En ese entonces trabajaba como residente de obra en una construcción ubicada entre los municipios de Chía y Cajicá y apenas estaba comenzando la ola invernal que inundó esa zona. Eran las 4:30 p.m., y yo andaba preocupado por un pedido de acero que había solicitado hacía mucho tiempo. La obra se estaba atrasando por la falta del material, el camión que lo debía traer no llegaba y la jornada laboral ya estaba por acabarse. Les pedí al maestro de obra y a cuatro trabajadores más que se quedaran para que me ayudaran a descargar el pedido. Ellos, pese al esfuerzo que tenían que hacer —descargar dos toneladas en barras de acero, después de todo un día de trabajo pesado—, accedieron a ayudarme pensando en las horas extra que ganarían.

A la media hora llegó el camión. Por radio le pedí al vigilante de la entrada que lo ubicara en el patio de aceros, que se encontraba a 300 metros del campamento de obra. Inmediatamente, me comuniqué con el maestro para que reuniera a la cuadrilla, mientras miraba por la ventana llegar el camión al sitio de descargue. Al asomarme vi que había una nube negra encima y que los árboles se mecían fuertemente por un ventarrón que hasta las tejas del campamento logró levantar, pero aún no comenzaba a llover. Rápidamente cogí mi casco, mis botas y salí corriendo al patio de aceros para cancelar el descargue por el peligro de que cayera un rayo. Llegué gritando “¡Bájense del camión!” y de repente ¡bum! Sentí como si me hubieran dado un golpe en el pecho que me tumbó. El destello me dejó ciego por unos minutos, incluso alcancé a pararme y caminar sin ver nada, solo sentía las manos y la ropa llenas de barro por la caída.

La cuadrilla estaba compuesta por el maestro, dos oficiales, dos ayudantes y yo. Todos recibimos la descarga eléctrica, fuimos alcanzados por las ramificaciones del rayo que cayó sobre el camión. Los que más sufrieron fueron los ayudantes, que estaban encima desamarrando las barras de acero. Ellos no podían caminar y estaban totalmente aturdidos. Cuando recobré la visión, corrí a auxiliarlos a ellos. Me sentía muy culpable porque de cierta forma yo era el responsable de su seguridad, y verlos así, en el piso, me hizo olvidar que yo también podía estar herido.

En la obra teníamos definidas a las personas que, en caso de una emergencia, debían reaccionar. Afortunadamente todavía estaban ahí y se comunicaron con el servicio de ambulancia, que llegó muy rápido. Sin embargo, solo llegó una, que se llevó a las dos personas que estaban más graves. Los demás nos quedamos ahí y fue cuando algunos empezaron a tener síntomas raros: vómito, mareo, dolor y presión en el pecho, como si se les fuera a salir el corazón.

Cuando los vimos así, mi jefe, mis compañeros y yo decidimos llevarlos en los carros que había al hospital más cercano, en Chía. Al llegar ahí, yo también empecé a sentir presión y dolor en el pecho. Cuando me examinaron, vieron que mi ritmo cardíaco era irregular y que mi dedo meñique de la mano derecha estaba quemado. Fue entonces cuando el doctor me dijo “a usted también lo cogió el rayo”. Me explicó que uno recibe las descargas eléctricas por las extremidades (manos y pies) y que también salen por ahí, y al hacerlo dejan rastro con una quemadura.

De inmediato, me canalizaron y me dejaron en observación durante once horas, en las que hicieron seguimiento a mi ritmo cardíaco y me inyectaron una especie de suero con potasio, sodio y otros componentes. Durante ese tiempo estuve hablando con los demás trabajadores, acordándonos y comentando lo que había sucedido. Todos llegamos a la misma conclusión: de no haber tenido las botas, el casco y los guantes puestos, que por sus materiales aislaron la descarga, otro estaría contando una triste historia.

Ya han pasado casi tres años desde el episodio y, aunque a veces siento presión en el pecho, he ido a varios controles médicos y no me han diagnosticado nada. Eso sí, les cogí mucho respeto a los rayos, y cuando empiezan a caer, prefiero guardarme pues, además de que el ruido me acuerda de ese día, cuando a uno ya le cayó un rayo es más fácil que otro lo vuelva a coger. Me guardo, entonces, porque con una descarga eléctrica fue suficiente y porque no quiero contar esta historia por segunda vez.

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