En estos tiempos del iPod, la mayoría de la gente no se toma la molestia de subir, bajar o pasar al iTunes del computador, una por una, sus canciones favoritas. Lo que se suele hacer es comprar o piratear un paquete de 10.000 canciones. Esos paquetes suelen ir clasificados: salsa, bailables, o música para planchar. Y fíjense, hay clásicos infaltables en todo iPod que se respete, como por ejemplo El buen perdedor, de Franco de Vita, o La maldita primavera, de la nunca suficientemente ponderada Yuri. No hay rumba que se respete que no termine con varias mujeres y algunos hombres gritando con el pecho reventado: "Qué importa siiiiiiii, para enamorarme baaaaasta una hooooora…. Pasa ligeraaaa…. la maldita primavera…., me hace daño solo a míiii".

Ahora llegó la hora de la pregunta: ¿alguien tiene una canción de Michael Jackson en su iPod? ¿Alguien baila en alguna fiesta alguna canción de Thriller? ¿No nos parece lo más montañero del mundo el recuerdo de ese guante blanco lleno de brillantes y esa chaqueta de cuero rojo escarlata con hombreras kilométricas que consideramos el no va más de lo play en los años ochenta? Seamos francos: hoy, nos parece la pinta más loba del planeta. Y de aquellos pasitos como de robot epiléptico mezclado con faraón egipcio, mejor no hablemos.

El tiempo es a la vez sabio y tirano. Salva y olvida con discreta inclemencia. Hoy todos los medios de comunicación hablan de Jackson como si hubiera sido uno de los grandes cantantes del siglo XX. El rey indiscutible, trepado en el podio con los Beatles y los Rolling Stones, con Tina Turner y Madonna. Y no hay derecho. Su música pertenece a una categoría de memorabilia desechable. Hace rato, el tiempo dio su veredicto. Nadie canta hoy una canción del rey, porque no sigue siendo el rey.

Lo que sí fue Michael Jackson fue un freak. Un loco delirante. Un pobre psicópata. Mercadeó con ingenua habilidad su infancia supuestamente desgarrada, el drama de ser estrella desde muy joven, los traumas que le dejó el carácter templado del padre, el horror de ser perseguido por las cámaras y aclamado histéricamente por los fans. Y por sobre todas las cosas, mercadeó el drama del despiadado acné de su adolescencia.

A ese trauma le achacó su cambio físico. Pero, según juraba ante las cámaras y entrevistas, él solo se hizo dos cirugías en la nariz. Uno no sabe si creer que Michael Jackson era bobo o nos creía bobos : decía que la piel le había cambiado por el vitíligo, y que el huequito en la barbilla se le había formado con los años. Uno de sus memorables argumentos, cuando le preguntaban por sus cirugías y por el cambio de color, decía así: "Todos los blancos se van a la playa y se tuestan al sol y quedan negros. Pero nadie les pregunta nada. ¿Por qué entonces yo me blanqueo un poco y se arma un escándalo? Ambos casos son iguales, ¡los procesos han sido naturales!" Ejem… ¿Será que se fue de vacaciones al Polo Norte? Si por lo menos nos hubiera dicho que se echaba crema de concha de nácar o baba de caracol, hubiéramos sido comprensivos…

Pero uno no debe desperdiciar la lástima. Sobre todo cuando hay niños en la lista de víctimas. En otra entrevista, en su absurda mansión de Neverland, entre melancólicas jirafas y agresivos hipopótamos (el gran escritor inglés Paul Theroux lo visitó y los guardias le advirtieron que los animales habían enloquecido y eran peligrosos), Michael Jackson deja que el periodista entreviste a sus hijos, ataviados con máscaras de carnaval mientras correteaban por los pasillos. El entrevistador les pregunta por su madre y ellos contestan tajantes: Nosotros no tenemos mamá.

Hoy se sabe que Debbie Rowe fue solo un vientre de alquiler, y que la inseminación in vitro se llevó a cabo con óvulos y esperma de donantes anónimos. Bueno, ni tan anónimos, porque es posible que el padre biológico de los dos hijos mayores del cantante sea su propio dermatólogo. ¡El que lo blanqueó!

