Por su naturaleza misteriosa que sangra con las lunas, porque al nacer traen incorporados todos los hijos posibles en sus entrañas y porque nunca se dejan entender por completo y son capaces de llorar sin ganas, todas valen para el sabio tanto como un milagro. Pero como de sabio no tengo un pelo, prefiero las bellas, las mujeres hermosas y aun las simplemente bonitas. Aun las cómicas le sirven a mi corazón dado al desaliño sentimental y a las aventuras candorosas del amor. Las púberes que se ríen por todo y fingen que las asombras, lo mismo que aquellas que ya talló la pata de gallina, ese cincelado que habla de mínimas conquistas, grandes concesiones, tristezas pasadas de maduras y melancolías curadas y a veces impostadas, todas me enternecen. Sin distingos de color, estatura, edad o extracción social. Sin embargo, prefiero las gorditas. De hombros redondos y caras de luna llena, labios golosos y pequeñas manos acariciadoras. Por sobre las anoréxicas, tan bellas vestidas, y que desnudas, más que pasión, inspiran una inmensa lástima, con los pálidos costillares de las arpas, en cuyo vientre escuálido a veces guiña un ombligo inflamado como un sol muerto y cuyas mamitas mustias recuerdan los estériles copos de la nieve. Plagadas de terrores incógnitos e incapaces de darse el lujo de la risa, y de captar el lado perverso de la vida que suele ser también el lado grueso. La capacidad para ironizar es una manifestación de la independencia de espíritu. Pero, ¿tienen espíritu las mujeres? Los antiguos pensaron que no. Y en la modernidad, Otto Weininger, el pensador alemán, suponía que el deber del varón es precisamente dotar de un alma a la hembra y que este es ni más ni menos nuestro deber en el mundo, no conquistar naciones ni fundar imperios ni jugar bolos ni buscar infartos en los estadios. Pero dejemos estas peligrosas teologías. El alemán acabó por pegarse un tiro antes de los 30 años. Y de cualquier modo, el espíritu es un estorbo metafísico inventado por los sacerdotes cuando arrebataron el monopolio de los misterios a las brujas yerbateras en los umbrales de la historia.

Los hombres somos obvios aun cuando se nos adorna con atribuciones sagradas. Nos gustan demasiado la fanfarronería en los afectos, los discursos torcidos a punta de bordar palabras en tramas de mentiras. La crónica de la mujer es mucho más interesante que los anales de nuestra inclinación inveterada a las competencias por el honor, a los tumultos de la guerra y a la invención de artilugios que amenazan la vida al tiempo que la hacen más agradable y fácil.

En compensación, la humanidad les concede a los más revoltosos de los varones el incómodo privilegio de una estatua en algún patio, para que sirva de mingitorio a los borrachos perdidos, de punto de referencia para las citas de los soldados y sus novias y de estación a las aves menores y para que los académicos ofrenden coronas de laureles de año en año, lo cual evita que se sientan inútiles del todo.

Entre la Venus de Willendorf que tallaron nuestros bisabuelos en los huesos de nuestros tatarabuelos, nalgatorios globulares y tetas opulentas de las llamadas beneméritas, y entre aquellas Venus calipigias de los helenos que dejaban a la vista nalgas y muslos llenos, y las hembras de los artistas plásticos del neoclasicismo, de vientres arrogantes y bien formados, jugosos y calientes, y las pesadas señoras de Rubens, apologista de la celulitis, cuya tristeza significa que habrían podido ser un tris más adiposas, y en fin, desde las del misógino Schopenhauer que las pedía de pelvis en bandeja y con ubres prometedoras de sus aptitudes para la maternidad, hasta las pálidas putas voluminosas de Fernando Botero de antebrazos ajamonados y las hembras que pintó Lucien Freud en los noventa y las de Picasso que solo se encuentran en los anfiteatros, la imagen de la mujer ha sufrido extrañas transformaciones a lo largo de la historia humana.

