Oveida Morales, la asistente psicosocial de los damnificados en San Francisco, y un chofer apodado el ‘Canta rana‘, me recogen en la estación de gasolina La Mañosa, tal y como habíamos acordado por teléfono. El jeep campero recorre cerca de un kilómetro en terreno plano y, a continuación, empieza a trepar por una ladera empinada, bordeada en el costado izquierdo por un abismo profundo. La vía por la que nos trasladamos rodea una montaña elevadísima y de vegetación tupida, que fue colonizada recientemente. Por eso, los habitantes de San Francisco le llaman "la carretera nueva". Pero en realidad es una trocha que parece vieja. O, más bien, obsoleta. Es sinuosa y está cundida de escalerillas ásperas, por lo cual pegamos unos brincos tremendos que nos hacen golpear las cabezas contra el techo del carro. La polvareda es tan feroz que se cuela por los intersticios de las ventanas cerradas y se nos incrusta en los ojos.

La región que empiezo a recorrer—el oriente de Antioquia— es una superficie de 8.000 kilómetros cuadrados, conformada por 23 municipios y poblada por 640.000 personas. El periodista Guillermo Zuluaga, a quien he consultado muchas veces por teléfono, me ha informado que en este lugar, rico en recursos hídricos, se genera 35% de la energía eléctrica que se consume en el país. Su posición geográfica es privilegiada, porque lo mismo permite acceder a la zona aurífera del Bajo Cauca que a la petrolera del Magdalena Medio y a la caficultora del Eje Cafetero. Esos factores, sumados al vigor productivo de los habitantes, resultan atractivos para los grupos armados al margen de la ley. Durante años, cuatro frentes guerrilleros —de las Farc y del Eln— sometieron a los ganaderos y agricultores a un régimen de chantaje, secuestro y exterminio. Después llegaron tres bloques paramilitares y, con el pretexto de que urgía recuperar la paz, aumentaron la expoliación y la carnicería. Estos actores del conflicto necesitaban desplazarse obligatoriamente por el oriente de Antioquia para transportar sus mercaderías y sus armas. Por tanto, desataron una guerra sin cuartel para lograr el dominio del área. Entonces, la población civil quedó atrapada en medio del fuego cruzado. Un día sucumbía una familia entera, embestida por los tambores de gas propano de un grupo guerrillero, y al día siguiente los paramilitares descuartizaban con motosierras a los bailadores de una fiesta pública. Los verdugos ultimaban a sus víctimas en las plazas —a la vista de sus conciudadanos—, o les tendían emboscadas en las arboledas, o las asaltaban a medianoche en sus dormitorios. La gente se convirtió de pronto en mera carne de cañón: la ametrallaban desde un lado, la ametrallaban desde el otro, en episodios de horror cada vez más degradados y crueles. Prestarle a un forastero un servicio normal —como venderle un almuerzo, o plancharle una camisa, o transportarlo en un taxi— equivalía a firmar la orden de ajusticiamiento proferida por los enemigos de ese forastero. Negarse era ofrecerle la cabeza al forastero mismo. Hasta el gesto más pacífico podía ser interpretado por los combatientes como una afrenta digna de penitencia. Unos consideraban peligrosos a los peludos. Los otros, a los rapados. A aquellos les disgustaba que los tenderos abrieran sus establecimientos demasiado temprano. A los de más allá les fastidiaba que los muchachos oyeran música hasta tarde en los parques. Todos se creían ungidos de una autoridad divina que los facultaba para despellejar al incómodo, al diferente, al que no encajaba en sus planes. Y así, en esa orgía de sangre que no respetaba ni credo, ni edad, ni sexo, la muerte se volvió moneda corriente. A los ciudadanos inermes los mataban por retaliación, por negocio o por estrategia bélica. Los mataban aun cuando fueran inocentes, porque quienes manejaban los hilos de la barbarie consideraban que eran peones insignificantes, susceptibles de ser sacrificados a cambio de conquistar nuevas posiciones en el ajedrez macabro de la guerra. El fin último de la apuesta era apoderarse del territorio para obtener beneficios económicos y operativos. Y tal objetivo justificaba apelar a cualquier táctica, incluso a la más inhumana. Por ejemplo, el uso de las minas terrestres.

