Ahí estaba la sangre que acude a la herida sin que nadie la llame, como escribió un viejo poeta olvidado de mi pueblo. La sangre escandalosa e íntima que hace brotar el bisturí de mi hija, que rasga la piel con la facilidad con que se oculta un cuerpo desnudo en las sombras. Entonces para contener el aliento, pero sobre todo para no cometer la estupidez de desfallecer allí en la sala de cirugía, traté de pensar en un jardín de hortensias, junto a un riachuelo cristalino, como tontamente recomiendan los siquiatras en el diván. Pero lo que pensé fue en un cráneo amarillento, una real calavera humana, que jamás he podido expulsar de mi apartamento. Mi hija Álida lo llevó a la casa y creo que se lo prestó o se lo regaló una compañera de Medicina en la Universidad del Rosario. La llevó cuando cursaba el primer semestre, en aquel año de apagón durante el gobierno de César Gaviria. Fue en ese viernes en que llegué a las cuatro de la mañana, después de una muy animada fiesta con periodistas, y cuando intenté entrar furtivamente me tropecé en la sala con ella, que estudiaba, clavada frente a un voluminoso libro de anatomía abierto y dos cirios que iluminaban el libro y el cráneo. Como una escena de un cuento gótico de Edgar Allan Poe. Qué vergüenza de padre, llegar así de festivo al amanecer de un viernes y encontrar a la hija en semejante rigor de ultratumba. Le pregunté que ese cráneo de quién era y me contestó que tal vez de un viejito porque no tenía dientes. A partir de esa madrugada y durante más de once años, ese cráneo del viejito ha permanecido por ahí en la casa. Mentalmente lo bauticé Francisco porque se parece a un anciano llamado don Francisco. Me he tropezado con él en el baño, en la biblioteca, en el clóset, incluso en la cocina. Aunque no lo crean, una vez me lo encontré encima de ese tomo antiguo, empastado en hule y de papel biblia, que recoge las obras de Shakespeare y donde obviamente está la historia del príncipe Hamlet y su To be or not to be frente a la calavera legendaria. Durante estos años imaginé cómo habrá sido en vida don Francisco, cuántos hijos tuvo, si fue boyacense o tolimense, cómo murió y de qué color eran sus ojos y si aún vivía algún hijo o pariente suyo. Durante semanas o meses sentí cariño y compasión por ese cráneo de don Francisco, pero también durante años, temor y hasta rabia, como en aquella ocasión en que llegué también en la madrugada y encontré el cráneo de don Francisco en el vestíbulo: esa calavera real, entre patibularia y burlona que me miraba acusadora... Era como el hecho real de la vida y la muerte, de hueso pulido, siempre rodando por entre tantos libros de literatura y obras de arte que son apenas una ficción de la vida y la muerte. En los días de desamor traté de expulsarla de la casa y negocié con mi hija y le solicité que la lleváramos a algún cementerio lejano o alguna sala de anatomía para otros estudiantes, pero ella siempre se empecinó en conservarla, y ni siquiera valió el último y extemporáneo viaje con su hermana Diana a Disney World para convencerla de que sacara de la casa a don Francisco. Pasaron los años y don Francisco siempre ahí, lo mismo que un cerebro entre ese frasco lleno de formol o un músculo como un rejo y otras cosas así, que son comunes en una casa donde hay estudiantes de medicina....
Y ahora, el bisturí que rompe la piel y la sangre que acude a la herida. La mano leve de la cirujana plástica que corta el cuerpo y el músculo tan blanco que florece y tal vez más abajo el hueso duro, vivo, de una señora sin nombre para mí, tan lejana del hueso del cráneo muerto de don Francisco. La hija de uno profanando un cuerpo, el bisturí que se profundiza más, la sangre que fluye con alarma, las enfermeras, la instrumentadora, el anestesiólogo, todo en una danza armónica pero tensa, siempre a la espera. Hay un concierto monorrítmico y monótono entre la respiración balbuceante de la paciente y ese tictac de la anestesia, que es como el sonar de un viejo submarino.
El tiempo no existe para ella mientras trabaja sobre un cuerpo calmo e indefenso. Otro poeta, el español Miguel Hernández, escribió que el destino de todo cuerpo es otro cuerpo, y tal vez habló de la pasión humana, pero ahora el destino de este cuerpo está en manos de la cirujana plástica. Mientras seguía trabajando con ese rigor silencioso de remover músculos aquí, cortar piel allí, insertar allá, recordé la tarde en que le pregunté qué era realmente lo que quería estudiar. Me contestó: "En el colegio mis amigos creen que voy a ser periodista, porque soy hija suya y porque tengo algún talento para escribir. Pero viéndolo a usted hablar tanto chisme por teléfono, creo que esa profesión no es tan seria, y por eso voy a estudiar medicina".
Me quitó un piano de encima. En ese momento pensé que por fortuna había pesado más ese maletincito de juguete de médico que le traje del viaje para cubrir los 86 días de bombardeo a Beirut para El Tiempo, que tantas noches de palabrería sobre el sexo de los ángeles, los jardines que se bifurcan de Jorge Luis Borges y otras mil y una noches bizantinas. O la conversación que tuvimos a la una de la mañana del 15 de noviembre de 1986, hace exactamente veinte años, cuando ella tenía apenas trece años. A esa hora le conté que acababa de escribir también para El Tiempo la historia de la niña Omayra Sánchez, que en ese momento estaba atrapada entre el cemento y el hierro y el fango en algún lugar de Armero. Le conté que era pequeña y morenita y que se parecía a ella y que tenía sus mismos trece años y que seguramente iba a morir en esa noche porque ni siquiera Dios podía hacer algo por ella. Le conté todo, muy despacio. Afuera llovía. La acompañé hasta la cama. Me preguntó si esa noche Omayra podría dormir un poquito. Le conté que la había escuchado cantar entre el lodo, pero que con toda seguridad no podía dormir en esa noche porque tenía el agua hasta el cuello. Miramos las cobijas mullidas sobre la cama. Afuera, ahí en Bogotá, arreciaba la lluvia. Allá en Armero seguramente también llovía. Y entonces nos pusimos los dos a llorar. Solo los dos, y nadie lo supo, gracias a Dios...
