Abrí los ojos en la oscuridad. El silbido trémulo de un tinamú me anunció que el amanecer se acercaba. Hace unos días duermo en la escuela de la comunidad indígena de Boyahuasú, en el trapecio amazónico de Colombia, porque hago parte de una evaluación ecológica rápida que se llevará a cabo durante once días para calcular la diversidad de fauna y flora de la zona.

En total somos 20 personas, entre científicos y miembros de la comunidad indígena tikuna, cumpliendo esta travesía, y cada uno se dedica a una tarea diferente. Yo soy ornitólogo, es decir, me dedico a observar y a estudiar aves, y Colombia es el país con mayor riqueza en estos animales. Durante la expedición, mi tarea es encontrar la mayor cantidad posible de unas 600 especies que viven en esta región.

Son casi las 4:00 de la mañana, y si quiero ver todas las especies que me propuse contar, debo levantarme muy temprano. Salté de la hamaca en silencio para no despertar a los compañeros que habían regresado del monte después de la medianoche, tras una búsqueda de ranas, lagartos y serpientes, y no era justo que un pajarero madrugador los sacara de sus sueños a esas horas.

Salí del mosquitero y, como a los zancudos no les gusta el almizcle de ornitólogo, me vestí con la ropa húmeda y maloliente del día anterior. Recogí el equipo antes de salir para el embarcadero y me encontré con mis compañeros de esta jornada: el conductor de la lancha, el coinvestigador local —un pajarero tikuna que conoce como nadie las aves de la región— y una joven que hacía sus primeros vuelos de naturalista amazónica.

El peque-peque del motor apagaba los sonidos de la selva nocturna, y mientras llegábamos a la primera estación de trabajo inspeccionamos que tuviéramos todo lo necesario para hacer nuestro trabajo. Primero, lo esencial: un par de binoculares para cada uno sin los cuales nuestro oficio sería casi imposible. En el fondo del bote, sobre una capa impermeable, protegemos dos cámaras fotográficas, tres machetes, la grabadora con el micrófono unidireccional para grabar los cantos de los pájaros o cualquier sonido que encontremos y libros ilustrados con las aves de Colombia, Perú, Ecuador y Brasil que nos sirven de guía.

Mientras tomaba muestras de sonidos con la grabadora a esa hora, los demás esperaban en silencio para que el registro de los pájaros, todavía invisibles, pudiera identificarse en el laboratorio.

Luego, amaneció. Iniciamos un lento recorrido por una trocha que abrimos el día anterior. Las aguas y los árboles bullían de insectos y por eso una horda de aves se afanaba tras ellos cazándolos al vuelo, saltando de rama en rama o escarbando en la madera podrida. Había carpinteros, cucaracheros, pájaros hormigueros, atrapamoscas y chamiceros buscando su alimento. Como muchos de ellos no se dejaban ver, era necesario aguzar el oído para distinguirlos en la cacofonía del sotobosque.

Hicimos una pausa para tomar café negro y comer mandarinas, pan y huevos duros, mientras hacíamos las primeras anotaciones en la bitácora antes de continuar la navegación bordeando caños y lagunas, atentos a cada movimiento. A nuestro paso espantábamos de las orillas a una multitud de garzas, colimbos, cormoranes, patos aguja, pollas de agua, gallitos de ciénaga, martines pescadores y patos reales. De vez en cuando, un revolotear de gaviotines anunciaba la presencia de los delfines rosados. Todo el tiempo nos acompañaba el estruendo de loras, pericos y guacamayas que volaban sobre la selva.

En un árbol frutecido, una multitud multicolor desayunaba, siguiendo cada ave las normas de etiqueta de su especie. Mientras los tucanes tomaban las pequeñas bayas con la punta de sus picos antes de lanzarlas al aire para tragarlas enteras, los trogones y las cotingas las arrancaban al vuelo. Las pequeñas tangaras picoteaban en medio de los racimos y mientras comían, los loritos dejaban caer sobre nosotros una lluvia incesante de cáscaras y semillas.

Pasaban las horas y a medida que el calor aumentaba, aparecían las gualas, los gallinazos y las grandes rapaces. Nuestra lista aumentaba poco a poco y después de tres días de recorridos por agua y tierra nos acercamos a las 300 especies registradas, demostrando una vez más la riqueza indescriptible de la biodiversidad en este remoto rincón de Colombia.

Al caer la tarde, volvimos al campamento, pero no del todo satisfechos, porque queríamos descubrir hasta el último bicho emplumado que pudiera existir en estas selvas. Era la hora de bañarse y ponerse ropa limpia y seca y de compartir, con el sancocho de pescado, las historias del día con los compañeros que a esta hora se preparaban para la jornada de la noche. A la luz de la linterna consignamos meticulosamente cada hallazgo en la libreta, antes de caer rendidos en las hamacas para empezar en pocas horas un nuevo día.

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