Pero el delirio no ha hecho más que comenzar. ¿Por qué nadie critica la demencia de ponerles a sus tres hijos su propio nombre? Sí, a la niña también. Ella se llama Paris Katherine Michael Jackson. Como oyen. Hasta se le hubiera perdonado si les hubiera puesto solo Michael y Michael II. Pero por Dios, los pobres niños se llaman Prince Michael y Prince Michael II. ¡Es como si Uribe les hubiera puesto a sus hijos Vice Álvaro y Vice Álvaro Dos! Para colmo, al más chiquito lo llama Blanket. O sea, Sábana. Es como si a Vice Álvaro Dos, Uribe lo hubiera apodado ‘Toallita‘. De ese tamaño es su locura. La de Jackson, quiero decir.

Sus excentricidades con el dinero no tienen perdón de Dios. Jackson tenía una colección de videojuegos monumentalmente vulgar. Comenzó comprando el R360 de Sega y el Pac-Man de Namco. Pero tenía cientos de máquinas de pinball y una colección desmesurada de videojuegos tan violentos como Time Killers, Revolution X y Beachhead 2002. Cuando las vendió en una subasta, porque andaba mal de efectivo, el catálogo tenía más de 60 páginas: Jambo Safari, Mortal Kombat, Tekken 2, Guitar Freaks, Galaxy Force II, Super Street Fighter II y varias versiones de Crazy Taxi…

En otra entrevista, la cámara lo sigue en un soberbio anticuario de Los Ángeles, lleno de jarrones de metro y medio y estatuas griegas y columnas dóricas y jónicas y vaya usted a saber qué más. Todo aquello brillaba tanto que parecía un expolio del Versalles pre-revolucionario. Jackson, consciente de la cámara que lo seguía, decía como un niño en un supermercado: quiero este, y este, y aquel. Y también aquel de allá, y el otro de más allá… Y cada jarrón valía medio millón de dólares. La cara de satisfacción del anticuario iraní no tenía precio. ¡Estaba a punto de llorar de emoción económica! La cuenta fue de 22 millones de dólares.

Pero a pesar de haber grabado el álbum más vendedor de todos los tiempos (se dice que vendió casi 100 millones de copias), Michael Jackson estaba quebrado. Y se dice que a pesar de la quiebra sus hábitos de comprador compulsivo jamás se aplacaron. En el 2001 tuvo que pedir prestados 200 millones de dólares del Bank of America. Y eso a pesar de tener los derechos de miles de canciones, ¡incluyendo los de 259 canciones de los Beatles, derechos estimados en un billón de dólares! Y en el 2005, cuando tuvo que pagar una suma astronómica a los padres de los niños con los que dormía plácidamente para que retiraran su demanda de pedofilia, la deuda del cantante alcanzaba los 285 millones de dólares.

Pero fue en la fantasía de "decorar" su rancho de Neverland —de 1300 hectáreas—, que el cantante enloqueció de verdad. En Neverland había un parque de atracciones, una sala de cine para 50 personas y un zoológico (Jackson sentía pasión por los orangutanes…). El solo mantenimiento de su casa costaba cinco millones de dólares al año. En el 2002 fue demandado por Union Finance & Investment Corp., por no haberles pagado unos honorarios pactados en 12 millones de dólares. De hecho, la gira que iba a comenzar en Londres justo antes de morir era para intentar paliar sus fantásticas deudas.

Jackson fue un pobre patético. O más bien, un millonario patético. Su gran mérito fue lograr que las canciones vendieran más por los videos que por la calidad intrínseca de la música. Y a él debemos que un par de generaciones se creyeran el cuento de que bailar es hacer ridículas piruetas aeróbicas al unísono, sin el más mínimo contacto entre un cuerpo y otro. Eso contradice la esencia del baile. Un baile mecánico completamente desprovisto de la idea de seducción, que encarnaba la noción de una higiene perfectamente asexuada. Exactamente como él.

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