Posa erguido. De perfil, de frente, empinando la nariz. Luce muy seguro de sí mismo. Está sentado en un fastuoso sofá ocre de jacquard, de espaldas a un vitral circular de casi un metro de diámetro con la imagen de un pesebre tornasolado. Norberto, el peluquero más famoso de Colombia, posa ante la cámara antes de conceder una entrevista a un programa televisivo de farándula. (Así es la historia del desnudo en Colombia y ellas las protagonistas)

Antonio —su esposo—, una empleada del servicio, el periodista que viene a hacerle la entrevista, el camarógrafo y yo estamos de pie, en silencio, detrás de la cámara.  Norberto se acicala las cejas con las puntas de los dedos índice y corazón de la mano derecha. Cruza una pierna sobre la otra con gracia. Estira al máximo los labios para ofrecer su mejor sonrisa, y enseguida los encoge en un coqueto amago de beso. Mira directo a la cámara.

Comienza a hablar: Yo a Marbelle la dejaría como está. No le cambiaría nada. Si me pidieran que le cambiara el look y la vistiera con sastre, diría que no, porque dejaría de ser Marbelle y perdería su esencia. Ejerciendo la autoridad que le confieren cuatro décadas en el oficio de peinar, maquillar y ataviar a señoras y señores, Norberto les da tips de belleza a una modelo, a tres presentadoras de entretenimiento, a una virreina mundial y a dos galanes de telenovela. De pronto mira detrás de la cámara e interrumpe sus consejos para decirle a una de sus empleadas María, no se ponga a limpiar ahora; que yo no la vea por ahí arreglando porque me desconcentro. (5 Historias insólitas de la selección)

Váyase que yo ya voy. Se voltea de nuevo hacia el periodista y le pregunta: Quieres que te responda corto o largo o breve, muchacho? Si considera que a Michelle Rouillard “le queda mejor el cabello largo” no se abstiene de afirmarlo, pero se cuida de no sonar inoportuno. Está siempre atento a no caer gordo, no echarse encima enemigos gratis. Norberto no es ingenuo, sabe que las figuras populares de las que está hablando son amigas de la casa y no conviene agraviarlas, o son potenciales clientes de este emporio del embellecimiento, quizá la peluquería más célebre y más excéntrica de Colombia. (Fotos invaluables de la historia)

A Rafael Novoa lo conozco personalmente porque ha venido a la peluquería —dice, e interrumpe la grabación para pedir “juguito o limonada para estos muchachos”—. Me parece que como luce Rafael Novoa es perfecto. Es muy espontáneo, es una persona seria, seca, pero me parece que tiene un look que personalmente no lo cambiaría absolutamente para nada. Norberto luce un blazer entallado de tela delgada, remangado hasta la mitad del antebrazo, con cuadros negros y blancos.

Debajo tiene un chaleco de hilo negro abotonado, una camisa blanca con las puntas del cuello cortas y, ligeramente suelta, una corbata recta de seda negra con finas líneas carmelitas. Y para rematar su atuendo impoluto, un pantalón blanco entubado, medias negras veladas y unos tenis de un blanco lustroso que terminan en punta. Son copia de unos zapatos de Armani —dice cuando le pregunto dónde los compró.  La cámara se apaga y el anfitrión acompaña a la puerta al entrevistador y al camarógrafo. Se despide amable y risueño.  —María, tráigale un juguito de mora a Carlos. —Jorge —le digo.  —Perdóname, es que soy malísimo para los nombres.  El vistoso mobiliario y el decorado le insuflan un aire de ensueño kitsch al salón donde recibe las visitas.

La ambientación parece envuelta en algo parecido a una muselina en tonos pastel. Todo está en su sitio, meticulosamente ordenado y sin rastro alguno de polvo o mugre. Desde donde estoy sentado veo dos cuadros con imágenes religiosas a lado y lado de Norberto y un desnudo de algún copista de Luis Caballero frente a las barandas de un corredor del segundo piso. Hay cojines brillantes en el piso, sobre un mullido diván de terciopelo morado, encima de un taburete acolchado y en uno de los amplios brazos de un sofá de flores estampadas en un tejido grueso. (Las 5 personas más tacañas de la historia)

