Recuerdo que las muchachas de antes, las bajitas, digo, solían consolarse, o vanagloriarse, diciendo que los perfumes finos vienen en envase chiquito. Y recuerdo que las manos pequeñas y los pies pequeños, como los de las chinas, y los labios pequeños, breves, decían los poetas relamidos, se tenían por los más hermosos y apetecibles. Las mujeres colombianas eran entonces por norma, antes de que llegaran los Korn Flakes y de que abrieran los primeros gimnasios, pequeñas, graciosamente sea dicho, de reducidas proporciones. Las bravas y las tiernas. Las sumisas y las tiranas. Todas. Las grandes eran escasas, y cuando comenzaba a crecer una en alguna familia, solía decirse que parecía sembrada en boñiga, lo cual siempre me pareció a mí de mal gusto. Pero entonces no existían los fertilizantes de Monsanto.

Por mi parte no he sido muy remilgado con las mujeres. Y me gustan todas, como dice el foxtrot. Tuve la suerte de ser muy amado, o eso decían ellas cuando estaban de buenas pulgas, por algunas diminutas damas, diminutísimas algunas, incluso. Algunas llevaban donde suelen llevarse por costumbre unos pequeños senos de acuerdo con las proporciones de lo demás. Otras, unas tetas de las llamadas beneméritas, tan beneméritas como las ahuyamas, que las normas de la taxonomía obligaban a catalogar en el renglón de las mozcorras.

Los poetas han cantado a veces las mujeres grandes, Baudelaire imaginó una giganta a cuyos pies hubiera querido vivir como junto a una reina un gato voluptuoso, y cantó una judía calva, y se cantaron las gordas, en los de los tiempos de la famosa Margot que admiró Villón, y aún las flacas, según me parece recordar que se hace en una canción de Juan Manuel Serrat, sobre una que no necesitaba bañarse en agua bendita. Pero que yo recuerde, fue Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita, un poeta español del siglo XIV, de antes de la Contrarreforma, cuando los hombres de iglesia eran más complacientes con los placeres de la carne y combinaban en sus obras los llamados de amor a sus vecinas con los loores a Santísima Virgen, sin molestar a nadie.

Don Juan, que ahora es tan difícil de leer, a quien casi nadie lee fuera del círculo de algunos ociosos como yo, porque la ortografía ha cambiado y la sintaxis y aún las acepciones de algunas palabras que lograron sobrevivir hasta nuestros días, escribió un poema que tituló o le titularon “de las propiedades que las dueñas chicas han”, donde en cierto modo compara las mujeres pequeñas con los pequeños sermones, que son, dice, los que mejor se hincan en el corazón.

Tiene, dice el poeta, para empezar, la dueña chica, amor grande y no poco. Y dice que quien cambia una grande por una chica, non se rrepiente del troco. Es decir, no se arrepiente del cambio o trueque. Porque, agrega, que aunque son frías como la nieve, arden mucho más que el fuego. Y dan solaz en la cama, y en la casa son cuerdas y donosas, dice el poeta. Y bienfacientes. Eso de bienfacientes me encanta.

En pequeña girgonça yase grand rresplandor, dice el viejo poeta de Alcalá de Henares. Donde girgonça no debe tener nada que ver con jeringonza, supongo yo. Y dice que en poca azúcar yace mucho dulzor. Y sigue diciendo lleno de entusiasmo: que es pequeño el grano de la buena pimienta, pero mejor que la nuez calienta, donde, donde dice nuez, ha de leerse coco. Y en rosa chica hay más color. Y en rubí pequeño hay mucha más bondad, color, virtud y precio, nobleza y claridad. Chicos son la calandria y el ruiseñor, dice el poeta, pero más dulce cantan que otra ave mayor. La mujer, por ser chica, por eso non es pior, continúa, y remata, que con doñeo es más dulce, que azúcar ni flor.

El guacamayo es pequeño, pero es buen gritador, sigue diciendo don Juan Ruiz, con un verso de aparente relleno, porque parece un halago imposible en nuestros días, para elogiar la voz de las mujeres, recordar el alarido de ese pajarraco multicolor, tan desagradable al oído moderno, aunque es capaz de soportar el reguetón y los vallenatos de Pedestre Dangond.

El papagayo malamente contrasta con los versos que anticipan el fin de su inmortal poema, inmortal hasta hoy que nosotros lo estamos releyendo, donde llama en la penúltima cuarteta a la mujer pequeña “sin comparación” y “terrenal paraíso y consolación, y solaz, alegría, placer y bendición”, antes de venirse con esta enigmática frase, mijor es en la prueba qu en la salutación. Y antes de la última estrofa en versos católicos, largos y penumbrosos, que ofrezco a los lectores de SoHo en la ortografía original para acabar de embromarles la vida, tan difícil ya sin eso. Aquí están.



Ssyempre quis´ muger chica, más que grand´ni mayor:

¡non es desaguisado de gran mal ser foydor!

Del mal, tomar lo menos: díselo el sabidor:

¡por end´de las mujeres la menor es mijor!

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