Es cierto que mi esposo es pequeño, como yo, pero tanto mis papás como mis tres hermanos miden más de 1,60. Además, mi hijo de 5 años, Jimmy, está a punto de alcanzar el metro de altura, en cualquier momento me pasa.

Sufro de una condición llamada acondroplasia, una de las causas más comunes del enanismo. Por lo general es hereditaria, pero en mi caso se produjo porque la glándula tiroides no se desarrolló bien. Por eso tengo un aspecto que a muchos les parece curioso: con los huesos cortos y la cabeza y las extremidades un poco más grandes.

Solo hasta los 6 años se sabe que uno va a ser pequeñito para siempre. A mí me lo detectaron a los 8, pero se veía venir. Las facciones delatan la condición, por eso sé que mi hijo va a ser alto (digo alto, no normal, porque yo también soy normal).

Yo paré de crecer como a los 13, cuando me desarrollé. Y entonces mi hermano, cinco años menor, me pasó. De ahí en adelante no hay terapias que valgan. Los médicos y tus padres simplemente te preparan para la vida: “Tú vas a ser así, sé feliz”, te dicen. Puede que existan tratamientos, sí, ¿pero para qué?, ¿para crecer un poquito más? No me interesa. Lo importante es que no he tenido problemas de salud: todo ha sido normal en mi vida, hasta mi embarazo; tal vez lo único diferente fue que, después del quinto mes, dejé de salir de la casa porque me pesaba mucho la barriga.

A los 42 años, ya no me importa que me digan “pequeña” o “enanita”, con diminutivo. Tampoco que me miren en la calle. Soy feliz. Es más, me gusta llamar la atención. Hay personas que me admiran, a algunos les dan ganas de ser mis amigos y otros quieren tomarme fotos. Lo que sí me molesta es la palabra “enana”, me suena a ofensa, como una bofetada.

Mi esposo se llama Hugo y mide exactamente lo mismo que yo. La primera vez que lo vi fue hace 13 años en la plaza de toros La Santamaría, en un espectáculo de los enanitos toreros. Él trabajaba con ellos y a mí me invitaron a su presentación. Un tiempo después, me llamaron para trabajar en sus shows y ahí nació el amor. Yo servía de extra durante las parodias (de Los Pitufos, por decir algo), pero no toreaba.

Lo de conseguir novio siendo pequeña no es tan difícil. Bueno, es verdad que algunos hombres lo miran a uno como si fuera una charrera, que en primaria no falta el que molesta, y que en la adolescencia los niños prefieren bailar con las demás. Pero uno crece (en edad, claro) y todo cambia: a los 18 años tuve mi primer novio, que medía 1,70; luego estuve seis años con un hombre de 1,65. Los dos me hacían sentir bien, no les daba pena andar conmigo, se sentían orgullosos.

Claro que no voy a decir que todo es fácil. Hay temas complicados del diario vivir, como coger bus: no puedo subirme fácilmente: me toca poner primero una rodilla sobre el escalón y ahí sí impulsarme con la otra pierna hasta quedar arriba. Después viene la agarrada, porque no alcanzo a cogerme del tubo, y no siempre me ceden una silla… porque sillas hay, lo que no hay es caballeros.

Otro tema es el de la ropa. Jeans, por ejemplo, no conseguimos, pues tenemos cadera de adulto, entonces nos toca comprarlos grandes y cortarles casi la mitad del largo. Los zapatos también son un rollo: yo calzo 32, pero casi nunca consigo una talla menor a 34, así que me toca rebuscar en las tiendas. Hay quien piensa que debería ir a almacenes de niños, pero tampoco funcionaría: las camisas no me cierran, los pantalones no me quedan y los zapatos no me entran, pues nosotros tenemos el empeine ancho.

Soy ama de casa y en mi hogar no tengo dificultades. Como nosotros compramos una casita desde ceros, hablamos con el constructor para que nos adecuara todo y no tener líos: el lavaplatos, el lavamanos es bajito y también la estufa, el mesón de la cocina y las manijas de la ducha. Por si acaso, tengo una sillita de ayuda.

Hoy estoy convencida de que tengo una familia muy bonita, yo me siento muy bonita y la felicidad no me cabe en el cuerpo (no me cabría así midiera el doble). Y, si se están preguntando qué voy a ser cuando grande, la respuesta es que no sé todavía.

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