Alguna vez debí exiliarme, alguna sentí volar de balas, alguna me tajearon la cara en una calle oscura; he estado en un par de guerras, en algún bombardeo de la Otan, en campamentos de las Farc, en docenas de parajes confusos y temidos. Pero nunca llegué a estar tan cerca de la parca como aquella tarde.

Fue tremendo: yo me llevaba a la boca una tajada de salmón ahumado, rosa intenso, y pensaba en la inmortalidad de los cangrejos, el lamido de un dogo, la música callada. El pasto era verde esmeralda, el cielo turquesa de celeste, el sol amable pastelito y a lo lejos la línea de los rascacielos centelleaba de vidrios y metales; entre ellos y yo, despliegue de muchachos, esplendor en la hierba. 



Eran las dos de la tarde en ese prado del Central Park de Nueva York: bajo árboles añosos, tortolitos se arrullaban y prometían amor en cuatro reencarnaciones sucesivas mientras se acariciaban el uno al otro las barbas bien cortadas; más allá, parejas miraban crecer a sus bebés con el orgullo de quien no entiende por qué el resto del mundo no entiende que ese niño es lo más grande que hubo nunca; muy despatarrada, una mujer de tantos años se frotaba las carnes blanquecinas con bronceador y el cuidado de un joyero suizo; gritando bajo para no molestar, ocho sudacas flacos pateaban una pelota redonda con la conciencia de estar borroneando la cultura ambiente; echados en lonas en el suelo, media docena de hombres y mujeres leían libros electrónicos con esa cara de superioridad satisfecha que últimamente ponen los hombres y mujeres que leen libros, aunque sean electrónicos; apoyado en un tronco, un hombre canoso miraba todo eso y más con el interés casi supremo de quien ya entendió que todo eso —y tanto más— podría suceder igual aunque él no lo mirara. Más lejos, otros pasaban caminando, patinando, trotando o pedaleando, con un silencio ligeramente aterrador. No creo que hubiera música; el DJ se habría olvidado en casa las canciones de Simon & Garfunkel, pero sonaban pajaritos, trinos. Yo, a todo esto, me llevaba a la boca una tajada de salmón ahumado, rosa intenso, y las aves cantaban dulce y suave, cuando cayó la rama. La rama no hizo ruido.

La rama medía más de tres metros de largo, diez centímetros de grueso y cayó con un silbido leve, casi amable, a un pie de mi pie izquierdo. Contra el suelo hizo un plop que atrajo todas las miradas: es raro verse resucitado en las caras de una docena de desconocidos. Fue un momento. Yo pensé que tenía que terminar de morder mi tajada rosa intenso y después desmayarme o llorar, según pidiera el público. La duda fue fatal, y seguí masticando. Alguien me había explicado que siempre algún peligro acecha en Nueva York, pero yo no había creído que fuera para tanto.

No creía; seguía sin creer; tardé más de medio minuto en aterrarme. Fue curioso: fui, poco a poco, perdiendo la cabeza. Hay gente que entiende los peligros rápido: que sabe asustarse de inmediato, en tiempo y forma. Yo suelo ser más bobo, más optimista, más lenteja; en todo caso, pasó un rato hasta que terminé de descubrir que esa rama había estado a punto de partirme la cabeza. De pronto, ese momento nimio, olvidable por lo agradable y lo banal, se volvió algo. Ese momento podría haber sido una tarde más o la última tarde; al fin no fue lo uno ni lo otro. Fue la tarde en que terminé de entender que la diferencia entre muy bien y muerto es nada, que las grandes consecuencias no siempre tienen grandes causas, que aquel señor pobre de él justo miró para el costado cuando venía ese coche, que nada nunca está garantizado, que hablar de sí mismo en tiempo futuro es una presunción intolerable, que no somos ni un poco, que lo barato sale caro. Fue la tarde, para sintetizar, en que la filosofía más berreta se adueñó de mi vida. Por eso, aquella tarde, saqué una foto para recordarlo: en ese prado de la imagen, mis queridos, es obvio que nunca podría pasar nada. Aquella tarde, en breve, supe que el mundo vive equivocado —y que, peor, no podría vivir de otra manera.

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