Tres espejos de cuerpo entero, con arabescos plateados en los vértices de sus marcos, le ofrecen al visitante la ilusión de hallarse en una sala más amplia. Dos floreros de porcelana, cada uno de los cuales ostenta dos docenas de rosas blancas, sobresalen en la escenografía de esta antecámara rococó. En cada una de las cuatro esquinas hay candelabros blanquecinos de metro y medio de altura con velones amarillos que hacen juego con la madera reluciente que Norberto ordena brillar a diario, y que mandó a instalar hace ya bastantes años, cuando no lo convencieron las baldosas de mármol veneciano con que un diseñador de interiores le sugirió enchapar el piso.  —Yo diría que la decoración, la estética de su casa, es surrealista, igual que él —me había dicho el día anterior su gran amigo, el modisto y preparador de reinas Alfredo Barraza, que después de maquillar señoras durante diez años en la primera peluquería de Norberto, por consejo de este montó rancho aparte en 1982.  —Diseñá, negrito, diseñá. Ya tenés alas, empezá a asesorar y a preparar reinas —le dijo el peluquero al entonces maquillador. 

En sus 25 años de independencia, Barraza ha vestido a 260 candidatas al Reinado Nacional de la Belleza y a 18 señoritas Colombia, sin contar a las innumerables aspirantes a reinados de provincia que han pasado por su taller, ubicado en el primer piso de su casa en el norte de Bogotá. —Norbertico es muy alegre, pero sobre todo muy llamativo, muy excéntrico. Eso siempre me ha gustado de él, que sea tan diferente al resto de las personas… Siempre impecable en su vestimenta. Un personaje único en su presentación, un hombre muy creativo, con mucho magnetismo… Yo creo que él es un auténtico divo.  Son las 9:30 de una cálida mañana de mayo en Bogotá.

Estamos en el apartamento tríplex que corona el edificio de ocho plantas donde viven y trabajan Norberto y Antonio, su esposo. Un ejército de 60 manicuristas, 25 auxiliares de champú, 11 esteticistas y 78 peluqueros todos vestidos de blanco impecable ocupa los cinco niveles de D’ Norberto Peluquería. A esta hora, como todos los viernes, el trajín, que de lunes a sábado comienza a las seis de la mañana y termina a las ocho de la noche, llega a uno de sus picos de mayor tensión.

Mientras unos pintan pelos y maquillan caras con tintes y cosméticos finos, otros alisan melenas con secadores de mano de última generación y con los mejores cepillos del mercado. Entretanto, las manicuristas liman uñas y retiran cutículas de manos y pies, y los auxiliares lavan cueros cabelludos con champús y acondicionadores de marca. Uno que otro empleado conversa, hojea revistas o toma tinto mientras espera a que llegue el próximo cliente. Norberto está sentado en una silla estilo Luis XV, de espaldar rectangular y brazos y patas largos, con enrevesadas molduras en filigrana talladas en una madera que brilla poco menos que el oro. (Los mejores libros eróticos de la historia)

Antonio entra en escena, se sienta diez segundos en una silla gemela junto a él, se levanta, me pregunta si hoy vamos a hacer fotos y, antes de bajar a la peluquería o meterse en su oficina, comenta que estas sillas son como las del Palacio de Nariño.&nbsp Sobre la mesa de centro hay dos ediciones de TV y Novelas, una de 15 Minutos, dos de Cromos y una de Axxis.  —Me encanta leer revistas, la casa está llena de revistas.

Pero cosas intelectuales no me gusta leer. Los libros me parecen aburridísimos.  Uno de sus cuatro french poodle empieza a ladrar. No dejen salir al perrito, enciérrenlo para que siga durmiendo, no lo vayan a incomodar —ordena Norberto­—. María, ¿para qué lo va a incomodar?… —luego me mira y dice—: Es que yo creo que uno no debe incomodar a nadie, ni al perro. El respeto para mí es lo más importante en la vida. Uno tiene que respetar a la gente…

Yo, por ejemplo, soy muy respetuoso con Toño. Le cuento lo siguiente: como dormimos en cuartos separados, cuando oigo que él apaga la televisión yo le mermo a la mía para no incomodarlo… Creo que una de las cosas que hay que tener en cuenta para tener éxito en la vida es que es indispensable respetar al otro.

