Yo vivía en Ituango, Antioquia, con mi papá. La vida trabajadora: cultivaba maicito, fríjol y sacaba leche. Eran días en que me contrataban por jornal y me pagaban 15.000 pesos el día. Nos habían llamado a dos muchachos y a mí para limpiar un potrero en una vereda. Para el desayuno yo les llevé a mis compañeros un Frutiño de sorpresa. Cerca de donde estábamos había una fuentecita y me fui para allá a ponerle agua al jugo. Al regresar me paré en una mina. Estaba enterrada en la trocha. Nosotros transitábamos con frecuencia por ahí, pero nunca había pasado nada. 

 
Yo apenas sentí como que me habían sacudido y empujado muy duro. Quedé consciente pero no entendía qué estaba pasando. Uno no tiene tiempo de nada. Los compañeros estaban a unos cien metros y me socorrieron. Me sacaron a una carretera y de ahí me llevaron en un carro hacia La Granja, que es un corregimiento de Ituango. El viaje se demoró 45 minutos, pero a la media hora del accidente yo empecé a sentir un dolor tremendo en las piernas. En las dos, pero no miraba porque estaba como ido, consciente pero no sabía qué me había pasado. Tenía la camisa llena de sangre y oía que la gente hablaba y gritaba, pero yo no entendía nada de nada. La Cruz Roja Internacional me llevó a una estación militar, de donde me recogió un helicóptero del ejército que me llevó a la Clínica León XIII de Medellín. 
 
Apenas llegamos me pusieron droga y se me pasó el dolor. Me entraron a cirugía muy rápido, creo que todo esto fue el mismo día, pero ya en la clínica me dormía a ratos entonces no estoy seguro. Cuando me desperté estaba mi hermanita al lado mío. Después, un doctor vino a decirme que había pisado una mina y había perdido una pierna. Que la mina también me había fracturado la tibia y el peroné de la pierna izquierda. A mí me dio muy duro. Es una parte del cuerpo que nunca voy a tener ni a volver a ver. Pero Dios me ha dado todo el valor de echar para adelante y de saber que así haya perdido una pierna, de la cintura para arriba lo más importante es tener la mente abierta y saber que uno puede seguir viviendo.
 
En la León XIII estuve 33 días. Mi hermanita iba cuando podía, porque ella también trabaja. Todos los días me hacían curaciones en las heridas, que me dolían mucho porque no me ponían anestesia. Me lavaban la herida con jabón, me ponían un polvo y me cambiaban la venda. Las enfermeras eran muy queridas y me consentían, pero el dolor era horrible. Estuve muy solo esos días, apenas iban los militares y las enfermeras a hacer la curación.
 
Fueron varios a hacerme preguntas sobre mí y sobre mi familia. Ellos estaban averiguando si yo era guerrillero o paramilitar, porque por allá en Ituango hay de todo. Me ponía muy nervioso con esas entrevistas, porque yo soy del campo y nunca me he metido en nada raro. Me hicieron muchos interrogatorios, pero ya después no volvieron.
 
En esos 33 días alcanzaron a hacerme otra operación en la pierna ‘buena’, aunque nunca me va a quedar buena del todo, porque se afectó mucho, pero tenían que fortalecerla para ayudarle a la prótesis. Las curaciones pararon y cuando me recuperé de la operación me dieron la salida.
 
Me fui para la casa de mi hermanita, en Bello, que es cerca de Medellín. Ahí la pasé muy aburrido, porque estaba solo todo el día. Me ponía a oír radio o prendía la televisión para no pensar en nada. Me entretenía oyendo música, pero a veces me entraba como la tristeza por mi papá allá solo en la tierrita, me hacía falta sembrar, caminar por allá y extrañaba también ordeñar. La pierna me dolía a veces, y también es verdad eso de que las extremidades que le faltan a uno le pican, le rascan y le duelen. A mí me pasaba eso con la pierna derecha, que la sentía y me dolía, pero no la tenía. También era muy difícil moverse por la casa porque yo en esa época andaba en silla de ruedas. 
 
En la clínica conocí a una abogada que se llama Juliana Martínez; ella trabajaba con la Alcaldía de Medellín en un programa de apoyo a víctimas del conflicto. Me ayudó a gestionar la ayuda con el Cirec, que es el Centro Integral de Rehabilitación de Colombia. Esos días donde mi hermana veíamos a veces papeles para la compensación o diligencias necesarias para poder hacer rehabilitación en el Cirec, que queda en Bogotá. El gobierno le da a una víctima hasta 24 millones de pesos, pero hay que hacer mucha vuelta y uno en ese estado a veces no puede. Es difícil, porque los reclamos tienen un tiempo y después se vencen. 
 
Ahora estoy en el Cirec. A los tres meses del accidente apenas estaba empezando la rehabilitación en serio. Hago terapia física en barras y en piscina, pesas y ejercicios con la pierna buena, para fortalecerla. Acá me han ayudado también con la prótesis. Me he probado tres, las ensayo unos días de diferentes maneras y la última que me pusieron, que es como de plástico durísimo, me acomodó bien. Ahí entendí todas las curaciones y cuidados que me hicieron en la León XIII, porque el muñón tiene que quedar sanito para que la prótesis encaje perfecto. Es como otra pierna. Ahora, más de tres meses después del accidente, estoy en muletas, pero con la prótesis voy a poder caminar otra vez sin ayuda. 
 
En el Cirec también nos capacitan en labores que nos pueden servir más adelante, cuando estemos rehabilitados. A mí me gustaría poner una casetica de dulces y cigarrillos. Creo que la pondría acá en Bogotá, porque hay más gente. Pero me da tristeza porque no he vuelto a Ituango, y creo que en estas condiciones no voy a poder volver a trabajar la tierra.

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