Fue un martes 13. Pero de eso cayó en la cuenta después. Mientras se quitaba los restos de la tinta con la que había estampado las huellas de los dedos. Mientras se limpiaba los goterones de esas lágrimas negras que le habían dibujado una especie de antifaz. Porque ese día se había demorado frente al espejo.

Ese día se había maquillado como si fuera a participar en un reinado. Había elegido la pinta de las celebraciones: esa blusa apretada que le exageraba los senos y para la cual casi nunca encontraba motivos.

Ese día se había alisado el pelo, había sacado del cajón del olvido las gafas de lentes verdes que le daban un aire misterioso, había botado las facturas viejas que todavía dormían en el fondo de ese bolso que la hacía sentir distinguida y lo había golpeado contra la cama para sacudirle los restos de polvo.

Ese día era martes y Paula Andrea Arboleda quería parecer una mujer elegante. Para que nadie adivinara sus malas intenciones. Para asemejarse a las señoras del norte de la ciudad que llevan lista en mano y llenan los carritos del mercado a punta de antojos. Para que a nadie se le pasara por la cabeza que una mujer tan bien puesta pudiera cruzar el umbral de las cajas registradoras sin pagar lo que llevaba consigo. Era martes 13, pero Paula Andrea no había caído en cuenta.

Su amiga —la llamaremos Karla— le había dicho el día anterior que la vuelta era muy fácil y se podía ganar cincuenta o sesenta mil pesos. Karla tenía práctica. Con frecuencia llegaba al cementerio estrenando zapatos o exhibiendo esos pantalones que Paula Andrea pensaba que solo podría contemplar en las vitrinas de los almacenes que le estaban prohibidos. Con frecuencia llegaba con los síntomas de haberse amanecido en la parranda: celebraciones que se financiaba con el producto de sus robos. Lo suyo era asaltar en silencio las estanterías de concurridos almacenes y luego venderles la mercancía a sus intermediarios en San Victorino. Era una experta en pasar inadvertida frente a los vigilantes. Había aprendido a conocer a los hombres sin uniforme que andan pendientes de cualquier movimiento extraño en las tiendas en las que tienen a su cargo la seguridad. Sabía qué productos eran los más fáciles de esconder entre la ropa y por cuáles se pagaba mejor en el mercado negro.

La víspera de aquel martes 13, Paula Andrea le contó a Karla que estaba colgada con el arriendo. Pagaba 250.000 pesos por un pequeño apartamento cerca de El Tunal en el que vivía con sus tres hijos. Una semana atrás, el 8 de marzo, se había ganado unos pesos de más por cuenta del Día de la Mujer.

Tenía un puesto de flores en el cementerio del sur, y ese día se multiplicó el número de visitantes, y también el de arreglos para poner en las tumbas de abuelas, madres, esposas, hijas, amigas y amantes. Al final de la jornada, cansada pero feliz, Paula Andrea pensó que había llegado el momento de comprarles a sus hijos el televisor con el que tanto habían soñado, y abonó las ganancias a la cuota inicial del aparato. Pero no demoraron en llamar a la puerta de su casa para recordarle sus obligaciones de inquilina.

No fue, sin embargo, para pedir ayuda que habló con Karla. Le comentó la situación como solía contarle sus penas y sus alegrías mientras realizaba la tarea que más detestaba de su trabajo: quitarles las espinas a las rosas que todas las mañanas, a eso de las seis y media, compraba por docenas en el mercado de Paloquemao, junto con los paquetes de claveles y de pompones, que eran las flores preferidas de sus clientes: deudos que visitaban a sus muertos con religiosa puntualidad y que habían aprendido a guardarle fidelidad "a la paisita", porque ella los consentía, les ponía flores de más, les hacía algún descuento y, sobre todo, porque les subía el ánimo con su lenguaje dicharachero y su inofensiva coquetería.

Con esa misma coquetería enamoró al padre de sus tres hijos, que se perdió del mapa cuando nació Ánderson Yaced, que ya tiene seis años. Ni siquiera contó con él cuando le escogió a su hijo menor ese nombre que había oído en los noticieros y que a ella le resultó fascinante —aunque no supiera cómo se escribía— porque siempre le ha llamado la atención la cultura árabe. De ese hombre por el que se retiró de la escuela con quince años recién cumplidos lo último que supo fue que andaba en malos pasos.

