Nací en Quibdó, tengo 23 años y juego en la Selección Antioquia de Baloncesto. Desde que tengo memoria he sobresalido por mi estatura. Mis dos metros no son en vano, son heredados de mi mamá. Ella mide casi 1,90 y por esta razón mis cinco hermanos y yo terminamos siendo altos. Aunque yo, por supuesto, batí el récord de la familia. Mi papá es más bien bajito, enderezándose bien solo alcanza a llegarle al hombro a su mujer (yo calculo que mide 1,75). Desde el jardín me he caracterizado por ser la más alta, algo que hasta hoy no ha cambiado. En el colegio me molestaban mucho, pues siempre me ponían de última en todas las filas de los cursos; una situación que se repitió desde preescolar hasta bachillerato. Durante esos años tuve que aguantar muchas burlas y comentarios, mis apodos más comunes eran “garza” y “jirafa”. A los 12 años, con 1,82 metros de estatura, tuve mi primer novio. Para mí, él era un verdadero enano, pues solo medía 1,60. Esta fue una diferencia irreconciliable que acabó con nuestra relación en dos semanas. Nos daba pena salir juntos, él estaba cansando de empinarse y yo, de que me quedara de cartera. Este era un problema común, definitivamente no me gustan los chiquitos y, a veces, yo tampoco les gusto a ellos. Alguna vez me dijeron que necesitaban una escalera para besarme. Cuando me voy con mis amigas de rumba, me sacan varios parejos bajitos a bailar, igual les digo que sí, ¿por qué no?; pero de ahí a que me interese salir de verdad con ellos es otro cuento. A mí no me gusta sentirme incómoda y, sin duda alguna, prefiero bailar con un hombre que no sea un chichón de piso. A los 15 años tuve un novio parecido a mí, medíamos prácticamente lo mismo y entrenábamos juntos en el club de baloncesto de Quibdó. Durante los seis años de noviazgo fuimos una pareja famosa, la gente nos paraba en la calle y nos preguntaba dónde nos habíamos conocido, y lo más importante: el misterioso número de nuestras estaturas. Esto me pasa a cada rato, las personas se sorprenden mucho. Más de uno tiene foto conmigo, algunos se han acercado a preguntar cuánto mido, cuántos años tengo y de dónde soy. Se acercan con curiosidad para medirse, lo cual es muy entendible, pues no es normal encontrarse con una mujer tan grande en este país. La verdad es que me da igual llamar la atención o no. Sin embargo, aunque soy muy feliz, no niego que preferiría pasar un poco desapercibida. ¿Dificultades de ser alta? Muchas: para conseguir ropa, zapatos, novio, cama y para montarme a los buses. El tema del transporte es quizás lo más complejo, en la mayoría de los buses me toca encorvarme o irme agachada. Además, las rodillas me quedan presionadas contra el puesto de adelante. Siempre que me monto trato de coger el puesto de atrás, pues es el más cómodo de toda la buseta. Podría decir que soy un poco torpe, vivo pegándome con todo: los marcos de las puertas, el capó de los carros y de los buses, las lámparas colgadas y más.

En 2007 me fui a vivir a Medellín. Actualmente vivo en una villa deportiva de tres pisos junto a 65 personas de diferentes disciplinas. Aunque soy la mujer más alta, me disimulo un poco más, pues al menos me sigue Diana, una de mis compañeras de equipo, con una medida de 1,94. La mayoría de los deportistas son bastante altos, por eso las camas son hechas a la medida. Aquí todos tenemos una dieta especial; yo, por mi parte, como muchísimo, no solo por el hambre constante que me da, sino por las tres horas y media de práctica que tengo todos los días. El régimen es más o menos así: desayuno arepa, huevos, mínimo tres tostadas, cinco galletas, fruta y chocolate. A la hora del almuerzo nos sirven dos tazas de arroz, carne (o cualquier otra proteína), torta de chócolo, postre, jugo, leche y fruta. Por la noche normalmente me como una sopa y otras dos tazas de arroz. Para vestirme también me vuelvo un ocho, todos mis pantalones son mandados a hacer, pues tienen que tener al menos cuatro dedos extras de largo que los normales. Las blusas, los shorts y los vestidos sí son fáciles de comprar.

Calzo 42, una talla que solo es fácil de conseguir en tenis deportivos, el dolor de cabeza viene con los demás modelos. Al igual que los pantalones, me toca mandarlos hacer, encargarlos a Estados Unidos o comprarlos en Payless. Me encantan los tacones y cuando los uso, paso los dos metros de altura.

Ser alta también me ha traído beneficios. En mi deporte es una enorme ventaja: gracias a mi estatura me he desempeñado en la posición de poste, ganándome así un puesto en la Selección Colombia. Sueño con llegar a la NBA y por eso estoy dedicada a aprender inglés. Me gustaría estudiar Diseño de Modas y no descarto la posibilidad de convertirme en modelo. Me considero única y original. Soy suertuda en el amor, he salido con muchos tipos y aunque me prometí no volver a salir con bajitos, mi nuevo novio solo mide 1,85 metros.

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