Diías de tortura, así fueron los últimos de uno de los hombres más envidiados del mundo. La vida del ícono mundial del hedonismo, el placer, el lujo y el sexo acabó en medio de una inimaginable decadencia. Fue un final solitario en cierta manera, más propio de un mendigo que de un sultán.

Hugh Hefner falleció en la Mansión Playboy el 27 de septiembre pasado, aunque los meses anteriores a esa fecha estuvieron plagados de soledad, hermetismo, miseria y depresión absoluta. Nadie imaginó que el playboy de la bata roja de seda, en cuya cama durmieron al menos 3000 de las mujeres más hermosas del mundo, terminara de una forma tan melancólica.

Encorvado, esquelético y reducido a una piel que cubría sus escasos 45 kilos, Hefner se había convertido en un recluso. Sorprende que hasta último momento se obsesionó por esconder la realidad que vivía. Desesperado por mantener en secreto su salud en picada, se mantuvo oculto ante la opinión pública en los cinco meses previos a su muerte y obligaba a los invitados y a sus servidores a firmar un documento legal que les prohibía revelar el estado en que se encontraba.

El legendario Hef, el mujeriego de toda la vida, estaba hecho trizas. Era solamente un inválido. Personas que lo fueron a visitar, entrañables amigos que lo acompañaron en sus famosas fiestas, aseguraron que “su piel se estaba descascarando”, que su cuerpo era tan frágil y débil que no podía caminar y debía ser trasladado de un lugar a otro en silla de ruedas.

Pero no menos impresionante que su estado físico era el de la famosa Mansión Playboy, que había entrado en una decadencia comparable a la de su dueño. Uno de los últimos visitantes dijo: “Hasta los colchones de las 12 habitaciones eran asquerosos, viejos, gastados y manchados”. “Vivía en una escoria inmunda y llena de orina. La verdad es que se convirtió en el Howard Hughes de hoy en día: solo, negándose a ver a los invitados, con un aliento con hedor pútrido, el aire a su alrededor sofocado y húmedo”.

Sin embargo, la paranoia y vanidad del magnate se mantuvo hasta el final. Su prioridad era mantener la leyenda que él mismo había creado sobre sí mismo, la misma que quería que pasara a la historia: un hombre vital, vestido de smoking, sonriente y rodeado siempre de mujeres bellas.

Al final deliraba y desvariaba evocando la importancia que tuvo en el pasado. Decía cosas como: “Si The New York Times o la revista Time quieren entrevistarme tendría que cancelar mis planes de este fin de semana…”.

La mayoría de sus amigos estaban convencidos de que no viviría mucho más. De hecho, las declaraciones de Carla Howe, inquilina de la mansión y portada de la revista en varias oportunidades, destapó lo que Hefner quiso ocultar. La exuberante mujer confesó que no quedaba “ni la sombra de esas fiestas de hermosas mujeres, orgías y toda clase de locuras”. La playmate constató que la realidad era otra, pues Hefner, que toda la vida había estado rodeado de un escuadrón de modelos, ahora estaba acompañado de un escuadrón pero de enfermeras: “Nada de fiestas o escándalos porque el vejestorio señor Hefner tiene que dormir”.

Antes de perder sus facultades y entrar al mundo del silencio todavía recibía a algunos amigos. Estaba casi sordo como resultado de consumir Viagra en exceso y comunicarse con él era difícil. Por lo tanto, el plan era jugar ajedrez y ver películas viejas.

En definitiva, el final, más que triste, fue degradante. A pesar de que técnicamente estaba casado, su casa no era un hogar sino que parecía más bien un club social quebrado. Su última esposa, Crystal, tenía 60 años menos que él y no tenía vocación ni de ama de casa ni de enfermera. Salía con sus amigos todo el tiempo y ni siquiera estuvo presente en el momento en que falleció. Esa falta de interés obedecía en parte a que él la había obligado a firmar un acuerdo prenupcial, según el cual ella no heredaba ni un solo centavo de su fortuna. El único privilegio que tuvo en esos cinco años de matrimonio fue vivir gratis y los regalos que recibió de él.

