Llegó al monasterio benedictino de Santa María de la Epifanía mientras los monjes salmodian los oficios de la hora nona. Están entonando un salmo que me parece una bienvenida y también una advertencia: "Sabemos que vienes a burlarte de nosotros, pero eso no nos afecta, ya estamos acostumbrados". De inmediato me conmueven las voces limpias que salen de las gargantas, la sedante armonía de la música y la tristeza de la letra:

"Soy un extraño para mis hermanos,
un extranjero para los hijos de mi madre;
porque me devora el celo de tu templo
y las afrentas con que te afrentan caen sobre mí.
Cuando me aflijo con ayunos se burlan de mí;
cuando me visto de saco se ríen de mí;
sentados a la puerta cuchichean;
mientras beben vino me sacan coplas"
.

Había llegado a la plaza del pueblo de Guatapé veinte minutos antes y dos horas antes había cogido el bus Medellín-Peñol-Guatapé en la Terminal del Norte, y un cuarto de hora antes había tomado el metro en la estación Aguacatala para llegar hasta Caribe, y diez minutos antes me había despedido de mi esposa y había salido a pie de mi casa con una muda de ropa en el maletín y una libreta de apuntes en el bolsillo. Bastan menos de tres horas y menos de sesenta kilómetros para retroceder en el tiempo y trasladarse de este secularizado y pagano siglo XXI hasta el muy religioso y devoto siglo VI. Tal vez exagero, pues esta abadía no está fuera del mundo en todo sentido. Pero es verdad que desde mi llegada tengo una percepción distinta del espacio, de los sonidos y del transcurso del tiempo.

Para empezar, la arquitectura de la abadía es una clara evocación de las edificaciones basilicales de los primeros años del cristianismo. Teniendo como modelo a los templos paganos de Roma (u ocupándolos y cambiándoles bruscamente de culto) se hicieron las primeras iglesias cristianas. También aquí el artífice del monasterio se inspiró en esas basílicas primitivas. El arquitecto es un monje ex claustrado, gran artista, Gregorio Cuartas, y el resultado es tan convincente que en la abadía de Guatapé uno se siente metido en un recuerdo italiano. La situación del complejo, en una colina con vista a la Piedra del Peñol y al embalse del mismo nombre, es privilegiada. Por la ladera del monte a espaldas del monasterio, tupida de bosque nativo, bajan quebradas de agua cristalina; el aire picante de la tierra fría predispone a una actitud contemplativa, y a lo mismo invita la vista hacia la piedra y la represa. Sinduda es uno de los panoramas más agradables que pueda haber en las ásperas montañas de Antioquia.

No, no he venido a burlarme de los monjes, sino a conocerlos y, a tratar de vivir como ellos viven, aunque solamente durante tres días. Cuando termina la oración sale a recibirme, cálido sin ser meloso, el hermano Sergio, hospedero del convento. Toma mi maletín y me lleva a dar una vuelta por el monasterio, señalándome los lugares más importantes. La capilla, el claustro todavía sin pintar (me lo enseña sin pasar de la puerta, pues forma parte de la clausura, es decir del sector del monasterio que no puede ser visitado sin un permiso especial), el huerto, el refectorio y, al fin, la hospedería. Allí hay menos de diez celdas para recibir a los visitantes, cada una de ellas marcada con el nombre de un santo: San Agustín, San Jerónimo, Santa Escolástica...

A mí me toca la celda identificada con San Gregorio Magno. Esta es una pequeña habitación que consta de una cama, una mesita de noche con una vela encima y un escritorio pequeño con un taburete de madera al frente. Es una celda idéntica a las de los monjes; solo la del abad tiene algo más: una salita contigua para reuniones. La cama tiene sábanas, cobijas, y está cubierta por una colcha roja. Fuera de esto hay un sanitario, una ducha (dotada con una pequeña instalación eléctrica para el agua caliente) y una ventana que mira hacia un talud de la montaña y el entejado de la biblioteca. El hermano hospedero me informa que hasta las cinco y cuarto, la hora de vísperas, los monjes y los huéspedes emplean ese tiempo de la tarde para el estudio o el trabajo. Yo le pido entonces que me facilite un ejemplar de la Regla de San Benito, pues me parece la mejor lectura para mi primera tarde en el monasterio. A los pocos minutos me la trae, y me deja solo con el libro y con mi pensamiento.