Hubo un tiempo de corpiños de barbas de ballena cuando se parecían a las violas. Hubo tiempos de mujeres espléndidas como las que honraron las pajas de los adolescentes de mi generación, de proas agresivas, exuberantes muchachas sacadas de las masas anónimas hacia las marquesinas de los cinematógrafos, norteamericanas, italianas, francesas y mexicanas como Silvia Pinal, que las tenía como las tenía de la talla de las ahuyamas de Tuta. Todas usaban los mismos suéteres ajustados y felices de aguantar las embestidas de los pezones y llenaban las pantallas de formas llenas, alegres, besables, codiciadas, en las cuales los hombres en crecimiento imaginábamos que estaban puestas todas las recompensas de la vida.

Más tarde, la humanidad en su desarrollo superó la etapa oral, la ilusión de que un par de tetas solucionaba los problemas existenciales y la atención se centró en los traseros más de acuerdo con el carácter anal imperante. Y el siglo XX estableció el nuevo culto del culo. Para cuya exaltación, los modistos impusieron los bluyines, antiguas prendas de minero, y los pantalones de piel que los ofrecían redondos y claros en su curva pitagórica, expresión de digestiones perfectas. De apariencia salutífera. Pero así como es imposible describir con palabras una sonata, al hablar de mujeres una imagen vale más que mil palabras.

Pero todo culminó en la plaga de la anorexia, en el ideal trágico de la muchacha-gancho-de-ropa, envanecida de la horizontal de los trapecios y del rictus de hambre. En la prosperidad capitalista de las grandes ciudades modernas, conseguida al cabo de tantos esfuerzos y sudorosos desórdenes, algunas mujeres optaron por el ayuno perpetuo. Y uno pregunta inevitablemente qué se hizo la gorda Margot de los poetas de la Francia de Villon y de los monjes disolutos y los giróvagos del primer milenio, que comía sin remordimientos, feliz en la inconsciencia de sus dimensiones generosas, confiable y alegre. Shakespeare aconsejaba a los príncipes rodearse de gordos. Yo aconsejo rodearse de gordas.

La conciencia de la belleza la desmiente la ufanía, la reduce a vanidad. La gorda es bella cuando se olvida a sí misma y acepta su plácida exuberancia. Entonces, vence a las flacas, incapaces de emociones auténticas hacia los demás, demasiado preocupadas por enflaquecer. Ojalá el culto de la flaca sea una moda pasajera. Como lo fueron en el siglo XIX las cloróticas, cuando la tuberculosis embelleció a las heroínas de las novelas, el aire enfermizo pasó por un rasgo de espiritualidad. Entonces, cuando no bastaban los sufrimientos imaginarios, las mujeres acudían a los polvos de arroz para atraer a los aficionados a lo lánguido. La locura de la posmodernidad hizo de la exhibición de la desnutrición un valor. Los puros huesos que tapizan los cementerios. Así como prefiere el ruido a la música. Un amigo mío pensaba que las mujeres descarnadas, insustanciales, desgrasadas y deslactosadas eran la venganza de la envidia de los modistos gay. Otros piensan que fue en la reaccionaria era Reagan cuando comenzaron a ponerse de moda los rotos en los trajes y el neoliberalismo, que es la idolatría del libro de contabilidad y las muchachas descarnadas, en un inesperado, anacrónico retorno del puritanismo rastrero. Negador de la felicidad y la vida.

Yo espero el día que la carne vuelva a confiar en sí misma y que vuelvan a ser de buen gusto las proas abundantes y las retaguardias retadoras que hacen gemir los sillones y marcan los colchones con su peso admirable, los muslos poderosos un poco flácidos, lo muelle. La humanidad pretende haberse liberado del sentimiento de culpa teológico. Pero sigue negando la carne. Torturándola. En la anoréxica consagrada a los tormentos de sanitario y disminuida por las dietas feroces que nos privan de los culos de antes que se quedaban hablando bien de sus dueñas cuando estas nos volvían la espalda. Ay, la carne es triste, lamentaba uno de los padres de la poesía moderna, el matemático Mallarmé. Pero es más triste el hueso, sin duda. Y es preferible que sobre. Y no que falte.

PROHÍBESE EL EXPENDIO DE BEBIDAS EMBRIAGANTES A MENORES DE EDAD, EL EXCESO DE ALCOHOL ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD.