Durante el Mundial de Francia 98 viví momentos muy felices con la selección de Rumania. Nuestro entrenador Anghel Iordanescu era muy creativo a la hora de motivarnos, por eso días antes del debut nos reunió a todos para decirnos que no nos veía bien y que no íbamos a sumar los seis puntos en los dos primeros partidos ante Colombia e Inglaterra. Ese comentario nos dolió mucho y para contrarrestarlo le propuse, en nombre de mis compañeros, una apuesta: si ganábamos los dos juegos, nosotros nos teñiríamos el pelo de amarillo pero siempre y cuando él se comprometiera a raparse la cabeza. Anghel aceptó de inmediato.

Aunque parezca poco creíble, esa apuesta fue un gran aliciente para todo el grupo, tanto que encaramos el partido contra Colombia como una verdadera final. El gol de Adrian Illie marcó una diferencia que fue exigua; Rumania mereció más. Los días previos al segundo juego fueron una declarada guerra de amenazas entre jugadores y entrenador. "Nunca podrán derrotar a los ingleses", comentaba Iordanescu. Nosotros nos lo imaginábamos totalmente calvo y eso era la diversión de todos en la concentración. Conclusión, vencimos a Inglaterra 2 a 1 y Rumania sumó los seis puntos. Como en la vida hay que tener palabra y cuando se lanza una apuesta hay que cumplirla, eso fue lo que hicimos.

Con mi compañero Dan Petrescu contactamos a un peluquero vía telefónica para que se acercara a la concentración del equipo. El problema fue que la gerencia del hotel no permitía que nos pintaran el pelo en las habitaciones por cuestiones de aseo, por lo que tuvimos que sentarnos todos en el jardín. Fueron cinco horas de un trabajo delicado y perfecto. Aún recuerdo cómo nos divertimos entre todos mientras observábamos el paulatino cambio que sufrían nuestras cabezas. Por supuesto que hubo algunos que se negaban a tinturarse, como Lacatus y Dumitrescu, pero finalmente comprendieron que no era correcto evadir la responsabilidad porque la fortaleza de ese equipo rumano fue siempre la unión, incluso ante esa situación tan incómoda.

La que no creía lo que había hecho su padre era Kira, mi hija, quien me acompañó en ese Mundial, ella me miraba con extrañeza y algo de temor. En cambio los jugadores de Túnez, a quienes enfrentamos en el tercer turno, se reían a cara descubierta de los diez rubios que tenían como rivales… Digo diez porque Stelea, nuestro arquero, era calvo.

Ahhh, no debo olvidarme de la actitud que tomó Iordanescu. Realmente se sentía avergonzado de tener que quitarse todo su pelo a la fuerza. Por eso, a pesar de las numerosas ofertas recibidas, no permitió de ninguna manera que alguno de sus dirigidos se encargara de raparle la cabeza. Él prefirió pagar la apuesta en la soledad de su habitación, con una máquina, resignado y en silencio.

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