Pasa del tú al usted con facilidad. Empieza una idea, la deja a medio camino y sigue con otra. En ocasiones no redondea las frases ni espera a que le pregunten para hablar de lo que le venga en gana.  —No soy de restaurantes. No me gusta comer fuera de mi casa, y odio la comida rara. 
Mientras Norberto contestaba la entrevista al programa de farándula, Nubia, una de las tres empleadas del apartamento, me contó que la comida favorita de su jefe son los fríjoles que ella prepara.  A Nubia y a las demás empleadas del aseo, tanto a las de la casa como a las de la peluquería, Norberto les dice María. Por aquello de que no es bueno para retener nombres prefiere no complicarse la vida. Nubia lleva nueve años trabajando en esta casa. —¿Sabes una cosa? Soy bastante vanidoso —continúa—. Pero no me gustan las marcas...
Le voy a contar algo: yo compro mi ropa en New York, en tiendas que no son de marca, porque la moda me parece lo más horrrrrrrrroroso que hay. No uso ropa fina, yo la vuelvo fina cuando me la pongo, porque le pongo mi estilo. Lo único que compro fino son las gafas, porque las gafas ordinarias se reconocen a leguas. Las gafas sí deben ser de marca, porque la gente que sabe de gafas se da cuenta si son finas o no… María, María, ¿alguien me está necesitando abajo? María, venga, contésteme cuando la estoy llamando, porque me preocupo, es que estoy nervioso.  —Ya voy, don Norberto.  —¿Quién me está esperando? ¿Me está necesitando alguna clienta?  —No, don Norberto.  —¿Es muy impulsivo? ¿Se sale de quicio fácil? —le pregunto.  —Sí, mucho, me dan 80 ataques al día, pero al minuto se me quitan. (Las frases más vergonzosas de los políticos colombianos)
De esos 80 hay dos que me dan remordimiento. Quiero decir que casi siempre tengo la razón. Me cuenta que no duerme menos de diez horas, que se levanta antes de las siete y, haya o no haya clientas, a las ocho en punto de la mañana baja a hacer la primera ronda. Pude verlo por mí mismo: el día entero se la pasa de arriba abajo.
Sube a su penthouse, le da una vuelta, vuelve a bajar, habla con un empleado en su tocador, baja al primer piso, hace una parada rápida en la caja, cruza dos palabras con la recepcionista, saluda a una clienta, vuelve a subir… Si un artista tuviera que retratar al divo antioqueño tendría que tener especial cuidado al trazar su nariz respingada, sus cejas finamente delineadas, sus labios gruesos, sus pómulos altos, su quijada grácil y sus orejas grandes y flácidas, en una de las cuales lleva incrustados dos topitos de plata.  Le pregunto cómo fue su niñez.  —Encantadora —contesta—.
Tuve una niñez maravillosa, de muchos juegos en el campo… Nací en una familia muy común y corriente. Norberto Muñoz Burgos nació en Medellín el 17 de junio de… “no estoy seguro si de 1945 o 1946”, dice, con esa voz vigorosa, nasal, aguda y casi chillona que intimida un poco y al tiempo despierta simpatía en su interlocutor. Su padre, Armando Muñoz, patriarca machista y trabajador, dividía su jornada laboral entre la ebanistería y la contaduría, oficios que por años le reportaron doble estipendio a la numerosa prole. —Mi papá era un señor muy serio, pero a la vez muy querido con todos nosotros, muy amable con la gente.
Pero mientras yo iba creciendo se fue volviendo seco conmigo, tal vez porque suponía quién era yo y en qué me iba a convertir. Mariela Burgos de Muñoz era una dedicada ama de casa que nunca estaba en lugar distinto a su hogar, el mercado o la iglesia. Mi mamá era una mujer toda limpiecita, punto en blanco siempre, pendiente del detalle, muy bien puestecita, con sus cositas bien ordenaditas, con el esmaltico pulcro, los calzoncitos limpiecitos y planchaditos en el clóset.
Y así soy yo… Yo me veo mucho en mi madre… Y también soy géminis, como ella.  A los nueve años, Norberto fue acólito en la iglesia a la que lo llevaba su madre desde que aprendió a caminar. El bachillerato lo hizo en un internado masculino dirigido por sacerdotes. Como a los 12 o 13 años un curita me escogió para ser el peluquero del colegio, porque le había contado que desde hacía varios años les cortaba el cabello a los vecinos de mi casa. (La familia de asesinos que inspiró Tarantino)
