Aunque yo ya tenía seis hijos, lo cierto es que quería una familia aún más grande. Por eso me hice implantar ocho embriones fecundados con el esperma de quien era mi pareja en ese momento. Durante el tiempo del parto cualquier cosa puede pasar, así que haber logrado que mis ocho hijos nacieran bien, sin problema alguno, fue maravilloso. Tengo entendido que es la segunda vez que nacen octillizos en Estados Unidos, y que el anterior caso fue en 1998.

Mi primera ecografía fue tomada a las tres semanas de embarazo aquí en Los Ángeles, donde vivo, y el médico me dijo: "Esto no se ve bien, ni normal"... Claro, me asusté porque no sabía lo que pasaba, entonces pedí una segunda opinión. El segundo doctor fue más bien indiferente. Solamente me miró y me preguntó: "¿Cuántos embriones te implantaste?". Cuando le dije que ocho, me dijo: "Pues bueno, parece que ahí están todos", y salió de la habitación sin decirme nada más.

A los cuatro meses, todo parecía indicar que venían en camino siete bebés. Fue difícil y tuve mucho miedo. Lo máximo que gané en peso durante mis anteriores embarazos fue, a lo sumo, 35 kilos... ¡pero con los octillizos subí 80! Mi barriga estaba gigante, la gente se quedaba mirándome aterrada. A los seis meses todavía podía salir de compras, debía resistir de pie todo el tiempo que pudiera para poder ver por mis otros niños. Lo único que no quería era hacerles daño a los que venían en camino. Una semana antes del parto le conté al padre de los niños que el embarazo era múltiple, ante lo cual se atemorizó, y dijo que no iba a hacerse cargo de ellos por ahora.

Todos mis anteriores partos transcurrieron sin eventualidades, pero en este caso los médicos sabían que ni ellos ni yo íbamos a poder resistir los nueve meses que dura la gestación, así que programaron una cesárea a los siete meses, en enero de este año. El día del parto yo estaba muy nerviosa porque adivinaba el dolor que estaba a punto de vivir. Tres doctores fueron las cabezas de la cirugía pero, en total, hubo como 50 personas, entre enfermeras y médicos, en el quirófano. De nada sirvieron los medicamentos que me dieron para anestesiarme porque igual sentí un dolor increíble. Me hicieron un corte muy profundo y horizontal (que se nota menos que el de una cesárea convencional, gracias a Dios), de un extremo a otro de la cadera. Fue casi como si estuvieran arrancándome las entrañas y yo, despierta, viéndolo todo. Di a luz a seis niños y a dos niñas, que pesaron entre 820 gramos y un kilo y medio.

Los gastos mensuales por el mantenimiento de los niños se acercan a los 30.000 dólares, y no estoy contando a los otros seis. Cada uno gasta aproximadamente diez pañales al día, es decir que se van 80 pañales diarios, más los que usan mis otros dos hijos menores, y aunque los octillizos acabaron de entrar a la etapa en la que pueden comer más cosas, gastamos varios galones de leche a la semana. Casi toda la ayuda económica la he recibido de amigos, y cuento además con el apoyo de cuatro niñeras que trabajan muy puntuales. Están perfectos: se revuelcan, balbucean y se ríen. Nadie podría adivinar que nacieron de manera prematura.

Tengo 34 años. Con todo lo que ha transcurrido en estos meses me he sentido como obligada a crecer y madurar. Amo a mis hijos. Todo lo hago por ellos, son mi vida.

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