Toma uno

Sentado en una silla de madera, frente a una mesa redonda de la habitación número seis del viejo Hotel 118 en el barrio de Surelele de la ciudad de Lagos, Yinka Akinlawon se seca con una toalla blanca las gotas de sudor que le brotan de la frente y le corren hasta los ojos nublándole la vista. La cortina café que mantiene el cuarto a oscuras cubre la ventana que permanece cerrada, mientras que el motor del destartalado aire acondicionado descansa y las empolvadas hélices del ventilador flotan inmóviles en el aire. Dentro, solo se huele el hedor humano y se oye el murmullo de la calle que se cuela por las rendijas.

—¡Acción! —grita el director rompiendo el silencio. 

Yinka respira profundamente, acerca sus gruesos labios al micrófono y comienza a leer pausadamente por cuarta vez un trozo del guion del quinto capítulo de la tercera temporada de la telenovela Abelejayan. Y aunque lo que se escucha es yoruba, idioma nativo de la región suroeste de Nigeria, el tono refleja el dilema de un hombre que sacrificó su virilidad por dinero, se convirtió en mago y de repente hace milagros, o simplemente no controla los rayos que emite por los ojos. Pero en el momento de mayor dramatismo, la puerta de la habitación se abre violentamente y un integrante del staff irrumpe la grabación una vez más.

—Cierren esa puerta con llave —se oye desde el fondo de la habitación la voz de otro de los técnicos que dormita desparramado en la cama de dos plazas.

Luego de un par de intentos más, se enciende nuevamente el ruidoso aire acondicionado que despabila a los trabajadores. El director da por terminada la grabación, que luego será editada en Londres por la productora Opa Williams Dear Mother ATN y más tarde transmitida por Sky TV en Nigeria, el país más poblado de África, con 150 millones de habitantes, y en el Reino Unido, donde viven unos 200.000 inmigrantes del país africano.

—Con las telenovelas se gana más dinero —dice Yinka, quien hace años dejó de hacer largometrajes—, porque los que pagan son los canales de televisión. Pero las películas se venden por la calle. 

Nollywood, la segunda industria cinematográfica más grande del mundo según la Unesco, que en 2006 superó con 872 películas las 486 de Hollywood y se ubicó por detrás solamente de Bollywood, que ese año produjo 1091 largometrajes, supera las 50.000 copias por película, que en su mayoría se venden en los mercados nigerianos. 

Todo comenzó cuando los vendedores de electrodomésticos, aprovechando las nuevas cámaras de video, decidieron filmar películas caseras para llenar con algo los casetes que tenían vacíos y así promover la venta de reproductores VHS. De esta manera surgió Living in Bondage en el año 1992, el clásico considerado como la primera película de Nollywood que trata de un hombre que se arrepiente de asesinar a su esposa en un sacrificio satánico, luego de ser perseguido por el fantasma de la mujer.

Veinte años después del estreno del drama de suspenso, Ngozi Nwasu, quien saltó a la fama con la película tras haberse iniciado en el teatro, afirma que Nollywood “representa la cultura de África”, mientras los técnicos le pasan por detrás con cámaras y focos preparando la próxima escena. La industria que produce comedias, policiales, dramas, integra la magia negra y el vudú, y atrae a lo largo y ancho de África a aficionados de todas las edades.

Mientras la artista forcejea con una maquilladora que intenta acomodarle una peluca de color naranja en la cabeza, en la mesa del lado un hombre y sus dos hijos almuerzan unos suculentos platos de arroz con pollo sin despegar un ojo del enorme televisor colgado de la pared que transmite la telenovela de turno.

—Las únicas películas que no han logrado enganchar a la gente son las de terror —dice la actriz, mientras se retoca el maquillaje mirándose de reojo en un espejo de marco plástico verde chillón.

La industria que según la Junta de Censores de Cine de Nigeria genera 300.000 empleos directos y más de un millón indirectos mueve 250 millones de dólares anuales, el equivalente al costo de la última del Hombre araña. Y los presupuestos de las películas oscilan entre 10.000 y 100.000 dólares. 

Toma dos

Cuatro escalones separan del suelo al ecléctico y pomposo edificio de la galería Sylverbird en la Isla Victoria, la zona más chic de Lagos, donde seis monigotes de 150 kilos coronan el ingreso, cual arcángeles.

Tras las enormes compuertas vidriadas, el vapor caliente se diluye en un fresco exquisitamente artificial, mientras el polvo y el esmog de una de las ciudades más caóticas del mundo se solidifican en brillosos mármoles importados. Y en lugar de gente sucia y desgastada por el sacrificio de conseguir el dólar diario con el que vive más de la mitad de la población, en el cielo lo que hay son estrellas. Se trata de la première de Ghetto Dreamz, la última megaproducción de Nollywood. 