De por sí esa fortuna estaba bastante disminuida. Cuando se reveló su testamento, Hefner dejó solamente 43 millones de dólares. Su revista, que había llegado a vender ocho millones de ejemplares en los años setenta y ochenta, tenía una circulación de apenas 400.000. Él tenía el 35 % de las acciones que en un momento llegaron a tener un valor de 500 millones de dólares. Pero la competencia del porno en internet había dejado el erotismo de Playboy como un producto desubicado. La mansión se vendió recientemente en 100 millones de dólares, pero pertenecía a la compañía y no a él. En esta se le permitió vivir hasta el final de sus días.

Dos años atrás la dirección de la compañía la había asumido su hijo Cooper, quien hoy tiene 26 años, y que, teniendo en cuenta que el nicho de publicidad de los hombres es tan apetecido como el de las mujeres, pensó que eliminando los desnudos la publicación se podría salvar. Pero esa decisión fue catastrófica porque se perdió la esencia misma del imperio que había creado su padre. Las chicas sin ropa retornaron a mediados de este año y la revista se estabilizó. La conclusión es que el mercado norteamericano quiere una publicación masculina con mujeres bellas pero sin vulgaridad.

Así había sido la revista en sus días de gloria. Playboy, más que proyectar cuerpos sensuales, proyectaba un estilo de vida idealizado para el hombre contemporáneo. Era un mundo de ropa fina, carros deportivos, música fantástica y fiestas interminables. Hefner personalmente encarnó ese rol y las páginas de la revista se convirtieron en el diario de su vida.

En los años de la cúspide, definitivamente vivió su fantasía. Con avión propio, casinos atendidos por conejitas y los famosos de Hollywood, los millonarios y los políticos queriendo ser sus amigos, era el rey del mundo. En sus fiestas se solía ver a los invitados zambulléndose desnudos en una piscina disfrazada de gruta en la mansión. También tuvo su propio programa de televisión y más tarde su reality show, The Girls of the Playboy Mansion, donde compartía con los televidentes la rutina doméstica que tenía con tres mujeres de su harem.

El hombre detrás del millón de fantasías masculinas tuvo en su cama a cientos de las mujeres más soñadas del planeta entero. Alguna vez en entrevista le preguntaron por cuántas chicas habían pasado en su cama y respondió que unas 3000. A la pregunta de su récord en una sola sesión de sexo, respondió que logró estar con 12 mujeres. Otra de las revelaciones sorprendentes y que pocos saben es que alguna vez reconoció que en medio de algunos frenesís sexuales, orgías y descontrol tuvo experiencias homosexuales, aunque fueron esporádicas.

Lo curioso es que sus diosas, Marilyn Monroe, Jayne Mansfield y la reina ‘Casablanca’ Ingrid Bergman, nunca se acostaron con él, aunque sí marcaron su vida para siempre. Hefner confesó que esperaba enamorar a Marilyn, quien murió antes de que tuviera la oportunidad. “Me hubiera encantado”, bromeó en su lecho de muerte. “Soy un tonto para las rubias y ella es la mejor rubia”. De hecho, una de sus últimas apariciones en público fue cuando compró su tumba al lado de la de Marilyn Monroe, en Westwood Village Memorial Park. “Hefner conocía a miles de amantes, pero pasó sus últimos meses vociferando casi senilmente por las únicas a las que alguna vez les dio el corazón”, dijo un servidor de la casa.

Al fin y al cabo fue una foto de Marilyn desnuda que él descubrió en un calendario en 1953 la que, al ponerla en la carátula de su primera revista, se convirtió en el inicio de la revolución sexual que la publicación desataría. Ahora él y su musa quedaron unidos en la eternidad.

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