Y aun si logro hacerle entender a ella, ¡el viceministro va a pensar que vino un fantasma a traerle unos documentos! Esa es la realidad que me causa mi trabajo como tramitador de diligencias, pues cada vez que debo llevar un documento a un colegio, una universidad o una entidad pública, me toca explicar con mucha paciencia que mi nombre es una coincidencia.

Mis papás eran campesinos boyacenses que, por seguir la tradición familiar de bautizar a las mujeres María y a los hombres José, me condenaron sin querer a que la gente no me crea cuando digo que me llamo como el importante filólogo del siglo XIX. Pero para mi fortuna, llamarme Rufino José Cuervo y ver mi nombre en todos los libros de historia me ha hecho una persona muy curiosa por la lectura y la investigación. Además, cuando mi nieto mira uno de esos libros me dice que soy igualito al maestro de la lengua española.

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