Por la alfombra roja, ubicada sobre el eje de simetría del edificio desde la entrada hasta el monumental espacio de 15 metros de altura, desfilan los famosos como desorientados a la espera del estreno. Mientras, fotógrafos y camarógrafos corretean lanzando luces y flashes a diestra y siniestra, en tanto que el centenar de invitados VIP siguen con sus perplejas miradas los movimientos estelares de Doris Simeon, Pa Kasuma y el protagonista Trysbon Dudukoko.

—¡Nollywood ha tenido cientos de megaproducciones! —afirma como desinteresado Segun Arinze, más conocida como Flecha Negra. 

El famoso actor de 46 años, quien ha protagonizado unas 150 películas, es cantante y además preside la Asociación de Actores de Nollywood, ojea indeciso el menú desde un cómodo sofá de cuero negro de un restaurante al estilo norteamericano de Surelele, el barrio donde nació y se desarrolla la industria.

Más entretenido en mirar fotos en su Blackberry que en explicar el origen de su apodo, el moreno grandote, decorado con alguna que otra cadena de oro, responde en cuotas, interrumpido por un espectacular tic nervioso que le hace lanzar una especie de latigazo al aire con el brazo derecho, seguido de un movimiento brusco con la cabeza —en forma de huevo— hacia ambos lados.

—Black Narrow (Flecha Negra) fue la película con la que me hice famoso —afirma el antiestético galán.

Desde pequeño, Arinze quiso ser actor, cantante o simplemente subir a un escenario a como diera lugar. Más tarde estudió Drama en la Universidad de Ife en Osun, un estado suroccidental de Nigeria, y en 1988 debutó en la pantalla grande con la película Eye of Life. 

Luego de más de 20 años de carrera, en noviembre del año 2009 Arinze asumió el cargo de presidente del gremio tras una elección en la ciudad de Port Harcourt, considerada una farsa en Lagos porque Arinze, supuestamente, ni siquiera estaba registrado en el gremio. 

—En la asociación hay más de 20.000 actores inscritos —interviene el secretario de publicidad de la asociación Abubakar Salilu, quien también es actor.

—¡Más de 40.000! —interrumpe Arinze. 

La celebridad, que afirma estar trabajando en el primer proyecto 3D, que admira Die Another Day de la saga del Agente 007 y que de actores en español conoce de Antonio Banderas, ha ganado varios premios como los Afro-Hollywood Awards, aunque nunca se ha quedado con el máximo galardón otorgado por la Academia Africana de Cine. Sin embargo, su prioridad hasta el fin del mandato es dirigir la asociación y proteger los derechos de los actores que ruedan películas en una o dos semanas por sueldos que van desde los 300 dólares hasta los varios miles, dependiendo de la fama. 

—Hoy, la gente sueña con actuar en Nollywood, pero no por amor al arte sino al dinero —dice Arinze.

Al flaco y descalabrado actor de unos 50 y pico de años no le gusta lo que hace. Trabaja en telenovelas para subsistir y es profesor de teatro, su gran pasión. Como muchos de los actores más veteranos, surgió de las escuelas de teatro hacia finales de la década del sesenta, cuando se escribía sobre la independencia, la democracia y la política.

—Pero hoy nuestras historias son superficiales, reflejan el vacío de la sociedad actual —asegura.

La cultura cinematográfica y teatral en Nigeria se remonta al periodo precolonial, aunque fue hasta finales de los sesenta y setenta, con el auge de la industria del petróleo, que el cine logró una mayor relevancia. Con la recesión económica de los ochenta, las sucesivas dictaduras militares y la corrupción generalizada, la cultura sufrió un declive que coincidió con el cierre de los cines y paradójicamente con la aparición de Nollywood. 

—La corrupción ha influido en todos los aspectos de la sociedad y ya no hay lugar para el arte. Hoy la gente solo busca la fama y lo que vende son las celebridades —agrega Arinze.

A las cinco de la tarde, Arinze, la Flecha Negra, sale de su oficina de la Asociación de Actores en Surelele repartiendo besos y abrazos mientras de reojo chequea sus celulares. 

—¡Los actores somos la cara visible de Nollywood! —afirma con una sonrisa fotogénica, mientras lanza otro latigazo al aire antes de subirse a su camioneta Porsche color plata para perderse en el caótico tráfico de Lagos.

