Para empezar, siempre llueve. Creo que la culpa del mal clima de Bogotá la tiene la gente que organiza actividades al aire libre, porque esta ciudad fue hecha para quedarse bajo las cobijas. Cada vez que hay un concierto, una marcha por la séptima o una kermés en el Parque del Chicó se suelta un aguacero como si Dios no hubiera alcanzado a mandar toda el agua en el Diluvio. He ido tres veces a Rock al Parque y las tres ha caído aguacero. Una vez hasta mandaron granizo. 

Pero la lluvia no es excusa, porque cuando el plan es bueno uno se le mide así se venga un tsunami, y Rock al Parque no es un buen plan. Primero, las chichoneras; este no es un país organizado, y cualquier Equidad-Patriotas de viernes por la noche en Techo hace que la ciudad colapse. Así no vaya gente (dicen que la edición de 2013 tuvo una de las asistencias más bajas de todos los tiempos), los alrededores del Simón Bolívar se congestionan. No se puede andar —ni a pie ni en carro— y, como solución, las autoridades recomiendan tomar vías alternas. Cuáles, si Bogotá no tiene ni vías principales. 

Eso sí, en Rock al Parque es difícil estar pero es fácil llegar. ¿No sabe dónde lo organizan? Alce la cabeza y donde vea una gran humareda de marihuana, ahí es. Es curioso que los reglamentos del festival especifiquen que no se puede asistir en estado de embriaguez, porque uno adentro ve drogados y borrachos, empezando por los que se suben a tocar. No está mal, porque tomar, meter y follar es lo que quiere la gente (me incluyo), pero si el reglamento lo impide y el lugar está lleno de policías, lo lógico sería que adentro todo el mundo estuviera sobrio. La última vez que fui, a la entrada me revisaron hasta las amígdalas; si hubiera tenido una Nucita me la habrían quitado. Eso sí, adentro me tocó ver gente fumándose unos bates de marihuana impresionantes.

 Por otro lado, están los grupos que se presentan. Está bien que yo sea un clásico que me quedé en Led Zeppelin y que lo más moderno que oiga sea Tricky (que ya tiene 46 años), pero es que traen cada perro que ni idea. Y esa ha sido una de las grandes críticas que le han hecho los especialistas al festival: que el cartel es pobre.

 El año pasado fui porque tocaban unos amigos y me invitaron al backstage. En la zona VIP me tocó ver unos camerinos estrechos y a medio hacer, y una tabla de quesos y carnes frías que los músicos se raparon en dos minutos; no dejaron ni las uvas de adorno. Porque eso sí, roquero colombiano que se respete se está muriendo de hambre.

 En esa edición de 2013 vino como gran atracción Cannibal Corpse, que en vez de una banda de death metal parecía una banda de atracadores. El líder del grupo cantaba como Chewbacca (y olía peor que él). A su lado, desconocidos como Vita Iman, que ni en Wikipedia sale, y Dubioza Kolektive, de Bosnia, país que tiene una escena roquera similar a la de Sogamoso. También tocó Cuatro Espantos, que en vez del nombre de una agrupación parecía el reporte de la cantidad de gente que asistió. A eso súmenle que se armó polémica porque parece que el cartel que promocionaba el evento era un plagio de una foto que ya existía en internet.

 Y el cierre estuvo a cargo de Illya Kuryaki and the Valderramas, un dúo que alcanzó la cima hace casi 20 años y que fue presentado como la gran berraquera. Años atrás había pasado lo mismo con Charly García, que es el padre del rock en español pero ya está en las últimas. Con decirles que dejó la droga y lo que parece es una tía gorda. La última vez que quiso presentarse en Bogotá tuvo que cancelar porque le dio un preinfarto.  

 Eso sí, uno puede decir lo que sea de Rock al Parque menos que no representa a la ciudad que lo organiza. Bogotá lleva dos alcaldías empapeladas al hilo, y el festival ha sido fiel reflejo de ellas. O como dijo alguien, Rock al Parque es como Estéreo Picnic, pero sin hipsters. Punto para Rock al Parque.

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