Hace un año le llegaron con el chisme de que había perdido la cabeza de tanto meter droga. Por eso asumió sin ayuda la crianza de Angie, de David y de Ánderson, y repitió la historia de su mamá, a la que un día dejaron abandonada en Manizales y no le quedó más remedio que arrancar para Bogotá con sus hijas porque le habían dicho que en la capital había más oportunidades y la vida era más barata. Han pasado catorce años desde entonces, pero Paula Andrea conserva casi intacto su acento caldense, el gusto por el tango y esa actitud siempre echada para adelante con la que ha logrado levantar a la familia.

Antes de que cambiara su vida, aquel martes 13, Paula Andrea se levantaba a las cinco todas las mañanas. Se alistaba de prisa, preparaba el desayuno y el almuerzo de una sola vez y salía para Paloquemao. Si había plata les dejaba a sus hijos "carne o pollito". Si estaba en la mala, "tocaba huevito". Y si las cosas estaban graves, "solo arrocito". Pero, eso sí, "no les faltaba la sopita". Aprendió a cocinar por necesidad, pero reconoce que no le va muy bien en la cocina. Se ríe cuando recuerda que los niños comentaban a veces que su mamá cocinaba muy maluco.

Por eso, cuando podía, Paula Andrea los llevaba a un restaurante del barrio y les compraba por cuatro mil pesos dos "corrientazos" para entre los tres. El premio mayor era cuando su mamá los invitaba a comer fríjoles, que, a pesar de la pobreza, trataba de preparar con todas las de la ley, como aprendió en Manizales. Había conseguido un celular para controlar a su familia desde el cementerio. Llamaba a Angie para preguntarle si ya había levantado a sus hermanos, si ya se habían bañado, si ya les había dado de comer. Y para recordarle que dejara las ventanas y las puertas "bien trancadas" antes de salir para el colegio. Angie, que hace poco cumplió once años, se convirtió desde muy niña en ama de casa, mientras Paula Andrea quitaba espinas y armaba ramos para conseguir los 20.000 pesos del diario.

Solo descansaba los miércoles. Los días más prósperos eran los domingos y los lunes. Rara vez ganaba más de 25.000 en una jornada, a menos que se tratara de alguna celebración, como el Día de la Madre o la Navidad. O como el Día de la Mujer, que fue cuando decidió meterse en la deuda del televisor y descompletó lo del arriendo. Por eso terminó haciéndole caso a Karla: porque su amiga le pintó las cosas muy fácil. Por eso dejó de ir un martes al cementerio, sin caer en la cuenta de que era martes 13, y se vistió con la ropa más elegante que tenía, para no despertar sospechas cuando llegara al supermercado Éxito de la calle 80 para llevarse debajo de la ropa unos cuantos discos compactos que su amiga sabía en dónde vender por cinco o seis mil pesos cada uno.

Estaba decidida. Iba haciendo cuentas en el bus que la llevó hasta allá, y ni siquiera se le ocurrió preguntarle a Karla qué títulos iban a robar. Pero cuando cruzó la puerta del almacén los nervios empezaron a apoderarse de ella. Sintió que el corazón se le aceleraba y le sudaban las manos. Su amiga se dio cuenta y le dijo que se fresqueara, que se quedara mirando revistas, como si nada, mientras ella escogía los discos y los sacaba de las cajas.

La operación se tomaba unos cuantos minutos y Paula Andrea cada vez estaba más nerviosa. Pensaba que su palidez la iba a delatar. Daba vueltas alrededor del estante de las revistas y miraba de lejos a su compañera como si se tratara de una extraña. Cuando vio que Karla se acercaba, el sudor le empapó todo el cuerpo. Con movimientos ágiles, su amiga le metió diez discos compactos debajo de la blusa y escondió otros tantos bajo su ropa. Se dirigieron a la salida y, cuando estaban a punto de cruzar la frontera que le devolvería su tranquilidad, un vigilante se acercó y les pidió que le permitieran una requisa. No tuvieron palabras para negarse.