De acuerdo con un reporte de la Vicepresidencia de la República, el Eln ha sido responsable del 38,8% de las minas antipersonales sembradas en Antioquia. Las Farc, del 24,2%. Y las autodefensas, del 2,3 por ciento. La autoría del 29,6% de las bombas es desconocida.

Ahora, mientras el motor del jeep campero gruñe con dificultad, Oveida Morales plantea de modo espontáneo el tema de la violencia en su región. Es evidente que, como conoce el motivo de mi viaje, ha venido preparada. Lo primero que debo saber —advierte— es que en el oriente de Antioquia, especialmente en las zonas rurales, nadie, lo que se dice nadie, se ha salvado de las angustias del conflicto. Quien no lo ha sufrido en carne propia, por lo menos ha visto el padecimiento de algún familiar cercano, o el de algún vecino. Comprobar su afirmación —añade, en tono desafiante— es fácil: basta con sondear a las personas que encontremos en el camino. Para no ir muy lejos, el ‘Canta rana‘, nuestro chofer, es amigo de Delio Enrique Daza, un campesino de San Francisco al que sus paisanos le estampillaron el sobrenombre de ‘Culo roto‘, debido a que cayó de nalgas dentro de un hueco parapetado con hojas y relleno de varillas puntiagudas. A ese tipo de dispositivo de guerra, bastante común en la zona, se le llama "trampa cazabobos". El ‘Canta rana‘ fue testigo del momento en que Daza atravesó a pie la calle principal de San Francisco, dando alaridos y con una estaca filosa hundida en el trasero. Cualquiera en el oriente de Antioquia —insiste Oveida, de manera enfática— puede contarme una historia similar. Ella, por ejemplo, presenció el asesinato de su padre. El hecho ocurrió en la vereda El Portón, el 8 de septiembre de 1990, veintidós días antes de que ella cumpliera los ocho años. Después, en la adolescencia, le tocó asistir al entierro de su hermano José Heriberto, fusilado en público por los paramilitares, y más tarde fue golpeada por las desapariciones sucesivas de otros hermanos: Carlos Julio, Luis Eduardo y Orfa María, de quienes nunca más hubo noticias en la comarca. A mediados de 2004 vivió una tarde de pánico imborrable, cuando varios guerrilleros irrumpieron en El Portón y empezaron a sacar a los hombres de sus casas, para llevarlos a algún lugar desconocido. Oveida sintió que se moría cuando vio a dos tipos de uniformes camuflados y rostros cubiertos con pasamontañas, arreando a su marido, Marcelino Soto, hacia la calle, donde ya estaban agrupados los otros varones adultos del pueblo. Las tres horas siguientes fueron de espanto. Oveida temía un desenlace trágico como el de su padre y sus hermanos. Y se preguntaba cómo se las arreglaría para criar sola a Juan Diego, su hijo, que apenas tenía un año.