Todo es muy silencioso y el tiempo pasa despacio, como si cada minuto rindiera más. Miro algunas golondrinas que juegan frente a mi ventana, pruebo un instante la dureza del colchón (es mucho más blando de lo que creía) y finalmente me siento en el taburete a leer el libro en el que están contenidas las enseñanzas sobre cómo han de comportarse el abad y los hermanos en la vida monástica.
En la Regla de San Benito está especificado casi todo. Incluso la ración de bebida diaria que pueden consumir los monjes. Dice el texto: "Por consideración a la flaqueza de los débiles, pensamos que es suficiente una hemina de vino al día por persona. Pero aquellos a quienes Dios les da fuerzas para abstenerse, piensen que tendrán una recompensa especial". Yo no sabía cuánto era una hemina, ni los dos hermanos a quienes les pregunté me lo supieron decir. Sólo a mi regreso lo pude averiguar. El diccionario dice que la hemina equivale a medio sextario; y que el sextario es la sexta parte del congio; y que el congio (¡al fin!) son unos tres litros. Es decir que una hemina es un cuarto de litro, la tercera parte de una botella, o mejor, que un monje está autorizado a tomarse una botella de vino cada tres días. No es mucho, pero como en el monasterio no se produce vino (ni aguardiente) los monjes locales se abstienen de todo licor, salvo que haya un regalo ocasional que el abad les permita consumir.

"Siete veces al día te alabamos", dice la Regla, y en el monasterio de Guatapé esta norma se respeta rigurosamente. Las horas de los oficios divinos son las siguientes: vigilias, a las 4:30 de la mañana; laudes, a las 6:45; eucaristía, a las 7:30; sexta, al mediodía clavado; nona, a las dos de la tarde; vísperas, a las 5:15; y completas, a las 8:15 de la noche. Después de completas empieza lo que se llama el "Gran Silencio" que dura hasta después del desayuno, el cual se sirve a las 8:15. En estas doce horas, salvo que el abad lo permita, la norma es que no se vuelva a hablar: "Pondré una mordaza en mi boca". Tal vez no haya mejor definición de lo que es en esencia un monasterio benedictino, que la siguiente: un lugar donde se vive en silencio. Claro, también cantan, meditan, rezan, trabajan, estudian. Pero todo en medio de un gran silencio.

A las 5:10 suena la campana para ir a las vísperas. Dice la Regla: "A la hora del oficio divino, tan pronto como se haya oído la señal, dejando todo cuanto tengan entre manos, acudan con toda prisa, pero con gravedad, para no dar pie a la disipación". Hago lo propio y me voy a la capilla. Allí se cumple otro de los preceptos: "No se meterá a cantar o leer sino el que sea capaz de cumplir este oficio con edificación de los oyentes. Y se hará con humildad, gravedad y reverencia". El encargado de entonar los salmos tiene una excelente voz.

Tampoco se habla durante las comidas. Uno de los monjes, según encargo del abad, lee algún libro mientras los demás comemos en silencio. "En la mesa de los hermanos nunca debe faltar la lectura... Reinará allí un silencio absoluto, de modo que no se perciba rumor alguno ni otra voz que no sea la del lector". En mis días en el convento la lectura versaba sobre el celibato. El tema se lo discute con franqueza, en el libro, pero la conclusión es bastante conservadora: "Jamás la Santa Iglesia temperará su rigor. Aunque el celibato no es un dogma, sino un sacrificio que la Iglesia se ha impuesto". Hay algunas aperturas: pastores protestantes convertidos al catolicismo podrán seguir ejerciendo el sacerdocio sin repudiar a sus esposas; seguirán estando casados.

