Había una vez un niño de 5 años que tenía una hermana mayor a la que amaba con todo su corazón. Él quería imitarla en todo: comer lo mismo, jugar sus mismos juegos y utilizar la ropa que ya no le quedaba a ella. Con orgullo se ponía las faldas y los vestidos coloridos que le heredaba. Pero como esto no es un cuento de hadas, pronto chocó con la realidad y fue ridiculizado no solo por niños de su edad sino también por adultos.

Ese niño es mi hijo, y yo, un tipo común que tiene los mismos problemas que todo el mundo. Supe que tenía que hacer algo extraordinario cuando me pidió ayuda: “Papá, todas las personas se están burlando de mí porque me gusta ponerme faldas y vestidos de vez en cuando, ¿tengo algo de malo?”. Se lo pinté como era: algunas cosas en este mundo pueden estar al revés, pero definitivamente él no tenía absolutamente nada malo. Luego me preguntó si yo podía acompañarlo y usar una falda en la mitad de la calle para que la gente viera que ponerse este tipo de ropa era normal.

Pensé en eso por un momento: ¿cómo puedo enseñarle a mi hijo valores éticos como la tolerancia, la justicia y la humanidad si me echo para atrás con algo así? ¿De verdad quiero ser el tipo de papá que habla de las cosas importantes de la vida sin ser capaz de dar la pelea? No podía. Era una decisión muy complicada de tomar, pues nos acabábamos de mudar de la liberal Berlín a una pequeña ciudad en el sur de Alemania. Si de verdad me iba a poner una falda por mi hijo, la gente me podría reconocer, me identificaría fácilmente y podría hacerle pasar a él un rato aún peor. Todo podría irse en contra de nosotros, especialmente de él. Pero la decisión estaba tomada: de las consecuencias nos ocuparíamos más adelante.

En realidad no tuvimos que atravesar tantos obstáculos. Ese día, una señora se chocó contra un semáforo porque no podía dejar de mirarnos, y mi hijo estalló de la risa. Además, algunas personas hicieron comentarios irónicos, como: “¡Deben sentirse muy cómodos!”. Yo los tomaba muy en serio y les respondía: “Deberían intentarlo ustedes mismos”. Algunos niños me preguntaron por qué tenía una falda puesta, y yo les dije con una sonrisa: “Es el día de las faldas y los vestidos, ¿no sabían?”. No había por qué dar más explicaciones.

Funcionó. Todas esas personas me estaban hablando, todos los ojos estaban puestos sobre mí, mientras mi hijo caminaba sin que lo molestaran. Soy un adulto, puedo tolerar las miradas extrañas y los reclamos hostiles. Cualquier persona es libre de cuestionar mis decisiones, pero nadie debería tomarse el derecho de juzgar a un niño de 5 años por su manera de vestir.

Los dos quedamos satisfechos con el resultado, y la experiencia se quedó en mi mente por varios días. Por eso decidí escribir un artículo sobre el acontecimiento —mi trabajo es escribir, a eso me dedico—, y se lo ofrecí a la famosa revista feminista alemana Emma, que decidió publicarla. “Tómense una foto la próxima vez que salgan juntos a la calle con una falda puesta y nos la mandan”, me dijeron. Y pensé: bueno, por qué no.

“Voy a tomarla sin que se vea tu cara”, me dijo mi novia. Resulta que tenía toda la razón, pues unos días después la historia se hizo viral y apareció por todo internet. Resulta que a alguien se le había ocurrido traducir el texto y, de repente, todo el mundo estaba intentando obtener una declaración, una entrevista, una nueva foto, cualquier cosa. Yo no podía creerlo, mucha gente estaba apoyando lo que había hecho, mientras otros solo tenían cosas malas para decir: “Tu hijo podría terminar siendo gay, o tal vez tú eres homosexual en secreto y quieres expresarlo a través de tu hijo, o simplemente quieres hacer un truco publicitario a costa de él”. Como si ser gay tuviera algo de malo. Como si querer, cuidar y abrazar a una persona del mismo sexo no fuera el mismo tipo de milagro que ocurre entre dos personas de sexos opuestos. Como si nos sintiéramos obligados a alienar cualquier forma de amar; si la gente pudiera mirar más de cerca al mundo, podría darse cuenta de que esto, en realidad, es lo último que deberíamos hacer.

Ya han pasado dos años desde la primera vez que salimos juntos en falda, y aunque lo he hecho en repetidas ocasiones por petición de él, después de varios días de vestidos dejó de necesitar mi apoyo. Ahora tiene 7 años y usa faldas de vez en cuando para ir al colegio (se las puso en su primera semana y durante el verano), pero la presión social empeora cada día. No puede importarme menos si resulta ser homosexual o heterosexual. Como padre, no tengo ni el deseo ni el derecho de interferir con su identidad. Pero sí me siento obligado a convertir este mundo en un lugar mejor, al menos un poco. Y todo lo que tuve que hacer para lograrlo fue ponerme un vestido y caminar junto a mi hijo.

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