Al final de la tarde le volvió el alma al cuerpo, cuando vio entrar a Marcelino por la puerta del patio. En seguida, sin preámbulos, su marido le contó que los guerrilleros los condujeron a un solar baldío, ubicado como a unos ocho kilómetros de distancia, para darles un ultimátum humillante: al día siguiente, antes de que saliera el sol, todo el mundo debía abandonar El Portón. Quien incumpliera el mandato —les advirtieron— sería fusilado. La determinación obedecía a que el ejército regular venía hostigándolos demasiado, y por eso el comandante del frente sospechaba que algunas personas de la vereda suministraban información contra ellos. La última parte de la arenga contenía el anuncio más brutal: a la mañana siguiente, cuando los habitantes se marcharan, cuando El Portón quedara convertido en un pueblo fantasma, ellos, los guerrilleros, se encargarían de minar los alrededores del lugar, de modo que si a algún necio o sordo se le ocurría la pésima idea de devolverse, moriría desmembrado. En este punto, Oveida apoya súbitamente su cabeza en mi hombro izquierdo y comienza a llorar. Le sugiero suspender el relato, pero ella se niega con un argumento que me asombra: nunca antes había hablado de su pasado con nadie, y ahora siente que necesita hacerlo. Se seca las lágrimas con la manga derecha de su blusa, esboza una sonrisa lánguida. Cuenta entonces los pormenores del éxodo, calcula las pérdidas materiales. De su narración torrencial hay dos hechos que me impresionan. El primero se presentó en San Francisco el mismo año de su desplazamiento forzoso, durante la Navidad, cuando un muchacho que pasaba frente a su casa encendió de pronto una luz de bengala. Oveida desconocía esos fuegos artificiales. Y como, además, estaba traumatizada por su retahíla de calamidades familiares, supuso que la llamarada que acababa de divisar correspondía a un ataque dirigido contra ella. Todavía recuerda el grito de terror que lanzó, antes de caer desmayada en los brazos de su vecina.

—¡Virgen del Carmen, nos mataron!

El segundo hecho ocurrió a los dos años del destierro. Una mañana, Oveida amaneció con ganas de retornar a El Portón. No para quedarse a vivir allí otra vez —aclara— sino simplemente para echarle un vistazo a su antigua casa. Sabía que era una idea temeraria, absurda. Pero también sabía que se trataba de un deseo irresistible y que nadie la detendría hasta satisfacerlo. Para sorpresa suya, su marido le siguió la corriente y, además, se ofreció a acompañarla. Eso sí, puso dos condiciones: la primera, que dejaran a su hijo en casa de la vecina en San Francisco. Y la segunda, que ambos llevaran sendas cañas de bambú en las manos, para tantear previamente cada pedazo de tierra donde fueran a pisar. Oveida todavía recuerda los detalles más conmovedores de aquella jornada. Se ve a sí misma, al lado de Marcelino, palpando el suelo con la caña. Las manos le sudan, el mentón le tiembla. Ve su casa deteriorada, mustia, con las paredes revestidas de hiedras y la ventana única destronada. En la sala huele a humedad, a óxido. Ve la cama del niño a merced de las polillas. Ve un balón de plástico despachurrado en un rincón. En el patio, en la misma cuerda donde ella la dejó colgada el día que salió expulsada de la vereda, está la ropa de la familia, tiesa por la acumulación de lluvias y soles, acometida por un ejército de hormigas coloradas. ¿Y la gallina jabada? ¿Y los 19 pollos de engorde? Un cerdo cerrero y de hocico peludo pasa entonces frente a ella como una exhalación, y se pierde dentro de un bosque de helechos. Oveida se ve a sí misma llorando recostada contra el marco de la puerta. Después ve cómo ella y su marido regresan a San Francisco, sin pronunciar ni una sola palabra durante el camino.

Oveida es consciente de que su aventura pudo haber derivado en tragedia. ¿Por qué, entonces, cometió la imprudencia de regresar a El Portón? Por toda respuesta, calla. Mueve la cabeza hacia los lados, como si estuviera negando algo. Se seca de nuevo las lágrimas con la manga derecha de su blusa. Más adelante, cuando oiga la voz de Oveida en la grabadora y relea los apuntes de mi diario de campo, evocaré este silencio. Entonces su imagen me llegará nítida: piel cobriza, cabello marchito sujetado con una peineta de carey, baja estatura, cuerpo rollizo. La recordaré sentada dentro de este jeep campero invadido por el polvo, hablando a borbotones a pesar del llanto, como si acabara de ser rescatada de un naufragio. Y luego, subiendo las calles empinadas de San Francisco, guiándome generosamente hacia las casas de los personajes que ella misma ha anotado en un retazo de papel.

