hora que el islam está en todas las sospechas, en todos los temores, he recordado mucho a Reham. Cuando la conocí, hace casi diez años, Reham tenía 25 y el cuerpo y la cabeza y media cara tapados por diversas telas: era, claramente, una mujer musulmana. Pero no siempre lo había sido.

Reham había nacido en Suez, Egipto, primera hija del patrón de una pequeña empresa de transportes y una empleada pública. La familia se mudó a El Cairo cuando ella tenía 10 años; su vida era tranquila: siempre le gustó escribir su diario, dibujar y, ya en la adolescencia, salir con sus amigas al cine, al mall, escuchar música, bailarla. Su formación fue la de tantas chicas de clase media urbana: una escuela laica, la tele, el aprendizaje de los principios del islam —aunque su padre y su madre no eran particularmente religiosos—. Cuando terminó el bachillerato, Reham quiso estudiar Psicología o Literatura, pero las notas no le alcanzaron y eligió Servicio Social. Al principio no le interesaba demasiado; poco a poco, la opción de ayudar la fue apasionando. Cuando se recibió, encontró empleo en una ONG que enseña a mujeres de los suburbios a leer y escribir. Ya había pasado más de tres años trabajando allí cuando llegó esa tarde.

—Hacía calor, esa tarde. Tanto calor.

Esa tarde, Reham salía de su local con una compañera; eran poco más de las tres, caminaban por una calle estrecha de un barrio suburbano. Reham usaba pantalones, una blusa, su pañuelo habitual en la cabeza. De pronto, una mano la agarró desde atrás; Reham gritó, se defendió, pero ahora las manos eran dos y seguían bajando por su cuerpo. Reham gritaba más, el muchacho de las manos intentaba agarrarla para llevarla a alguna parte, Reham se defendía; todo duró unos segundos, hasta que los gritos atrajeron a un par de vecinas y el muchacho corrió. Reham cayó al suelo, lloraba; el muchacho, desde la esquina, la miraba como si esperara el momento de volver a empezar. Al fin se fue. Durante meses, Reham no pudo caminar por la calle sin mirar para atrás.

El acoso sexual es un fenómeno global, pero en El Cairo alcanza cotas invencibles: no hay mujer cairota que no sea víctima frecuente de ataques y manoseos —cada vez más abiertos, descarados— y la cuestión se ha transformado en un problema nacional. A Reham ya le había pasado antes, y alguna vez se había sentido culpable:

—¿Culpable de qué?

—Culpable de usar ropa ajustada, de hacer que la gente se ocupe de mi cuerpo. Eso me hacía sentir mal.

—¿Tan agresivo es ponerse bluyines?

—Soy un poco robusta, y había gente que creía que lo hacía para provocarlos. Quizá es gente que tiene problemas, pero yo los ayudo usando estas cosas.

Parece pura paranoia: es una idea común. Hace pocos meses, el rector de la Universidad de El Cairo, la más prestigiosa del país, justificó un ataque sexual en su campus porque la víctima se había sacado su abaya —su túnica— y exhibía “ropas de colores”; estaba evaluando, dijo, la posibilidad de expulsarla.

El ataque fue una de las razones de Reham; otra fue que su novio, un ingeniero informático, le insistía. Lo cierto es que decidió “acercarse a Dios” y una vía fue dejar los bluyines y las camisas que solía usar y vestirse con túnicas y pañuelos que ocultan su cuerpo por completo. No es la única: muchas jóvenes se sienten más seguras con el vestido tradicional musulmán. Les sirve para poner una doble barrera entre sus agresores potenciales y sus cuerpos: la túnica dice que no quieren entrar en ningún juego de seducción, y que se ponen bajo la protección de una comunidad: que su dios —y los seguidores de ese dios— las protejen. Le pregunto si no sería mejor no necesitar esa protección, que los hombres no fueran una amenaza.

—Sí, seguramente. Aunque quién sabe, quizá Alá lo hace para mostrarnos que tenemos que acercanos a él. Y si es así, se lo agradezco, claro.

Hace 30 años, cuando lo conocí, Egipto era un país laico donde las mujeres se vestían sin prejuicios y participaban de muchas actividades junto con los hombres. Ahora, el islam ha ganado terreno y se ven cada vez más hiyabs, más abayas, más mujeres tapadas caminando tres pasos detrás de sus maridos. Y, en muchos casos, la razón es el miedo: encontrar un lugar más seguro, refugiarse del mundo. Los caminos del Señor —de cualquier Señor— son, ya sabemos, tan inescrutables.

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