Los monjes se turnan para preparar los alimentos y servir la comida, de modo que le toque a un grupo distinto cada vez. En esto prácticamente no hay jerarquías, pues aunque el abad rara vez cocina, les sirve a los monjes y a los huéspedes como cualquier cristiano. Aquí también se respeta lo que dice San Benito: "Sírvanse los monjes mutuamente las cosas que necesiten para comer y beber, de suerte que nadie precise pedir cosa alguna". La comida es buena, especialmente el pan (hay un hermano panadero) y la ensalada, que se cultiva en el huerto del convento. Comen carne o pollo una vez al día, casi siempre, y en esto se ha moderado la prescripción original de la Regla, que decía: "Todos han de abstenerse absolutamente de la carne de cuadrúpedos, menos los enfermos muy débiles". Aunque ahora está permitida la carne de res, en mis días solo comimos carne de bípedo: pollo.

La comida es suficiente, aunque no muy abundante y los hermanos tienden a no ser gordos. La regla prohíbe cualquier exceso en la comida, no vaya a ser "que se indigeste algún monje", y porque además "nada hay tan opuesto a todo cristiano como la glotonería". El régimen debe ser saludable pues lo que yo siento, por primera vez en meses, es que al segundo día ya no tengo gastritis. Quizá este alivio se deba también a la falta de estrés, de presiones, a la rutina cíclica y ordenada de la vida, al silencio reinante. El mismo madrugón a las cuatro no es tan duro cuando uno se puede ir a dormir a las nueve, si quiere. Es más, uno de los monjes se levanta a las tres, para poder hacer jogging, porque durante el día no hay tiempo para este tipo de ejercicios.

En el monasterio viven actualmente 22 monjes, 17 de los cuales son profesos solemnes. Sus edades van desde los 26 hasta los 93 años, y todos se ven sanos y contentos. El más anciano no asiste a todos los oficios, sino que a veces reza en su celda, porque no le queda tan fácil desplazarse. Su aspecto, sin embargo, es rozagante. El monasterio es casi como Macondo al principio del libro: como este mundo antiguo es tan reciente aquí (el monasterio fue edificado hace apenas tres años), casi no tiene muertos, y solo hay dos tumbas en el cementerio.

No tienen servidumbre. Se turnan también para lavar y planchar los hábitos y la ropa de cama. Ellos mismos arreglan y limpian sus celdas, y el hermano hospedero se ocupa de mantener en orden la hospedería. Atender a los huéspedes es uno de los propósitos más claros de la abadía. Dice la Regla: "Un monasterio benedictino sin hospedería es impensable". Pero son cautos, pues dice San Benito: "Los artificios del demonio pueden deslizarse en la relación de acogida". A los huéspedes no nos cobran, pero uno puede dejar algún regalo en especie, o alguna donación voluntaria para el convento. Como la hospedería vive llena, hay que reservar con buena anticipación para ser recibido.

Tengo la impresión de que los monjes viven en un régimen de ‘comunismo primitivo‘. Para ser más preciso, creo que los monjes son los únicos cristianos que viven rigurosamente tal como los Evangelios lo prescriben. Los votos de pobreza y obediencia aquí se practican con rigor, pero sin amargura. La propiedad, para los monjes, es un vicio. "Sean comunes todas las cosas para todos. No deben poseer nada en propiedad: ni un libro, ni tablillas, ni estilete; nada absolutamente, puesto que ni siquiera les está permitido disponer libremente ni de su propio cuerpo ni de su propia voluntad".