Más adelante, durante la escritura de esta crónica, pensaré de nuevo en Oveida Morales. Me preguntaré por qué regresó a su vereda, afrontando el peligro de caer despedazada en cualquier recodo. Muchos desplazados se devuelven debido a sus penurias económicas. Otros, porque se cansan del maltrato que reciben en las ciudades. Ninguna de esas dos razones influyó en Oveida. Lo suyo aquella tarde era la melancolía, el dolor de patio. Y un sentimiento furibundo que la impulsaba a desafiar cualquier fatalidad sin detenerse a medir las consecuencias. Ciertamente, ella andaba con una larga caña de bambú que, en caso de que hubiese alguna mina antipersonal enterrada, le serviría como parachoques. Sin embargo, no hay que olvidar que la idea de portar ese frágil escudo protector fue de su marido. Oveida muy bien habría podido apañárselas para ir a su vereda sin tomar ninguna precaución, porque en el fondo lo que quería era ofrendarse en cuerpo y alma por la gracia de reencontrar sus propios pasos perdidos. Más adelante, cuando arribe a esa parte de la historia, sentado ya frente a la pantalla de mi computadora, tendré a la vista el hermoso verso de Khalil Gibran: "La nostalgia del paraíso es el paraíso". Entonces, conmovido hasta el tuétano, le tributaré mis respetos a Oveida y a todas las personas que son capaces de perseguir hasta el final el rastro de sus añoranzas, a sabiendas de que la patria que buscan ya no existe, porque se la llevaron los malos vientos y el carajo, y lo único que quedó de ella fue una quimera dolorosa.

Al final del viaje, cuando empiece a transcribir los testimonios de las víctimas, me sentiré abrumado por tantas historias de horror parecidas y, sin embargo, diferentes. Oiré a Ariela Ramírez, una señora de la vereda Los Cedros, declarando que el petardo que le desfiguró el rostro y el cuello estaba metido en el fogón, y explotó justo cuando ella puso a hervir el primer café de la mañana. Oiré a Evelio Quintero, un tendero de Aquitania, contando que cuando llegó herido al hospital empezó a presentar incontinencia urinaria, y por eso la enfermera de turno se negó a atenderlo. Oiré a Numberto Ruiz, un leñador del caserío El Pescado, relatando cómo la ambulancia que lo trasladaba hacia el hospital el día que perdió la pierna derecha, se volcó en la carretera. Oiré a Julio Velásquez, un electricista de Cocorná, diciendo que el paquete cerrado en el cual se hallaba la plancha-bomba que le malogró la cara y le arrebató el 75% de la visión, fue enviado al taller donde trabajaba por enemigos de su patrón. Oiré a Luis Alfonso Quintero, un jornalero de la vereda El Venado, describiendo el ardor que sentía en el muñón de la pierna izquierda. Oiré a Delio Daza Giraldo, ‘Culo roto‘, cantando una ranchera que narra su accidente, y que, según me anunció bajando la voz misteriosamente, piensa mandarle a Juanes:

Caí a un hueco de más de dos metros

Y una varilla me vino a matar

Soy desplazado, vivo sufriendo

Y en este mundo todo es crueldad

Al final del viaje, cuando revise las declaraciones de algunos funcionarios encargados de combatir el problema, tropezaré con más datos aterradores. Oiré a Nancy Marín, líder comunitaria de Cocorná, afirmando que sembrar una bomba apenas vale un dólar, mientras que desactivarla, vale mil. La oiré leyendo en un documento la célebre frase de Pol Pot, aquel sanguinario militar asiático: "Una mina es un soldado perfecto: no necesita comida ni agua, no tiene sueldo ni descanso, y espera a su víctima por 30 años o más". Luego oiré a Álvaro Jiménez, el director de la Campaña Colombiana Contra Minas, revelando que Colombia es el país del mundo donde más afectados se registran al año, por encima de Camboya y Afganistán.