Unos minutos después, un funcionario del supermercado les preguntó si tenían dinero para pagar los discos. Karla sacó unos cuantos billetes arrugados del bolso y salió del problema. Paula Andrea se quedó allí, tratando de convencerlos de que ella no estaba acostumbrada a robar e implorando clemencia. Les habló de sus hijos, les dijo que había sido un caso de extrema necesidad y les ofreció asear el almacén u organizar la bodega a cambio del perdón.

No hubo poder humano que los convenciera. La Policía llegó en cuestión de minutos y Paula Andrea tuvo que resignarse a lucir su pinta elegante frente a las decenas de compradores que la vieron salir del almacén esposada, rumbo a la estación de San Fernando. Fue allí, mientras se limpiaba las lágrimas ennegrecidas por el maquillaje, cuando cayó en cuenta de que era martes 13. Tanto lloró aquel día que partió su vida en dos, que los detenidos que al comienzo la molestaban y le decían "tan bonita y robando" y la miraban de arriba abajo con obscenidad, terminaron consolándola. "No llore, paisita, que no fue tan grave. Fijo se va rapidito", le aseguraban. Pero después de tres noches en las que durmió "arrimada" en la colchoneta de dos señoras mayores acusadas de traficar droga, Paula Andrea fue trasladada a la cárcel de El Buen Pastor.

Tres meses después fue condenada a 19 meses de prisión, de los cuales apenas ha cumplido siete. Con la esperanza de que le rebajen la condena o le den la casa por cárcel, participa en cuanta actividad cultural organizan en el penal: estudia, pinta, lee. Hace unas semanas sacó de la biblioteca Almas gemelas, de Brian Weiss, y lo devoró. Actúa en obras de teatro que montan con mensajes para prevenir la drogadicción... aunque muchas de las reclusas la tilden de lambona: las que no la quieren, porque ella es consciente de que no es "monedita de oro". La mayoría, sin embargo, la aprecia. Tanto así que el mes pasado la animaron para que se inscribiera en el reinado que cada año organizan en la penitenciaria. Sus compañeras —entre las cuales se encuentra una amiga que se crió con ella y a la que considera como una hermana, y que está allí porque la pillaron fumando marihuana por la calle— la ayudaron con las pancartas y los disfraces, y le consiguieron un vestido tan elegante como el que llevaba aquel martes 13 de su desgracia.

Paula Andrea fue elegida primero como candidata del pabellón tres y más tarde como Reina de la Simpatía de El Buen Pastor. Gracias a su nominación pudo salir durante unas semanas del tedio en el que vive: se puso en forma en el gimnasio de la cárcel y tomó clases de pasarela y de glamour. Le enseñaron a usar los cubiertos de manera correcta, a subirse a un carro, a sentarse cuando lleva falda... El reinado le permitió ocupar el tiempo y olvidarse por unos días de esa depresión que la ataca con frecuencia.

Ahora es una de las internas más populares y no faltan las compañeras que le echan piropos y le hacen propuestas. Pero, aunque algunas de las amigas que ha conseguido desde que está presa le dicen que el amor entre iguales es más puro, ella sigue añorando a ese novio que la invitaba de vez en cuando a pasar la noche en alguno de los hoteles de la avenida Primero de Mayo. Un novio que trabaja en la construcción y al que hace poco trasladaron para Villavicencio, y del que teme que, como en la canción, todo se acabe y todo se olvide. De hecho, hace rato no va a visitarla. Solo alcanzó a estar con él en dos visitas conyugales. "¿Qué tal esta abstinencia?", se queja entre risas. Y dice que va a conseguir un muñeco inflable al que llamará Acranrayán.

Extraña a ese hombre que le devolvió la fe en el amor. Claro que lo extraña. Pero no tanto como a Angie, a David y a Ánderson Yaced, que ahora viven con la abuela y a quienes solo han llevado una vez a visitarla. Por ellos sufre desde el encierro mucho más de lo que antes sufría por darles de comer o poderles comprar un lápiz o un cuaderno. Sabe que haber sido madre tan joven hizo que su vida fuera más difícil. Pero no se arrepiente de haberlos tenido: solo se arrepiente del padre que les dio. Ellos son casi todo en su vida. Al fin y al cabo fue por garantizarles un techo que decidió robar aquel martes de marzo, antes de caer en cuenta de que era martes 13.

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