Toma tres

A las 4:30 de una tarde de sábado, las mullidas butacas de la sala número dos del complejo Ozone Cinema —uno de los tres complejos de esta ciudad con más de 16 millones de habitantes— están colmadas de gente a la espera del comienzo de Tango With Me, un drama nigeriano al estilo occidental. 

Afuera, en el hall, cientos de personas forman largas filas para comprar entradas, en tanto que otros se zampan puñados de palomitas de maíz apurados a largos tragos de gaseosa mientras eligen entre Just Go With It, la última de Adam Sandler y Jennifer Aniston; Your Highness, con Natalie Portman, o cualquier otro estreno de la cartelera esencialmente norteamericana. 

Sin embargo, las salas africanas no son las revestidas de moqueta, temperatura a la carta y proyectores que dan vida a pantallas gigantes a cambio de diez dólares. Los auténticos cines son las casas de techo de lata azotadas por el sol, los bares con piso de tierra y sillas de plástico y los mercados con olor a rancio. Allí es donde niños y adultos se amontonan en torno a los antiguos televisores a ver películas en las que las voces tienen eco, las tomas fijas tiemblan y los actores miran a la cámara. Y casi siempre al ritmo del motor de algún generador.

—Cada película cuesta 200 nairas (1,3 dólares) —dice Falade Basua, quien trabaja hace 19 años vendiendo películas en la calle—. Vendo unas 30 películas por día y a cada una le saco 50 nairas (30 centavos de dólar).

En uno de los callejones tapizado de afiches que se ramifican como tentáculos del mercado Nnamdi Azikwe en la isla de Lagos, donde miles de puestos de ropa, verdura y accesorios para la casa se amontan unos sobre otros, Falade tiene su pequeño tenderete. 

—¡Yo vendo legal! —grita para que se oiga su voz por encima de la música, los motores y las bocinas de los cientos de desenfrenados buses amarillos que recorren las calles de Lagos.

—¡Y este es mi carné! —agrega, mientras saca de una gastada billetera de cuero un pedazo de papel plastificado con su foto que dice: “Asociación de Productores y Vendedores de Películas Yoruba”. 

Con el fin de combatir la venta ilegal de películas, que como consecuencia no permite mejorar la calidad de la industria, se han incorporado inspectores y distribuidores autorizados que recorren los mercados. A su vez, decenas de cines móviles se instalan en parques y plazas de las principales ciudades para emitir películas de forma legal y a precios accesibles. Y como si fuera poco, el presidente del país, Goodluck Jonathan, prometió el año pasado 200 millones de dólares para mejorar la industria.

Según Arinze, en el último año se ha reducido el número de producciones debido al aumento de los presupuestos para mejorar la calidad, como consecuencia de una “mayor exigencia de la audiencia”. Pero para Oputa Orwnezi, un arquitecto de 27 años, graduado en la Universidad Tecnológica de Yaba en Lagos, las películas de Nollywood siguen siendo como telenovelas mal hechas.

—Cuando terminas de ver una película nigeriana, no sacas nada en limpio —dice Oputa, quien afirma tener un pensamiento un tanto occidental.

Sentado en un banco de plástico rojo a la sombra de un techo de lata, recuerda cómo hasta los noventa los africanos devoraban el cine indio y cómo los colores, la música, la moda, el baile y los jardines sustituían los subtítulos que daban forma a los guiones.

—Las películas de Bollywood te atrapan por los sentidos —agrega—, mientras que Hollywood es un arte más intelectual, menos directo y donde hay que pensar.

El hecho es que más allá de los esfuerzos de los últimos años por combatir la venta ilegal, por generar técnicos de calidad y guiones más coherentes, la realidad es que la industria del cine en Nigeria no es el fruto de una experiencia cinematográfica histórica. 

Nollywood es una casualidad, es el resultado de un producto de promoción basado en representaciones espontáneas filmadas de forma casera, distribuidas de mano en mano y sin mayores aspiraciones que el use y tire con el que disfrutan niños y adultos en gran parte de África. 

Pero los actores, directores y productores creen que la profesionalización de la industria les hinchará los bolsillos, y olvidan que Nollywood existe gracias a la informalidad, al descontrol y a la libertad de poder hacer lo que se venga en gana con un puñado de dólares sin esperar recaudar más de lo necesario como para poder rodar la próxima película. 

Hacia las 6:30 de la tarde, a la hora en que el sol nigeriano se retira sin aviso dejando un calor espeso tras de sí, Oputa se destapa otra cerveza. Se la bebe a largos tragos y concluye: 

—Nollywood es cualquier cosa menos arte. 

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