La única mujer que se me ha empelotado se llama Kim Tylor. Lo hizo en la habitación de su casa sobre un tapete peludo de color aguamarina. Quería mostrarme los tatuajes que tiene en su cuerpo. Sólo llevaba puesto un top y unos calzones del Calvin Klein. Estoy segura de que cualquier hombre me habría envidiado. Fue difícil ignorar su sensualidad. Sus piernas eran como las de Campanita, corticas y gruesas. Es un poco cliché pero no hay mejor manera de decirlo: su culo es como un duraznito. No hay rastros de estrías ni celulitis.

Después de este momento inolvidable nos sentamos a almorzar en su cocina. Todo se enfrió. Ahora compartíamos un sánduche de Subway y un té insípido. La bomba sexy que había visto en el cuarto ahora llevaba puesta una pijama de pingüino.

Kim tiene 22 años. Es una de las mejores modelos webcam del mundo y de las más cotizadas de Colombia. Miles de hombres –casi todos de Estados Unidos– pagan por verla bailar, masturbarse, bañarse, lavar su moto, cocinar y hasta pintar al óleo a través de la webcam.

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Con sus shows ha logrado tener hasta 17 mil personas conectadas al mismo tiempo. En su mejor día de trabajo se ha ganado 6 mil dólares (unos 18 millones de pesos). Y es tan famosa que puede rifar cualquier cosa y ganar dinero. Por ejemplo, una tanga o una colombina a la que sólo le ha pasado la lengua una vez.

Y yo estaba ahí sin pagar un peso. Jugando con sus mascotas –tres perros eufóricos y dos gatos que miran con desconfianza–, averiguándole la vida y conversando con Catalina, su empleada de servicio. Tal vez la más sexy del mundo.

Catalina llevaba una camisa de licra con un escote que dejaba en evidencia el gran tamaño de sus tetas. Parecían de silicona. Su cintura de avispa, tal vez moldeada en un quirófano, podría despertar la envidia de cualquier mujer. Sus dientes eran grandes y blancos, resultado de un impecable diseño de sonrisa.

Kim es una de las más de 30 mil colombianas que trabajan como modelos webcam. “No es un trabajo para todos. Tienes que estar un poquito loco, tener esa parte de nerd y estar siempre en el computador”, dice. Sus jornadas laborales son de mínimo 6 horas frente a la pantalla y con un descanso de sólo 40 minutos. Trabaja todos los días incluso los fines de semana –sus  favoritos– porque así puede hacer más dinero.

Vamos a su cuarto, el lugar donde “pasa toda la acción”. Pero cuando Kim habla de acción se refiere al trabajo. Ella no tiene con quien compartir su cama gigante de tendido rosado. Jamás ha tenido un novio y tampoco le interesa. “La verdad me puedo pasar muchos meses sin una pareja y no me hace falta”. Dice con cara de asco que detesta que los hombres que se le acercan le digan ‘bebé’ o ‘mamacita’. Ella prefiere que le digan ‘mona’.

De una de sus dos mesas de noche saca un aparato de color morado que parece un micrófono.

¡No me juzguen!, dice Kim.

Es un Hitachi. Un vibrador diseñado para hacer masajes en la espalda pero muy usado por todas las modelos webcam por su poder para dar orgasmos.

Se vuelve como nuestro mejor amigo.

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Y cuando uno no tiene novio como Kim, necesita de más amigos así. De repente sale del cuarto y aparece con un vibrador del tamaño de una aspiradora. Una especie de mini toro mecánico, donde ella suele sentarse y llegar al clímax con ayuda de varios accesorios de silicona. Por ejemplo, un pipí que tiene movimiento circular.

Kim bebe un sorbo de una cerveza en lata. Está algo nerviosa. Es la primera vez que da una entrevista. Se detiene para mirarse en uno de los tantos espejos que tiene en su casa. Pasa sus dedos por la boca, acomoda su pelo y revisa su maquillaje. Me gusta el color gris de sus ojos.

La conocí el día anterior y tuvimos una charla informal en el patio de su casa. Hablamos de sus perros y gatos, trabajo y familia. En nuestro segundo encuentro era otra mujer. La había visto con el pelo corto, platinado y peinado hacia atrás. Se veía ruda. Menos maquillaje, tenis y un poco más relajada. Ahora tenía extensiones, los ojos delineados y caminaba con la espalda más recta.

A Kim le gusta jugar para mantener la atención de sus amigos virtuales. A veces es rubia o pelicastaña. Se disfraza de colegiala o aparece frente a la cámara en ropa interior. Gasta cerca de 300 mil pesos al mes en indumentaria. Toda una fortuna para cualquier mujer promedio.

Nos acomodamos en un cuarto vacío que a veces usa para trabajar y está decorado con una pintura de la Mona Lisa. Kim se sienta en una silla colgante y habla por más de una hora de su vida personal. Creció en un pueblo de Antioquia, en una casa estrato dos, sin puertas y donde una lavadora era un lujo.

Después de ver el Jeep y la moto de alta gama que tiene parqueada en su garaje, me cuesta creer que es la misma mujer que comenzó a trabajar a los 12 años, sólo tenía dos pares de zapatos y gastaba horas ajustando a su talla la ropa que un primo le regalaba. Tal vez a los 18 años ganaba un salario mínimo y hoy, sólo cuatro años después, puede ganar en una quincena más de diez millones de pesos.

No hay ruido ni vecinos a la vista. Su pequeña mansión está rodeada de arbustos que la aíslan del mundo real. Salimos de su casa para que nos muestre cómo maneja su moto. Ahora lleva puesto un pantalón de cuero, un body con un escote profundo y una camisa leñadora. Da un par de vueltas y al bajarse dice que su trabajo como modelo webcam se resume en que ella es como la droga de otras personas. Y no hay duda, no habría manera de llevar una vida como la suya con sólo 22 años.

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