Luego de casi una hora en la que no ha parado de hablar, suelta un alarido, dice que no ha desayunado y le pide a una de las Marías que nos sirva fruta. Se sienta a la cabecera de un comedor rectangular de seis puestos y me acomoda a su derecha. El sol se filtra por una imponente claraboya diseñada con retazos de vitral y a través de los resquicios que dejan unas voluminosas cortinas beige. Nubia nos trae dos porciones generosas de mango cortado en cubitos, arepas antioqueñas con queso rallado encima, café con leche y pan.
Norberto retira con escrúpulo una nata de su pocillo. Uno de sus diminutos perros, todavía en piyama, da vueltas a los pies del amo.  —Ya tenía tres diablos, pero quise este otro que me regaló un paisa. Como soy malísimo para los nombres, a todos les digo simplemente niños.  Le dice a Nubia (a “María”) que le traiga arepa al niño. A los perritos hay que decirles niños o hijos, porque a don Norberto no le gusta que les digan perros —me indicará en un rato Yuli, una empleada de la peluquer&iacute Los french poodle se llaman Tata, Toño, Beto y Niño. Los visten todos los días con camisetas de equipos de béisbol, chalecos y pantaloncitos de jean, y para Tata, la hembrita, falditas prensadas.
Por la noche una de las Marías se encarga de ponerles piyama. Norberto mete un pedazo de pan en el café, se lo lleva a la boca y dice: Hace 20 días me operaron las encías con láser, porque no se me veían bien los dientes, los tenía muy gordos… Queda uno tieso después de la cirugía y para comer es horrible porque no se siente la boca. Cuántas cirugías se ha hecho?
—Como 80 —dice, y se echa a reír—. La primera me la hice a los 42. Se levanta y me pregunta si me gustó la arepa. Entra al baño. Al cabo de un minuto sale, y entro yo. Es un baño cositero, con fundas de encaje para el inodoro, lleno de jaboncitos y toallitas enrolladas.
Cuando salgo Norberto ha desaparecido. Debe estar pasando revista en alguna sala de la peluquería. Salgo a buscarlo. Tres días después, en la recepción, su hermana Rosita, cuatro años menor que él, me cuenta que la primera ilusión de Norberto se llamaba Amparo, una vecina que lo volvía loco y a la que le enviaba cartas románticas por medio suyo. Le decíamos ‘la Pachulí’, porque el papá fabricaba en la casa unas fragancias que olían a perfume barato. Norbertico debía tener 12 o 13 años. Yo era la celestina que le llevaba las cartas a la niña. Rosita trabaja en la peluquería desde hace 30 años. (10 Cosas que seguro no conocía de Hitler)
Es una mujer de apariencia y trato discretos, un tanto distante y de mirada desconfiada. Cada vez que pasa frente a un espejo se revuelve los bucles de su larga cabellera dorada y se revisa el maquillaje. Norbertico era un niño inquieto, pícaro y curioso. Me acuerdo que cogía mis muñecas para jugar con ellas, las abría con un cuchillo de cocina y las enterraba. A los dos días las sacaba para ver qué les había pasado. El acento antioqueño de Rosita es tan marcado como el de Norberto.
En esto, y en las facciones y color de su tez, el parecido de los dos hermanos es evidente. A los 19 años, Norberto les notificó a sus padres su decisión de irse de la casa. Primero probó suerte en Cali, de donde lo despachó el aburrimiento a los dos meses de haber llegado. Pensó entonces que Villavicencio, una ciudad de la que le habían hablado bien últimamente, podría ser un mejor destino. A los tres meses de llegar a Villavo conocí a un amigo, un peluquero con el que me vine a Bogotá. Con ese hombre viví diez años, trabajé con él, y cuando nos separamos puse mi peluquería.
En 1972, el mismo año del nacimiento de Sábados felices y el Atari, D’Norberto Peluquería abría sus puertas en el primer piso de un edificio esquinero de la calle 49 con avenida Caracas. Era la época en que las mujeres usaban zuecos y zapatos de plataforma; botas y abrigos de cuero y pieles sintéticas; blusas y pañoletas vaporosas y brillantes; candongas y gafas de sol enormes; cinturones de charol; los populares trajes Safari confeccionados en satín; las glamorosas maxifaldas, que llegaban a los tobillos; las coquetas midi, que rozaban la rodilla, y las atrevidas mini, que mostraban casi tanto como los pantaloncitos calientes. Predominaban los motivos étnicos y coloridos en ropa y accesorios.
