahí está el detalle, El mago de Oz, Simbad el marino, El ladrón de Bagdad, Los olvidados, Rashomon, La cautiva del dragón, Shane el desconocido, Flash Gordon en Marte, Tarzán y su compañera. En ese entonces, yo no sabía que las películas necesitaban directores, Buñuel, Kurosawa, Stevens, eso vine a saberlo con el paso de los años. Solo me fijaba en los actores. Ellos eran mis héroes: Sabú, Douglas Fairbanks, Errol Flynn, Aland Ladd, Johnny Weismuller, Cantinflas, Pedro Infante, Emilio Tuero.

A medida que mi familia se iba desplazando por la ciudad, llegué a vivir en algunos de estos barrios, cuyas casas raras veces se levantaban más de un piso del suelo, con patios florecidos de geranios y jazmines y solares con aromas de brevo, durazno y cerezo. Eran barrios reconocibles en su identidad y fisonomía particulares, y estaban habitados por comunidades cuyas familias se conocían entre sí, se relacionaban, iban a la iglesia, al parque y al cine en grupos de vecinos. Los jóvenes se ennoviaban con sus vecinas y vecinos y se casaban en la iglesia del barrio. Abundaban los compadrazgos, las barras de amigos en las esquinas, se organizaban paseos colectivos los domingos con piquete y cerveza a Monserrate, al parque Nacional, al lago Gaitán.

Los niños de esa época reciclábamos retal de los talleres y carpinterías para fabricar nuestros propios juguetes, aros, zancos, patinetas y carritos esferados, y jugábamos fútbol y trompo, bolas, machuco y cinco huecos en las calles, y la presencia más temida por todos era la de la “chota”, es decir, la policía, que a falta de oficios más acordes con su investidura derrochaba su autoridad decomisando trompos y canicas o tumbándole unas monedas al dueño del billar por permitirles jugar en su establecimiento a los chinos menores de edad. En la noche se organizaban vueltas al parque en bicicleta y maratones de 400 metros por pista de acera a todo lo largo y redondo de una manzana del vecindario.

No era el paraíso, pero tampoco era el infierno. Tal vez un purgatorio de almas inocentes y resignadas a la suerte que Dios tuvo a bien darles. Pero lo admirable era que se vivía en un estado de fraternidad permanente, donde, claro está, no faltaban los madrazos, las desavenencias, las camorras por culpa de noviazgos atravesados, líos de adultos y robos de besos callejeros a mano desarmada. Pero estos pleitos, de preferencia nocturnos, se zanjaban de la noche a la mañana, los afectos se renovaban con un apretón de manos y las cosas volvían a quedar en su sitio.

Uno de estos barrios así descritos, llamado el Ricaurte, fue uno de los inolvidables escenarios donde pasé mi niñez. Recuerdo sus gentes descomplicadas y sencillas, sus calles con tienda esquinera donde el tendero se sabía los nombres, vida y milagros de todo el mundo, y en cuyos estantes no faltaba el aviso de “Hoy no fío, mañana sí”. Recuerdo la bulliciosa penumbra del billar, la iglesia frente al parque, con cura y sacristán amigables, la farmacia, donde había de todo como en botica, la fama, que no era otra que la anónima estancia del carnicero, y me duele pensar que hoy ese barrio quizá tan solo exista en la memoria de los pocos amigos de infancia que aún quedan vivos, ya que la debacle urbanística acabó por transformar su realidad convirtiéndolo en un enjambre de centros comerciales, bancos, asaderos, cafeterías, garajes, talleres, minimercados, almacenes, desguazaderos, ferreterías, cuchitriles de baratijas y otros desvaraderos que desalojaron de sus viviendas a los vecinos reconocidos por sus nombres y apellidos, como viene sucediendo desde hace años con la mayor parte de los viejos barrios populares de la caótica ciudad de Bogotá.

Aquí he vivido toda mi vida, en esta ciudad donde las motocicletas ya no transportan en sus parrillas cintas enlatadas y niños afiebrados al cine, sino pistoleros armados que asesinan a mansalva. Sí, las cosas han cambiado. Se nos jodió el país. Nos hicieron conejo. Sin embargo, mientras repaso la película de mi infancia, a través del ventanal de la sala de mi casa vuelvo a comprobar una vez más que esta ciudad, azarosa y desapacible, contrastada y violenta, está cubierta por el cielo más hermoso del mundo. Es un cielo dramático y versátil que se levanta desde la cabecera de los cerros cargado de una gama infinita de grises, rosados transparentes y gigantescas masas azules de bordes plateados que transforman la luz a cada instante del día hasta acabar ensangrentando el horizonte del atardecer.

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