Salí de La Habana con 20 grados, temperatura benigna en una temporada ‘invernal‘ azotada por los vientos fríos del norte. Al llegar a Madrid, la temperatura oscilaba entre 10 y 5 grados centígrados. El viaje en tren de Madrid a París me iba envolviendo en una progresiva capa de frío. Me dirigía a Estocolmo. Entre París y Copenhague, el paisaje que divisaba desde la ventanilla era ya el paisaje invernal de las tarjetas postales: arbustos coronados de nieve, techos cubiertos por una densa capa blanca, niños de gorro, bufanda y abrigo arrojándose bolas de nieve.
Cuando tomé el ferry de Copenhague a Malmö, sentí que penetraba en un irreparable territorio de oscuridad, donde la luz es apenas un asomo pasajero del día. El norte de Europa es la noche; el sur, el resplandor del día. Evocaba mi primer viaje de un mes a Moscú, Riga, Praga y Berlín, donde descubrí la nieve y la melancolía del frío.
Llegué a Estocolmo el 24 de diciembre. El termómetro marcaba 10 grados bajo cero. Me intrigaba saber cómo celebraban los nórdicos la Navidad, que en mi memoria era la fiesta del regocijo infantil, el pesebre de musgo, los animalitos hechos con el precario ingenio de la artesanía, las panderetas confeccionadas con tapas de cerveza, los villancicos cantados desde el 15 de diciembre, la música de fondo de paseos y porros que evocaban el nacimiento del Niño.
Estocolmo era al mediodía una ciudad a oscuras. Ya me lo había advertido Eva Sonsjö, mi compañera sueca de entonces:
-Vienes de La Habana, que es la apoteosis de la luz; te diriges a Suecia, donde la luz es apenas un milagro. Acostúmbrate a la oscuridad más que al frío, pues las casas tienen la calefacción tan alta, que obliga en las noches a entreabrir las ventanas.
La cena de Navidad en Estocolmo llenaba la mesa de arenques, pavo rustido, carnes frías y panes de todas las clases. Afuera, la nieve caía con tediosa monotonía, como en las películas que había visto de niño. En la sala, el enorme árbol de Navidad, la figura de Santa Claus, el rojo y verde de los adornos. ¿Por qué no se cantaban villancicos?
Antes de la medianoche estábamos sentados en la sala y frente al televisor. Fue cuando apareció en el rectángulo hipnótico una bella joven vestida de blanco, de blanco desde los pies hasta el cuello vestida, figura inmaculada de rostro virginal, primero inmóvil, después meciéndose con la cadencia de Santa Lucía. Pensé, absorto en las imágenes, en el símbolo de la pureza, en esa perfecta belleza blanca que empezaba a hablarme de algo distinto a lo conocido. La transición de Santa Lucía a los Beatles me desconcertó en un comienzo. Mi desconcierto fue mayor cuando la música dejó de ser el suave canto entonado por los chicos de Liverpool y pasó a ser la interpretación orquestal de una melodía que evocaba más a Marilyn Monroe que a la Virgen María.
Entonces, aquella adolescente belleza blanca, de túnica blanca y piel como de polvos de arroz cuidadosamente aplicados en manos, rostro y cuello, aligeró los movimientos de su cuerpo, dio la espalda a los televidentes y, con parsimonia y elegancia, empezó a bajar la cremallera del vestido. ¿Una herejía? ¿Un despropósito? En segundos apareció una espalda desnuda, prolongada hasta el nacimiento de las nalgas. Cuando traté de obtener una respuesta con la mirada dirigida a mi amiga, encontré su delicada sonrisa.
La blanca belleza adolescente hizo un leve movimiento de hombros y el vestido, que parecía túnica, cayó a sus pies, revelando la desnudez que el haz de luz convertía en protagonista. Giró el cuerpo y contemplamos la sobria perfección de sus senos, el vientre firme y liso, apenas "una hipótesis de barriguita", como en el poema de Vinicius de Moraes, el Monte de Venus de transparencia casi dorada, las caderas de andrógino, los largos muslos, todo meciéndose al ritmo de la melodía que en ningún momento dejé de asociar con los espectáculos de strip tease. Ya no se escuchaba Santa Lucía. La belleza nórdica, de largos cabellos rubios, se movía ahora con el frenesí de un rock. De su esbelta silueta vestida no quedaba más que la inmaculada túnica de seda, arrugada a sus pies.
Estas fueron las desconcertantes imágenes que presencié el día de Navidad de 1970. Pasaron los días. Sólo cuando fui invitado al sauna familiar, que siempre es mixto, que obliga a salir de la asfixia del vapor a revolcarse y a masajearse desnudos en las montañas de nieve del patio casero, comprendí que en este pueblo de antiguos bárbaros, la desnudez es el amable rito de una civilización que celebra como rito pagano la llegada del Niño Jesús. No había presenciado una herejía ni asistido al despropósito de celebrar la noche de Navidad con una joven modelo desnuda. Todavía hoy me pregunto si la desnudez no es, acaso, el estado más puro de la religiosidad. Jesús, desnudo en un establo de Belén; una adolescente sueca desnudándose hasta la pureza en el rectángulo del televisor.

Batallas en el Monte de Venus
Oscar Collazos
Editorial Planeta
El ganador del premio Simón Bolívar por su columna de opinión Bebo luego vivo, se convirtió en mujer para escribir su última novela (antes iba a tener el todavía más sugestivo título de El coño de oro). No había otra forma para explorar el mundo de Virginia y Verónica, madre e hija, que realizar la difícil tarea de pensar como ellas. Collazos salió vivo del tremendo desafío que se impuso y aun así declara no conocer a las mujeres, solo intuirlas.

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