La moda masculina la imponían los driles y jeans bota campana, las patillas largas y frondosas hasta el mentón, las solapas y los cuellos anchos. Cochise, Misael Pastrana, María Eugenia Rojas (la Capitana), la actriz Dora Cadavid y la nadadora caleña Olga Lucía fueron los personajes del año en Colombia, según una selección hecha por la revista Cromos. Y entre los programas más vistos por los colombianos estaban Animalandia, La isla de Gilligan y las telenovelas Simplemente María y La ciudad grita.  Yo siempre andaba con la idea de hacerme famoso, de que me conocieran, de que la gente me viera en la televisión y en las revistas. Me gustaba ir a maquillar en eventos con diferentes firmas de maquillaje, y a peinar en tarima. (Un día en la sala de deportados del aeropuerto El Dorado)
Yo aceptaba esas invitaciones porque tenía el propósito de que me vieran… Y las señoras que iban a esos eventos se volvían clientas de mi salón. Su clientela se fue conformando de señoras del norte de Bogotá, novias, funcionarias públicas de niveles medio y alto, reinas de belleza, periodistas de renombre, actrices, mujeres de nuevos ricos y esposas de militares y diplomáticos que iban a hacerse la permanente, a cambiar de look con algún corte afro inspirado en la comedia musical Hair, o a que las maquillara esta estrella naciente de la incipiente industria del glamour en Colombia. Hasta ese momento el único salón de fama en Bogotá era la peluquería Triana —asegura Norberto.
En aquella primera sede, que llegó a tener 20 estilistas, no había sección de hombres. A Virginia Vallejo, una de las clientas más conspicuas, Norberto le comentó la idea de atender caballeros, y la vedette le dijo que le parecía de pésimo gusto que un macho la viera con mascarilla o con tintura en el pelo. Esta opinión, sumada a las de otras clientas quisquillosas, hizo que Norberto archivara la idea. La capacidad de trabajo de este estilista autodidacta —que se considera “un muchacho responsable, honrado y muy dedicado a la clienta”—, su concentración en el detalle, su proclividad al preciosismo, su pasión por la estética, su perfeccionismo melindroso (manda a botar un pocillo porque a cinco metros de distancia alcanza a verle un minúsculo desportillado), hablan de un hombre que siempre tuvo claro que no sería la típica loquita de barrio que montaría una peluquería de medio pelo. Un buen día, estando de paseo en Cali, me llegó el momento de conocer a Toño, que es mi amigo desde hace 34 años. Yo tenía 29 y un negocio, un apartamento y un carro propios. Nos presentó una amiga en común, María de Chávez, la dueña de Jolie de Vogue… Antonio era el hombre que yo necesitaba: joven, buen mozo, empresario. 
Al cabo de diez años en la 49 con Caracas, se trasladó a la calle 100 con 15. Yo sabía que si me iba a la 100 con 15 iba a ser el peluquero más famoso de este país. Allí, bajo el liderazgo administrativo de Antonio, empezaron a atender clientela masculina. En 1992, para la inauguración de la sede actual de la calle 109, que tras sucesivas ampliaciones hoy tiene 1800 metros cuadrados y un parqueadero con capacidad para 30 carros, botaron la casa por la ventana. Contrataron a Pacheco y a Claudia de Colombia como maestros de ceremonia y cerraron la calle para atender a plenitud a sus ilustres invitados. A Fernando García, un girardoteño de 47 años, Norberto le corta el pelo cada diez días.
Norberto es un personaje pintoresco, sin maldad, sensible, salido de lo normal, una persona cálida… Un tipo trabajador, ambicioso en el mejor sentido del término… Con Toño hacen un excelente equipo: Norberto es el artista y Toño el operario. Norberto crea y Toño ejecuta. Además de clientes y amigos, son vecinos: García tiene un almacén de muebles y una tienda de artículos para el hogar justo en frente de la peluquería. No dejo que nadie más me corte el pelo. Es muy gracioso dejarse peluquear por Norberto. Le jalona a uno la cabeza, le empuja el cuello, le coge el pelo duro y se lo estira… A veces no me cobra y eso me molesta… Cuando no vengo a peluquearme vengo a saludarlos, me invitan a almorzar, a tomarme un vinito o a subir al spa. Las tarifas de la peluquería, sin ser escandalosas, son de las más altas de la ciudad.
