Un segundo del trabajo que usted está haciendo quizá no signifique nada. Tal vez, ese es el tiempo que invierte en decidir si se tomará ese tinto que combatirá un poco el guayabo de la noche anterior. O quizá, sea el instante preciso para echarle una mirada a esa compañera de oficina por la que bota la baba. O, en últimas, para arrojar al cesto de la basura ese informe que no cuadra, o para hacer lo que casi siempre hace en un segundo: ocio total.

Por eso, un segundo quizá no signifique nada. Quizá usted es de los que piense que es muy poco tiempo para hacer algo. Y de pronto tenga razón. Pero es justo en ese tiempo cuando en otras profesiones la gente se juega todo. La vida o la gloria. Todo o nada.

Y es entonces cuando ese segundo se alarga. Se hace eterno. Ahí es cuando el aire empieza a faltar. Sienten como si el pecho se les cerrara. No oyen nada ni a nadie a su alrededor. Sólo el latido de su corazón les confirma que siguen vivos. La respiración entrecortada es la primera prueba de que los nervios pueden jugarles una mala pasada. Por eso, lo mejor es retomar la calma y poner a prueba lo entrenado.

Estas son las características principales de ellos. Del futbolista que tiene la responsabilidad de patear el penal que otorga o no el título en el último instante; del mecánico–ingeniero en la Fórmula Uno que tiene que estar más concentrado en los pits que el mismo corredor para poder hacer una carrera perfecta; del piloto al momento de aterrizar su avión en un portaaviones, o del experto antiexplosivos que tiene que decidir qué cable cortar para desactivar la bomba que arrasará con todo en muchos kilómetros a la redonda. Hombres que viven bajo presión o, como dicen los sicólogos, en el “momento de verdad”. El mismísimo instante en el que se juegan el todo o nada porque, al final, los mueve la egolatría y la certeza de que nadie con un poco de sentido común se arriesgaría a poner el pellejo en juego, y todo en un efímero segundo.

Presentamos cuatro retratos bajo presión:

PENA MÁXIMA
Patear un penal puede ser muy fácil. Sólo es poner el balón en el punto blanco. Mirar al portero. Decidir cómo se le pega. ¿Izquierda? ¿Derecha? ¿Arriba? ¿Abajo? Y hasta cerrar los ojos y darle un puntazo. Eso puede pensar cualquiera. Fácil. Gol. La gloria.
“En ese momento uno no piensa en nada”, dice Martín Palermo jugador del Villareal de España.
Y aunque muchos opinan que un penal es el 99 por ciento de un gol, lo difícil es meterlo. “La presión es total. Tanto que el arco se vuelve más chico de lo que es y se vuelve un muro de color del buzo del portero”, respondió el jugador yugoslavo Djukic cuando erró el penal que hace un par de años le cedió el título al Barcelona en la Liga española. A propósito, ‘Yuka’ —como lo conocen en España— quedó tan traumatizado que no volvió a medírsele al cobro desde los once metros.

Y es que eso de ser el encargado de patear el balón cuando se trata de un partido muy importante (tipo final de Copa Mundo o la reciente definición de la Copa Libertadores entre Cruz Azul y Boca Juniors) requiere, como dicen en el lenguaje futbolístico, de muchos ‘huevos’. Es todo un reto que muchos técnicos dejan en los botines de los más experimentados. “Me siento muy confiado y me gustan ese tipo de desafíos”, dice el goleador argentino que en la Copa América del 99 erró tres penales en un partido contra Colombia. Eso no es la muerte de nadie, opina Palermo, quien afirma no estar atormentado por ese recuerdo.

EN LOS PITS
No son simples mecánicos. Son ingenieros. Y los hay para todo. Desde los electrónicos que controlan los sistemas del monoplaza hasta los ingenieros de comida. Sí, aunque suene extraño: ingenieros de comida. Quienes trabajan en los pits funcionan como un reloj, cada uno sabe su misión. Entrenan todos los días. En algunos equipos como Ferrari o McLaren dos y hasta tres horas al día. Su concentración es total, pues en una carrera cualquier error de uno de ellos puede significar, como le sucedió a Ferrari el año pasado —cuando olvidaron las llantas al momento de la parada de Michael Schumacher—, la pérdida de la carrera. Sus cascos y los trajes antifuego que llevan no son casualidad. Son muy necesarios porque la presión es tanta que en cualquier momento puede suceder un accidente. Que lo diga el mismo Schumacher, quien con su auto le quebró la pierna a uno de ellos durante una de las pruebas del Campeonato Mundial del año pasado. O Michael Andretti que, en la Cart, atropelló a uno de ellos causándole la muerte.