Pero esa es la historia de un pequeño y valiente cuerpo. Ahora otro cuerpo, si no viejo por lo menos castigado por la vida, estaba ahí, sobre la camilla de cirugía. Ella continuaba trabajando y tampoco cesaba el sonar de la anestesia. El tintineo de los instrumentos quirúrgicos. El siseo de la respiración. La sangre se aleja derrotada y entonces el cuerpo es como un lienzo en blanco donde se da la cita entre al arte y la medicina, porque la imaginación y la destreza de la mano de la cirujana se encuentran con el sentido de la estética y la técnica quirúrgica. Es como si la herida restañara para siempre, lo dijo César Vallejo en un día de París con aguacero, y el cuerpo se reconstruyera para su nuevo destino. Vi allí en ella, como en todos los médicos del mundo, la providencial capacidad de horadar los cuerpos y después recomponerlos para mejorar la vida, aunque jamás para derrotar en forma definitiva a la muerte...
También en esos momentos, al verla tan atareada en recomponer y perfeccionar con rigor de relojero esa parte de ese cuerpo, recordé la tarde en que por casualidad fui a visitarla cuando hacía su año rural en un pueblo de zona roja de violencia. Era domingo y conversábamos apaciblemente, pero de pronto cambió todo. Llegaron corriendo dos policías con el indigente del pueblo al que acababa de pasarle un carro por encima. Era un anciano, aplastado también por sus 90 años y la dureza de la calle. Ella comenzó a atenderlo con toda decisión, pero media hora más tarde llegaron con una mujer que registraba un caso de parto prematuro y complicado. Estaban los dos pacientes en las dos camillas vecinas. El anciano moribundo y la mujer a punto de dar a luz un bebé. Un bebé que nacía, pero en forma muy precaria, en un parto complicado. Un bebé que había que reanimar, y un anciano que agonizaba. Era para ella el gran dilema: a quién atender primero. La vi mirar al anciano muriendo y a la mujer que gemía y al bebé sangrante que debía ser reanimado. Entonces la vi tomar la decisión, y me ordenó que sostuviera en la mano y en alto el frasco del suero conectado al anciano y entonces la vi trabajar sobre el bebé y se escuchó su llanto poderoso de vida y el anciano se quedó quieto, muy quieto, todo muertecito, mientras yo sostenía el frasco de suero. Lo recuerdo como la visión de un muertecito y de un ramalazo de vida, en un pequeño hospital de zona roja, donde la vida vale menos que la muerte. No lo recuerdo como el acto heroico y épico que todo padre suele ver en sus hijos, sino apenas como una pequeña gran decisión de vida o muerte en un lugar remoto de Colombia.
La llevé al kínder, al colegio y a la universidad. Ahora la veo operar. Porque pasaron los años y pasaron las horas. Pone los últimos puntos de una sutura tan elaborada que hace difícil aceptar que debajo de esta superficie de plenitud estética aún esté vivo el horror de la herida. Termina la operación. Este cuerpo, un cuerpo humano considerado sagrado por las culturas más profundas de la historia del hombre, regresará a trasegar por su destino. No se puede exagerar afirmando que en esta oportunidad se ha salvado una vida. Para todo hombre o mujer es suficiente la certeza de vivir más y mejor.
La ropa de médico es liviana, muy liviana, como una piel de mariposa. Fue para mí apenas una experiencia memoriosa, una sensación pasional, una larga hora de ver acudir y desaparecer la sangre, de conocer la entraña de la carne viva, de ver los músculos desnudos, casi el hueso palpitante. Después, más allá, sobre la cadera marcada con tiza, arrancar otra piel y después el largo y minucioso proceso de reconstruir tejidos, pulir superficies y, después, muy sutilmente, ver resurgir el cuerpo con renovada esperanza de vida. Ella, Álida Santamaría, mi hija la cirujana, se queda allí, en el fondo del pasillo, rumbo a otro quirófano...
Regresamos en el atardecer a nuestro propio y anónimo destino. Abrimos la puerta de la biblioteca. Todos los libros de la mejor literatura universal, desde el viejo Cervantes hasta los alcahuetes Conrad o Hemingway. Todos dijeron lo mejor de sí sobre la vida y la muerte. Pero es la muerte solo en palabras, aunque sean hermosas metáforas como la de Marlowe viendo el horror en lo profundo de la selva, en El corazón de las tinieblas, o Robert Jordan esperando la parca frente a su cañón, en Por quién doblan las campanas. Esa es la bella, pero falsa muerte. La otra, la real, está en los quirófanos, esos anónimos y pobres y suntuosos o tecnológicos quirófanos donde opera todos los días mi hija o tu hijo y todos los médicos de Colombia y del mundo. Y la más verdadera de todas las muertes, la de Omayra Sánchez, allá en Armero, hace veinte años, en su agonía de lodo.
Al encender la luz, ahí aparece el cráneo de don Francisco. Y ahora que ella se casó y se fue de la casa y tuvo a mi nieta Gabriela y anda operando por ahí por la ciudad, solo me queda de ella este cráneo de don Francisco. ¿Quién fue él?, ¿tendría hijos?, ¿sería un campesino o un oficinista?, ¿cómo murió?. Ahora yace su cráneo sobre el gran tomo de En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust.

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