Corte y manicure para hombre: 43.000 pesos. Corte, manicure y delineado de barba: 75.000. Engallar de la cabeza a los pies a un cliente mayor de 40 años, que además de los servicios tradicionales solicite el cover five (matizado de canas), los masajes capilares y un pedicure en el spa, puede representarle a la caja registradora de Norberto unos 180.000 pesos. Es sábado. Norberto no está en la peluquería. La secretaria de Antonio me dice que la pareja viajó muy temprano a su finca en Melgar. En nuestra primera conversación, Norberto me había hablado de su casa de campo: De la antigua casa de Melgar ya no queda nada. Ahora es un palacio amurallado de tres pisos, espectacular, con ascensor, de un gusto increíble. Antonio quiere irse a vivir allá algún día. ?Entre las excentricidades de la finca hay, según uno de los amigos que ha pasado allí varios fines de semana, una discoteca, una sala de cine y un salón de masajes.
Miércoles 16 de junio. Norberto y Antonio están con los pelos de punta. Antonio imparte órdenes, regaña, manotea, pide un celular para llamar a confirmar un detalle de última hora. Le dice a una asistente que necesita que comiencen a arreglar el buffet. Hoy, como cada cuatro años, Antonio organiza un evento alusivo al Mundial de Fútbol, con medios y personajes de la farándula. En el parqueadero, a la entrada de una carpa enorme dispuesta para la ocasión, Antonio le pide al coreógrafo que organice a sus bailarines para un ensayo. 
Mientras tanto adentro, en la peluquería, Norberto camina de un lado para otro. Me dice que está nervioso. Ojalá esta sea la última vez que a Toño le dé por hacer estos eventos. No veo la hora de que se acabe ese Mundial. Acá todos andan pendientes de esa vaina. La pinta que Norberto ha escogido para esta ocasión consiste en tenis negros acharolados, pantalón de cuero negro, corbata delgada negra, chaleco de terciopelo negro y camisa blanca con cuello de pajarita y mancornas negras. Buena parte del personal está viendo el partido España-Suiza cuando entra al sitio la actriz Sara Corrales. Saluda a Norberto efusivamente. Viene a peinarse, a hacerse el pedicure y el manicure y a almorzar en el evento.
Qué gafas tan herrrrrrmosas! —le dice Norberto. Norberto no tiene escritorio, pero sí un tocador vistoso donde peina a sus clientas. Este trono, de uso exclusivo de este maestro del peinado y el recogido, consta de una moderna silla de peinar de cuero negro, un espejo con bombillos alrededor como el de un camerino de estrella y una serie de cajones donde guarda cremas y accesorios. Esta es su oficina personal, su podio con vista casi panóptica sobre la peluquería, desde donde imparte órdenes y se exhibe sin recato. Sobre el tocador hay un jarrón grande de vidrio con un arreglo floral de cartuchos, cuatro peceras redondas con agua y manzanas verdes adentro, una fuentecita eléctrica que simula una caída de agua que se ilumina de azul cada cinco segundos, y en el centro un ponqué rectangular con un plano en relieve que es la réplica en miniatura la fachada de la peluquería: con carritos de plástico, personitas de plástico y palmeritas de plástico, como las que adornan la entrada de este palacete que levantaron Antonio y Norberto hace 18 años.
Mire esta herrrrmosura de bizcocho. Me lo regaló Rosita… La señora que los hace es una artista, y a cada rato le encargan tortas para el Palacio de Nariño —me comenta. Se mira al espejo para arreglarse el flequillo. Me ofrece un jugo de mora. A los cinco minutos, en medio del ajetreo, coge un café con leche de una bandeja que iba hacia una clienta y me lo trae. No he terminado de tomarme el jugo pero le recibo el café.  Antes yo era amplio, ahora soy más bien tacaño ­—me dice—. La plata es muy difícil conseguirla para uno regalarla… Uno la regala pero a un pollo bien bueno, y eso… —y suelta una risotada. Desde su tocador le grita a Sara Corrales, que está un piso más arriba, que se deje peinar como Marilyn Monroe.