SUERTE SUPREMA
Lo más difícil de aterrizar en un portaaviones, para el ex piloto colombiano César Gómez, además de lo reducido de la pista —algunas alcanzan apenas 360 metros—, es lograr enganchar el avión en los cables que sobresalen en la plataforma y que lo aseguran y ayudan a detener. Algo así como enhebrar una aguja a una velocidad de 200 km./h. Para eso, los pilotos se entrenan día y noche, pues en caso de no lograr terminar la maniobra, el avión debe despegar nuevamente y para eso tiene que llevar la misma velocidad. Los mismos 270 km./h con los que lo hacen regularmente.
Si no sucede así, un botón rojo de alarma se encenderá dentro de la cabina, indicándole al piloto que tiene que eyectarse del avión, o sino puede terminar chocándose contra el portaaviones o contra el mar.
Para lograr la efectividad, los ensayos son realizados en tierra firme donde una línea de tiza asemeja los ganchos. Por su pericia, estos pilotos son los más deseados por las aerolíneas comerciales.
Para muchos, la maniobra de aterrizar en un portaaviones, es similar a la del torero en la suerte de matar, por eso es conocida como la ‘suerte suprema’ en el mar.

¿VAMOS A VOLAR?
“Confía en mí, sé exactamente lo que hago” decía el violento detective Sledge Hammer. ¿Lo recuerda? El mismo de la Magnun gigante que solucionaba todo a punta de disparos y golpes. Y eso mismo fue lo que dijo en el último capítulo de la serie cuando le tocó desactivar una bomba. Todo voló en mil pedazos. La serie jamás se volvió a ver.
Ese error puede pasar en la ficción. En el cine o la televisión. Seguro que Sledge no tuvo la destreza para cortar el cable preciso. Pero eso no le puede suceder a ninguno de los integrantes que conforman el
grupo Marte —Unidad de Antiexplosivos del Ejército colombiano—, quienes por seguridad pidieron guardar sus nombres.
Vestidos con trajes especiales de fibra sintética americana (kevlan) que amortigua las ondas explosivas, lo primero que estos hombres hacen en una misión es encomendarse a Dios. Rezan y luego se olvidan del mundo. Para ellos es como si el tiempo se detuviera y de su labor dependiera que éste continuara su marcha. Luego identifican el tipo de explosivo, la conformación del detonador. Lo más difícil es decidir el cable a cortar o el botón por desactivar. “Eso sólo lo da el conocimiento y el entrenamiento diario”, contestan cuando se les pregunta por el momento definitivo. Además del traje se resguardan tras amuletos. Cruces y partes de otras bombas que tienen como recuerdos de misiones en las que han puesto a correr el reloj. Pero no propiamente, el de la bomba, sino el reloj que indica que ellos siguen con vida.

Momentos límites
En la vida cotidiana existen otros “momentos de verdad” que lo enfrentan a usted con una situación específica. En ese instante hay que armarse de mucho valor para tomar una decisión que lo lleve a dar el siguiente paso. Para que lo piense mejor una próxima vez y así no se ahogue en su propia adrenalina, recuerde el top de esos instantes en que nuestra cabeza no da más.. ¡Téngalos presentes!

1. En el segundo preciso que su mejor amigo le pide prestada plata, prometiendo que se la pagará con el próximo sueldo.
2. El instante en el que la mujer que tanto persigue le dice que sí, pero usted no tiene condón a la mano.
3. Al decidir tomarse el trago que separa la línea de la sobriedad de la ‘laguna total’.
4. Cuando está completamente arruinado por el casino y le queda la última ficha en el bolsillo.
5. Al terminar de escribir ese mail en el que le dice todo lo que su ex jefe o su ex novia se merecen y entonces decide hacer clic.

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