Al final del viaje, la grabadora también me permitirá tomar nota de mi propia voz. Me oiré averiguando por detalles como el tamaño de la onda explosiva. Me oiré pidiéndoles a los entrevistados reconstruir el accidente paso a paso. En algunos casos percibiré suspiros graves, silencios prolongados que me mostrarán la procesión que va por dentro. Me apiadaré de sus heridas frescas pero consideraré que sus testimonios son necesarios para el país. Y me percataré de un gaje del oficio de cronista: a menudo, para documentar la memoria, nos toca mencionar la soga en la casa del ahorcado.

Al final del viaje evocaré la escena que estoy presenciando ahora. El que habla es Álex Cardona, un muchacho que se desempeña como facilitador de la Campaña Colombiana Contra Minas. Su labor consiste en enseñarle a la gente estrategias de prevención de accidentes y en identificar a las nuevas víctimas para ayudarlas a tramitar el reclamo de la indemnización. En este momento se encuentra reunido en un colegio de San Luis con varios campesinos que han venido desde la vereda La Tebaida. En su exposición, acompañada por diapositivas proyectadas en la pared, Cardona advierte que poner el pie donde antes no ha estado el ojo, es un lujo que ya nadie debe permitirse.

—¿Cómo es el dicho que tenemos en Antioquia para hablar de los descuidados? —pregunta, levantando las dos manos con una cierta elocuencia de orador.

Un campesino cuarentón, sombrero aguadeño ladeado y pañuelo raboegallo al hombro, grita la respuesta desde el fondo del salón:

—Al cocodrilo que se duerme, lo vuelven cartera.

Cardona explica a continuación que algunas minas se activan con la simple proximidad del caminante, es decir, sin necesidad de entrar en contacto con ellas. Por eso, si se descubre en el terreno alguna cosa rara, desconocida, es preciso quedarse quieto y observar minuciosamente los alrededores, antes de dar el siguiente paso. El catálogo de medidas preventivas que, según él, resultan obligatorias, es bastante amplio. En principio, conviene mantenerse siempre en el centro del camino, a una distancia prudente de los bordes, que es donde, por lo general, son camufladas las bombas. Hay que evitar las marchas nocturnas y el tránsito por aquellos lugares donde la maleza es muy alta, pues eso es indicio de que hace rato no circulan por allí ni personas ni animales. No se debe entrar en una casa deshabitada. La presencia en el suelo de un alambre o de un pedazo de cable es una posible señal de bomba. Y, ojo, no hay que andar por ahí echándole mano a todo lo que parezca que no tiene dueño. Desde hace un tiempo, los terroristas abandonan en las vías objetos como libros y pelotas de fútbol, que en realidad son petardos disimulados. Cardona señala entonces, en la pared improvisada como pantalla, la fotografía de una grabadora arrojada en el pasto, la cual lleva sobreimpreso este enorme letrero verde: "Si no la botó, no la recoja".

Oyendo la disertación de Cardona, viendo a los campesinos enfrascados en las recomendaciones perentorias de las diapositivas, me pregunto cuál es el país que nos quedará al cabo de toda esta paranoia. La vida pierde sentido cuando el acto de caminar desprevenidamente sobre la tierra de los ancestros es como jugar a la siniestra ruleta rusa. El alma se desmorona, cae en la trampa mortal mucho antes que el pie. Y nos va dejando cada vez más rotos y más jodidos.

Reporteros de Colombia, un proyecto que agrupa periodistas que ejercen su oficio en diferentes medios de prensa, radio, televisión e internet y que cuenta con el respaldo de la Pontificia Universidad Javeriana, apoyó esta crónica desde el inicio.

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