Esto me impresiona mucho. Entre los monjes no tiene ningún sentido el verbo ‘querer‘. La norma en el monasterio es la obediencia. "Primus humilitatis gradus est oboedientia sine mora", es decir, "el primer grado de la humildad es la obediencia sin demora". Los monjes aprenden a aborrecer la propia voluntad. Esto, que a los ajenos nos puede parecer absurdo, tiene una compensación de gran serenidad: si yo no vivo según como quiero, sino por lo que se me manda, puedo despojarme de muchas ambiciones sin sentido. Y este abandono de la propia voluntad puede llegar a ser reconfortante. Los monjes, sin embargo, me dicen que sienten que viven en perfecta libertad. No se sienten encarcelados. Ellos escogieron vivir así, en la contemplación de lo que para ellos son las maravillas de Dios. ¿Es aburrido?, les pregunto. Dicen que no, que ni siquiera es rutinario, que pueden variar, por ejemplo, la manera como se sientan en el coro. No varían de silla, salvo que lo disponga el abad, pero pueden cambiar de sentado, me dice un hermano. Y lo dice sin ironía. "No somos misántropos", me aclara el prior, Bonifacio Tordera, que es un catalán sabio, "ni hemos elegido este tipo de vida a la fuerza". El sexo no les parece horrible, añade, pero afirma que para muchos hombres modernos "el sexo es solamente una especie de idolatría más". Lo adoran como los paganos adoraban tótems o animales. "Si yo volviera a nacer, volvería a ser monje", me dice otro hermano, y concluye: "Esta vida, para mí, es la antesala del cielo".

No tienen televisión. Reciben, en la biblioteca (que está relativamente bien surtida), algunos diarios y revistas, pero no todos están interesados en leerlos. SoHo no les llega. Hay dos o tres monjes que les sirven a los demás de peluqueros. Producen una excelente miel y hacen unas almendras garrapiñadas deliciosas. Una hermana ermitaña, que vive sola desde hace años no muy lejos del convento, fabrica mermeladas. Y también hay artistas pintores, encuadernadores, hortelanos. El gran pintor Gregorio Cuartas está fabricando en este momento, con su paciencia de monje, un mosaico para el ábside de la capilla.

Los monjes no son sacerdotes. Los pocos que lo son, no son jerárquicamente superiores a los demás; tienen otro deber: celebrar la eucaristía y confesar. Después de los votos solemnes, salirse de monje es un proceso complejo: como anular un matrimonio. El proceso debe ir hasta Roma para obtener la dispensa. Pero no muchos la piden.

Al cabo de tres días tengo la impresión de que los monjes pertenecen a un ‘tipo humano‘ especial que existe en todas las culturas. De hecho, en todos los tiempos y en todas las religiones, ha habido siempre un grupo más recatado, silencioso, más contemplativo. Son los ‘hombres religiosos‘ por excelencia, y creo que los monjes tibetanos, los budistas, los hinduistas, se sentirían aquí como en su propia casa. Si algo no comprendo es por qué no hay más monjes en Colombia. En este monasterio hay cupo para veinte hermanos más. No es fácil tener las aptitudes, pero entre tantos millones de personas que viven en el país, tiene que haber más ‘hombres religiosos‘ de verdad. Es más, creo que si yo fuera creyente sería monje. No creo que se pueda vivir de otra manera si uno cree sinceramente en Dios. Los que no viven así, como los monjes, me parecen creyentes frívolos, dudosos, laxos. Y los peores cristianos de todos, para mí, son los príncipes de la Iglesia, que más bien parecen espantapájaros del Evangelio y de la fe.

Las horas son largas en el silencio y la tranquilidad del monasterio. Pero los tres días se van en un instante, casi sin sentirlos. No me despido; voy a la capilla a la hora de laudes, y luego voy por mi maletín, cierro la puerta y camino hacia el pueblo. El último salmo que les oigo entonar se parece al primero que escuché:

"Afilan sus lenguas como espadas
Y disparan como flechas palabras venenosas
Para herir a escondidas al Inocente".

Esta vez no será así. Tal vez por primera vez en mi vida los monjes han conseguido que yo no hable mal de la religión. No me han convencido. Ni yo estoy convertido, ni nunca me convertiré. Creo que ellos viven, plenamente, en una hermosa ilusión. Pero lo hacen a conciencia, convencidos, y con una profundidad que no tienen los demás creyentes. Me inspiran un respeto y un cariño absolutos. Por eso me alejo del monasterio casi con nostalgia.

Todavía es muy temprano mientras camino otra vez hacia Guatapé por la carretera destapada que se aleja serpenteando del monasterio. Las últimas salmodias de los monjes se confunden con el piar de los pájaros. Me acompañan los graznidos indescifrables de las guacharacas, que sin saber por qué, cantan también, como los monjes. En últimas todos cantamos (o escribimos) sin saber por qué.

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