Por tratarse de un evento especial al que ha sido invitada para enriquecer el show publicitario de este mediodía, sospecho que Sara no tendrá que pagar los cerca de 300.000 pesos que suman el corte, la tintura, el maquillaje, el manicure y el pedicure que le están haciendo. Norberto sube al tercer piso, se sienta frente a un espejo para que Blanca Cecilia Escobar, una estilista que lleva 13 años trabajando en la peluquería y que dice admirar el liderazgo y las manos de su jefe, le aplique base en la cara. Vuelve a bajar a su tocador, abre un cajón auxiliar, saca un cepillo y se peina.
Otra estilista se acerca y le echa laca, mucha laca. El intenso olor me hace estornudar. Un sesentón de un metro sesenta sube al tocador de Norberto y lo saluda de beso en la mejilla. Viene vestido para la ocasión: blazer morado, camisa carmelita de seda, pantalón de lino negro entubado, corbata floripondia, gafas negras, copete al estilo Elvis, un anillo en cada dedo meñique y unos zapatos vinotinto, brillantes, puntiagudos, de una textura que parece piel de babilla. Le entrega un estuche pequeño a su, al parecer, viejo amigo. (Mi amigo de la infancia que jugaba mejor que yo)
Feliz cumpleaños, Norbertico —le dice. Pero si yo cumplo es mañana!?Norberto abre el estuche y saca un anillo de oro blanco con tres diamantes incrustados. Le da las gracias a su amigo con otro beso en la mejilla. Aprovecha que el hombre se aleja por un momento para decirme: Yo usaba anillos y pulseras de diamantes a los 20 años; usaba muchas joyas, pero ya no uso ni reloj —y guarda el estuche en un bolsillo de la chaqueta. A las doce y cinco en punto sale de la peluquería y entra, triunfal, a la gran carpa donde se lleva a cabo el evento.
Todos lo miran. Posa con Sara Corrales, con un actor que ha dejado de brillar, con una modelo, con dos actrices de segunda línea, con dos presentadores de programas de chismes, con una ex reina cuarentona. Después del buffet (róbalo en salsa de coco, cerdo agridulce y ensaladas de frutas y verduras) comienzan los bailes africanos con motivo del Mundial. Luego, Norberto sube a la tarima para que le canten el happy birthday por adelantado. Antonio también sube, lo abraza y le dice por el micrófono: —Te adoro, te dedico mi vida, y espero que cumplas muchos años más.?Antonio no ha soltado en todo el almuerzo un vaso de Chivas Regal. Norberto, en cambio, cuando coge una copa de champaña o de whisky de la bandeja de un mesero, es para llevársela a la mesa a alguno de sus invitados especiales.
Ya no tomo. Bueno, a veces sí me tomo unos vinitos, pero muy de vez en cuando —me dijo hace algunos días. Mañana, Antonio le organizará en el apartamento un almuerzo íntimo con amigos. Le traerá una serenata de música mediterránea con cuatro violines, tres guitarras y un acordeón. A diferencia de Norberto, Antonio Lozano Zaidn se abstiene de dar rodeos cuando de revelar su edad se trata. Es alto, de más de un metro con ochenta, robusto, mofletudo.
Tiene el pelo teñido de marrón y un arete en la oreja derecha. Se levanta todos los días a las cuatro y media de la mañana. —Es un trabajador incansable —me dice su secretaria—. Hay días en que don Antonio comienza a trabajar a las cinco en punto de la mañana. La madera de empresario se la heredó a su abuelo paterno, fundador de una floreciente fábrica de vestidos de baño que entre tíos y primos se encargaron de quebrar. Su padre, Carlos Lozano, fue un aventurero que se unió a una escuadra de paracaidistas del ejército norteamericano en la ocupación de Japón. Murió tratando de penetrar una recóndita mina de oro en el Chocó. Sus dos hermanos y su madre aún viven.
Nació en Cali hace 56 años, se crió en una finca en Jamundí y estudió Ingeniería Industrial en la Universidad Libre de la capital del Valle. Yo no quería que mi papá supiera que yo era gay, por eso cuando él murió me sentí libre, fue como una liberación para mí. Entonces, en abril del 77 me vine a vivir a Bogotá con Norberto. Antonio está al frente de la administración de la peluquería, que actualmente cuenta con cinco secciones: hombres, señoras, express, niños y spa. Además de los empleados del área estética, hay 30 trabajadores en las áreas de aseo, recepción, vigilancia y administración. En total, la peluquería tiene 240 empleados. Norberto y Antonio se casaron en el año 2000. Fue un juez al apartamento y en presencia de dos padrinos y 20 allegados se celebró la unión. (Carta a mi hija transexual por Nacho Vidal)
