Germán Santamaría calificó de deslumbrante y desgarrador el libro de John Pinchao, el policía secuestrado por las Farc que escapó después de ocho años de cautiverio. Yo esperaba en Mi fuga más maldiciones de cuartel. Más altivez. Más rabia. Pero los avatares de un secuestro desbaratan las personas por dentro. Se nota sobre todo en Cautiva, de Clara Rojas, que parece la meditación de un Kempis con faldas en las garras del Mono Jojoy. Y en El trapecista, del ex ministro Araújo, que invita a la huida desde la primera página de bolero malo. Aunque luego mejora. Los tres no superan la redacción de los colegiales.

Esta clase de testimonios exigirían no las palabras manidas de cada día, sino algún lenguaje aberrado por inventar. A fin de expresar las miserias del humanismo revolucionario, la humillación que pueden ofrecer unos hombres a otros en nombre de una fantasía política y la paranoia ideológica. Lejos del infierno, el de los contratistas norteamericanos liberados en la operación Jaque, pone en evidencia un editor hábil. Un negro literario avezado, la mano de uno de esos mercenarios capaces de hacer de la confesión confusa de un tartamudo con una grabadora, un relato admirable y creíble armado como esas novelas de Faulkner. Está lleno de humor negro, ironía, y de lo que llamó Nabokov los divinos detalles.

La literatura en primera persona tiene una historia desde Marco Polo y la autobiografía de Benvenuto Cellini hasta los anecdotarios de sábanas de las divas de la farándula y las confesiones a lengua suelta de asesinos cebados, como las de Carlos Castaño que escupen hoy las editoriales con furor volcánico. Libros que como las mariposas después de un revoloteo multicolor de carátulas se revelan efímeros y caen en el olvido, sepultados por los que siguen. Pues además la materia de dolores nunca se agota para la condición humana. La maldad de este hijo de Dios, o las tristezas que a veces son sus frutos, se vuelven oro en un chascar de dedos. Y el llanto ajeno hace contrapunto al timbre de una caja registradora.

A veces los escritores de estos libros no necesitan acabar una tarea de mérito. Nada. Y cuentan con una sola gracia: haber conocido los extremos de la infelicidad arrastrados por un destino. Robinson Crusoe fue nadie hasta el abandono en una isla incierta. En Las cenizas de Ángela, el autor parece bien justificado porque fue pobre y pasó hambre. Puso en el mostrador sus zapatos rotos de niño y el rumor de sus tripas ansiosas y se volvió rico.

Colombia ha hecho de sus pornomiserias una actividad comercial floreciente. Las librerías y los semáforos permanecen atiborrados de obras de todos los tamaños y tonos, de secuestradores arrepentidos, sicarios evangelizados, o las nostalgias de los sujetos de sus tortuosas pulsiones. Hay un morbo inconfesable en el consumidor de estos relatos que no se leen por el placer de transitar una estructura y de participar en la fiesta privada de un prosista malicioso, sino como el voyeur de los suspiros del prójimo. El lector desconfía de la primera persona, sabe que jamás le cuentan todo ni del todo, pero sin embargo disfruta, asistiendo en lo poco que le es permitido, al espectáculo de las almas en harapos de otros, al goteo de la sangre que les arrancaron, mientras permanece a salvo, extendido en una poltrona caliente.

De cualquier modo, más allá de la calidad de la escritura, y la información que ya habían proporcionado los medios, del elemento sadomasoquista que implican, los libros de esta reseña, y los otros, tienen una utilidad imposible de negar. Refrendan la certeza de que los comandantes de las Farc no tienen nada que decir sobre el pasado (piensan que la corrupción llegó a América con la Conquista y acabará con su cartilla de tártaros), sobre el presente que los sobrepasa en su complejidad con sus dificultades y esperanzas (expresaron felicidad con la caída de las Torres Gemelas, cuenta Araújo), ni al futuro que aguarda hombres menos convencidos de la santidad de su violencia. Y que si de heroísmo se trata, los héroes son sus víctimas que resisten sin quebrarse aunque debilitados, y a veces escapan de sus campos de tortura, ejemplares de las desesperaciones de la libertad y el valor. Ellos, los comandantes, son a lo sumo una pandilla de bellacos protegidos por cercos de niños campesinos ilusionados con el mito añejo de una Tierra Prometida, alimentados con bazofias mientras los hijos de los otros estudian filosofías en Oslo.

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