Seguro que no era mi turno cuando se registró. De haberla visto antes me habría acordado. Apenas llegué mi jefe refunfuñaba con la boca apretada porque aquí nadie está cuando uno lo necesita. Casi sin mirarme me entregó una bata de toalla y me pidió que la subiera a la diez cero seis. Yo asentí como un burro obediente, tomé la bata y me monté en el ascensor de servicio. Abandoné mi sumisión y mi sonrisa cuando me percaté de la soledad en medio de ese espacio de dos por dos en que iba y venía a diario. Llegué al décimo y caminé desgarbado. Hice como si cogiera a pata el cenicero que había en el corredor. Era mi venganza contra las lecciones de protocolo a las que tenía que asistir cada cierto tiempo en el hotel.

Cuando toqué a su puerta me di cuenta de que estaba abierta porque mi golpe la dejó entreabrirse. Entonces oí una música que venía del baño o, mejor, de ese potrero que era el baño de cada habitación en ese hotel pijo del demonio donde llevaba ya dos años cargando maletas y obedeciendo órdenes de gente profundamente inferior a mí en todos los sentidos, excepto en el de la jerarquía laboral. 

Iba a dejar la bata encima de la cama, pero entonces vi varios frascos sobre el edredón y, sin siquiera mirar si estaban llenos, me dirigí hacia el baño, de donde emanaba calor y esa música triste que meses después pude identificar (era Famous Blue Raincoat, de Leonard Cohen). Me creí el salvador de una princesa, pero entonces la adiviné en medio del vapor, estirándose como un gato en el sauna y alargando su cuello de un lado a otro. No iba a salvar a nadie. No quería salvar a nadie. Su cuerpo me hizo olvidar cualquier atisbo de caballerosidad o de heroísmo y en cuestión de segundos me encontré con los pantalones abajo, moviendo mi mano una y otra vez mientras mis ojos asustados la veían retorcerse de placer, ella también tocándose sin saber que detrás de la puerta estaba el desocupado morboso que era yo. 

Lloraba, o al menos eso parecía, pues las caras de placer y de dolor de una mujer se asemejan tanto que no se pueden distinguir. Sentí su olor animal, me imaginé entre mis manos sus tetas resbaladizas por el sudor y su vientre apretado bajo el peso de mi cuerpo. En poco más de tres minutos me estaba viniendo como cuando me encerraba en el baño de mi casa a los catorce años y me follaba todos los coños de una edición completa de la Playboy. Temí ensuciar mi uniforme, y aún más el piso de su habitación. Con las dos manos traté de contener todo el semen y me vestí como pude. Salí aterrado de lo que acababa de hacer. Volví a mirar los frascos sobre la cama antes de salir de la habitación y ya en el corredor pude jadear como hubiera querido hacerlo durante los minutos en que su cuerpo estuvo bajo mi mirada lasciva. 

Sabía que si lo innombrable llegaba a suceder me iba a sentir culpable toda la vida. Recordar la escena de placer ante esa muerta viviente era un acto prácticamente necrofílico. No pude dejar de pensar en ella todo el día y cada vez que el ascensor se abría en el lobby esperaba verla aparecer. Yo no había sido capaz de salvarla de ella misma, pero le rogaba a un dios en el que no creía que algo la hubiera detenido. Tuve que irme a casa a la madrugada sin tener noticia alguna. Me acosté, olvidé el peso de los frascos sobre la cama y volví a hacerme una paja, esta vez más larga y pausada, pensando en su cuerpo mojado, en sus ojos perdidos, en su coño apretado, en su culo delicioso.
Al día siguiente volví a mi rutina de mierda y me prometí borrarla. Entrada la tarde yo estaba mirándome el dedo chiquito. Lo tenía rojo porque se me resbaló una maleta de la mano esa mañana. La puerta del ascensor se abrió como por enésima vez. Ahí estaba ella, como una bailarina de ballet, con el cuello descubierto y el pelo recogido en una moña. Lo que más me atrajo desde la primera vez que la vi fue su cuello. En ese momento tenía el mentón pegado al pecho y su nuca sobresalía sobre todas las cosas. Ni todos los cisnes del mundo, ni todos los flamencos, ni todas las jirafas se habrían equiparado jamás con el espectáculo de su cuello erguido. 