—Lo hicimos por razones patrimoniales —me explica Antonio—. Para que el día en que alguno de los dos falte el otro pueda heredar y no tenga que llamar a un testigo para que declare que vivíamos juntos… Teníamos una preocupación. Una vez, una hermana mía me insinuó que como ella era abogada podría tumbar un testamento para quedarse con lo mío. Y en otra ocasión oí a las hermanas de Norberto decir: “Lo que mi hermano deje será de nosotros”. Luego de oír esos comentarios de las dos familias empecé a indagar sobre nuestros derechos, e hicimos el primer matrimonio gay con base en sentencias de la Corte Constitucional. Ese primer matrimonio fue débil legalmente.
Luego, en el 2009, aprovechando una sentencia que permite legalizar el matrimonio de parejas del mismo sexo, nos volvimos a casar. Pero en esa ocasión no hubo ceremonia. Simplemente fui donde un notario para que hiciera una escritura pública. Qué lo enamoró de Norberto? Los detalles. Él es muy lindo. Hoy, por ejemplo, me buscó lo que me iba a poner. Me preparó la ropa que tengo puesta. Fue y me buscó la corbata, la camisa, las mancornas y me las puso encima de la cama. Si no fuera por él, hoy me habría puesto una camiseta o lo primero que me hubiera encontrado… Pero a mí también me gusta ser detallista con él. A veces le dejo el cepillo de dientes listo con la crema dental, o saco una flor de un florero y se la dejo encima de la almohada. Somos de muchos detalles. Todavía hay romanticismo entre nosotros.
Él me consiente y yo lo consiento, él me cuida y yo lo cuido. Nueve años menor que Norberto, Antonio es el responsable de las áreas financiera, contable y administrativa de la peluquería, y del pago de las cuentas de la casa. Norbertico no usa dinero, no tiene billetera, no tiene noción de la plata. Él nunca compra nada, todo se lo compro yo o alguno de los empleados. No paga nunca nada. Tú le das una moneda de 500 o un billete de 5000 y no sabe si es mucho o poco dinero, y te pregunta: “¿Con esto qué puedo comprar”. Él no sabe cuánto vale nada.
Cuando yo lo conocí era muy independiente, pero desde que empezamos a vivir juntos su economía personal la delegó en mí. Norberto no tiene celular, nunca ha tenido. Tampoco tiene computador. Y no sabe navegar por internet. Ya no maneja carro. Yo solo manejo las tijeras. Me gusta andar en taxi —me dice.
No tiene chofer. La lujosa camioneta de los Muñoz Lozano la conduce Antonio. Alfredo Karut me ofrece un cigarrillo en un balcón estrecho del tercer piso de la peluquería. Este estilista costeño de origen libanés lleva 25 años trabajando con Norberto. Llegué de Barranquilla a los 20 años a estudiar en la Cambridge de la estética en Colombia: la Escuela Superior Francesa de Belleza, que dirigía un mesié de apellido Duputel… Si tú querías ser un buen peluquero tenías que estudiar en la mejor academia de peluquería de este país, que era esa, por supuesto… Cuando cumplió 22 entró a trabajar a la sede de la 100 con 15. A diferencia de tantas peluquerías en Bogotá, esta es muy profesional, siempre lo ha sido.
Muchas peluquerías son chiquitas, en garajes, y en el baño guardan la cafetera, los cepillos… Todo eso ha influido para que en tantos años no me haya ido de aqu&iacute Alfredo atiende entre diez y 15 clientes por día. —Así un peinado le guste a la clienta o al peluquero, si a Norberto no le gusta se lo desbarata y lo vuelve a hacer a su modo… El peluquero se disgusta, pero la señora por lo general queda más contenta… A mí a veces me dan ganas de ahorcarlo, pero la verdad es que como jefe y compañero de trabajo es único, y como persona es un excelente ser humano. Él siempre está pendiente de todo… Habla muy duro, eso sí, y parece que estuviera peleando, pero no… Las reuniones, cada mes o cada dos meses, son largas y aburridoras, y pueden durar hasta tres horas. Norberto las lidera en la parte artística y Antonio en la parte administrativa… Eso es todo lo que te puedo contar, mi muñeco.
Apaga el cigarrillo en un cenicero alto de bronce y camina hacia su tocador. Norberto se acerca para preguntarme por enésima vez en qué revista es que va a salir este artículo. Le digo que en SoHo. Indiferente, asiente con la cabeza y grita: María, tráigale una limonada a Carlos.

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