En uno de los salones del Museo del Louvre hay una pequeña muchedumbre. No es el típico público de museos, que traga saliva frente a cada obra y gira la cabeza siguiendo la posición de la figura. En este salón, el ambiente es festivo. Los visitantes recuerdan a esas largas filas de fans, en la puerta de alguna disquería gigante, aguardando con nerviosa paciencia el autógrafo del cantante de moda. Pero esta tarde parisina, dentro del museo más famoso del mundo, la estrella absoluta es un objeto. Un cuadro. El más famoso de todos. La estrella de esta tarde se llama Mona Lisa, la Gioconda de Da Vinci. Esa chica de sonrisa misteriosa que está custodiada, celosamente, por Frederick.

Frederick, como buen empleado de seguridad, no da su apellido. Es alto, de pelo corto y nariz flaca: un francés que pasa desapercibido por las calles de París. Sin embargo, donde Frederick se hace verdaderamente invisible es en su puesto de trabajo. Me cuenta que se levanta temprano, que se viene al Louvre en metro, que toma café en la guardia, que hace chistes con sus compañeros, y luego se larga a trabajar. En su caso, su labor de oficinista es pararse al lado de la pintura más popular del planeta, evitando que nadie se le acerque mucho, ni traspase la cinta de seguridad, ni aparezca uno que lance un huevo, o una piedra, o un globo con pintura, todas esas cosas que más de alguna vez se ha logrado evitar a último minuto.

En general, el trabajo de guardaespalda consiste en poner la vida de nuestro custodiado por sobre la nuestra. Sin embargo, en el caso de Frederick el asunto puede llegar a la exageración: custodiar la cara más conocida del planeta equivale, por un asunto lógico de contrastes, a convertirte en el ser más anónimo de la tierra. Y Frederick lo sabe. Nadie lo ha venido a ver a él, sin embargo, todos miran hacia donde él está. Nadie sabe —ni a nadie le interesa— que cursó cinco años en la Policía, ni que le gusta jugar de arquero en el fútbol. Dice que, por estar parado al lado de la Mona Lisa, ha salido en cientos de miles de fotos que recorren el mundo. Pero también sabe, o sospecha, que en muchos casos lo han eliminado de la historia gracias al photoshop.
 
Desde el puesto de Frederick se puede ver cómo la muchedumbre del salón se renueva constantemente. Como si el cuadro de Da Vinci se hubiera convertido, finalmente y de una buena vez, en una suerte de Santo Sudario Pop frente al cual diariamente peregrinan miles de fieles con cámaras de todo el mundo. Veo unas japonesas que se abrazan con la Mona Lisa de fondo. Un curso completo de italianos, unos mexicanos en luna de miel, dos jubiladas de Estados Unidos, todos sonriendo para el click con el cuadro a sus espaldas. La alegría es total: como si estar junto a la Gioconda, para los escaladores de la sociedad de la popularidad, fuera algo así como tocar el cielo con las manos. Para Frederick, en cambio, estar con ella es su trabajo.

La última vez que me sentí tan invisible como Frederick fue en una fiesta. Estaba bailando con una chica que recién conocía, y que atraía todas las miradas del salón. Se movía sensual, era alta y llamativa, levantaba sus brazos largos, cantaba las canciones haciendo coreografías y le sonreía como una Mona Lisa a todos los tipos que pasaban cerca. En un momento, cansado de mi repentina desaparición, de la invisibilidad, le besé la oreja bruscamente y le dije bromas pesadas hasta hacerla enojar. No me sentí bien cuando se fue ofendida a bailar sola, ni cuando hablaba mal de mí con otros, pero la escena me había permitido volver a existir más allá de ser un simple guardaespaldas. Después de lo sucedido me miraban murmurando, pero me miraban a mí.

Tal vez, el peor peligro para la Mona Lisa sea que un día, un día cualquiera, Frederick se harte de que nadie lo mire a él. De que absolutamente ninguna de estas miles de personas sepan que él está ahí. Entonces, tal vez trate de besar a la fuerza el cuadro o de romper el vidrio y rajarlo de una buena vez. Aunque, seguro que eso no sucederá pronto: Frederick tiene un buen sueldo, y una vida que nadie ve.

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