Justo después del tin que suena cuando llega el ascensor oí cómo tomaba aire en un suspiro, levantaba la cabeza, se reincorporaba y salía. Quise creer que venía hacia mí con su pelo mojado y la cara recién lavada. Nunca intenté saber su nombre por la vergüenza que me embargaba. Olvidé mi dedo meñique y me la grabé toda en la cabeza, por si salía muy rápido y no volvía a verla. Sus ojos conservaban todavía el maquillaje corrido de la noche anterior. 

Era cierto que venía hacia mí. Me temblaron las piernas. Cuando estuvo cerca noté que tenía los ojos encharcados. Sus lágrimas se resistían a salir y seguro no podía enfocar bien, porque parecían una piscina a punto de desbordarse. Entonces tuvo que pedirme que le consiguiera un taxi y su voz, una voz honda y grave, se quebró. Nunca he sentido que alguien me necesitara tanto. Fue a tumbarse en un sofá del lobby, muy cerca de donde yo llamaba el taxi. Sus lágrimas empezaron a salir en un silencio mustio que no fui capaz de romper. Habría podido preguntarle si estaba bien, pero hacerle esa pregunta a alguien tan derrumbado era francamente tonto. Lo que necesitaba de mí era un taxi, nada más.

Empecé a dar los datos y entonces me preguntaron que a nombre de quién el servicio. Tapé el auricular con una mano y le pregunté con mucha prudencia: “Su nombre, señorita”. Ella miraba hacia ninguna parte y no se dio cuenta de que le hablaba. Seguía llorando, sin gemir, sin moverse, casi sin parpadear. Ni siquiera se limpiaba las lágrimas, solo las dejaba caer y de vez en cuando se chupaba los pómulos como haciendo un puchero muy sutil. Me pareció inútil volver a preguntar, así que le inventé un nombre a la operadora. Luego me acerqué y le dije que en cinco minutos llegaba el servicio. Ella salió de su ensimismamiento por un segundo y me dijo gracias como si le hubiera salvado la vida. 

Pasó una eternidad mientras llegaba el taxi. Era tan linda que aunque llorara no podía quitarle los ojos de encima, así que la miraba de reojo para que no se sintiera observada. No quería que hubiera la más mínima posibilidad de establecer contacto visual. Yo sabía algo que ella no sabía que yo sabía. Le había ganado una batalla a la muerte o quizás había perdido otra una vez más contra la vida.
No necesitaba saber por qué ni qué pasaba más allá de eso para acompañarla en su dolor. Lo que había surgido como el más ramplón de los morbos iba convirtiéndose poco a poco en una solidaridad sin condiciones. Me hubiera gustado acercarme, sentarme a su lado y consentirle el pelo empapado. A lo mejor cogerle una mano y llevar su cabeza a mi pecho para luego decirle que todo iba a estar bien. Pero me encontraba ahí, paralizado ante su llanto, queriendo callar a gritos al pianista del bar, que tocaba esa cursilería desagradable de New York New York que ella no merecía. Yo sabía perfectamente que nada iba a estar bien para ella esa noche. 

Cuando el taxi llegó le avisé con una mueca. Ella se paró del sofá y, antes de desaparecer para siempre en el Chevrolet amarillo que la esperaba en la puerta, volvió a decirme gracias desde la entraña, con la voz aún más quebrada y ronca. Nunca nadie me había necesitado tanto. 

Volví a oír la canción de Cohen meses más tarde, ya liberado del peso insoportable de las maletas y el protocolo. Supe que la letra no tenía nada que ver con su tristeza y me pareció casi imposible volver a venirme oyendo algo tan denso sin su piel. La recordé justo en esa línea que dice “that night that you planned to go clear” y me pregunté “did she ever go clear?".

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