El hombre estaba esperando que la mujer le pagara. El único atractivo del sujeto era su juventud. Ni siquiera muy cuidada. Detrás de la cincuentena de años de la mujer, en cambio, se ocultaba una belleza que indudablemente había sido. Su cabello, extrañamente rubio, lucía apelmazado, grueso y seco. El rostro llevaba arrugas amplias y nobles. Y la boca, generosa, resultaba sensual. Ni siquiera el buscar entre sus ropas, semidesnuda, el dinero para pagar al prostituto, la convertía en un ser opaco. Quería honestamente pagar por aquellos instantes de placer que le habían brindado, pero no encontraba el dinero.

—Si pretendes engañarme… —dijo el muchacho.

—Te juro que había dejado aquí el dinero —argumentó la mujer.

Por un instante, la mujer sospechó que quizá el propio muchacho, cuando ella le ofreció su espalda, había aprovechado para robarla. Pero en tal caso, ¿qué remedio? Tal vez le pegaría y se llevaría lo poco de valor que restaba en la casa. Con un poco más de suerte, le haría el favor de matarla.

—Se lo contaré todo a tu marido —dijo por fin Nazareno, el prostituto.

Julieta primero lo miró perpleja. Y luego estalló en una carcajada.

El prostituto le cruzó la cara de un tremendo cachetazo. Julieta paró de reír, y lo miró con admiración. En su rostro, todavía flotaba el resto de una sonrisa. De pronto supo que aquel muchacho no le había robado.

—¿De verdad se lo quieres contar a mi marido?

El muchacho la miró violentamente, en silencio.

—Él te pagaría el doble por escuchar —remató la mujer—. Creo que volvería a tocarme si supiera que alguien me ha tocado, aunque sea por dinero.

El muchacho chistó. No quería hacerle daño a la vieja. Tenía que seguir trabajando: solo quería cobrar y marcharse.

—¿Por qué me has llamado Romeo? —preguntó.

—¿Cuándo? —preguntó ella, como si lo hubiera olvidado.

—Cuando te pusiste en cuatro patas, cuando aferraste el respaldar de la cama, cuando me pediste que te sometiera… ¿por qué me llamaste Romeo?

Julieta sonrió. Esta vez con una sonrisa triste. Una lágrima le nubló el ojo izquierdo.

—Te pagaré el doble —dijo la mujer—. Si me permites no responder.

—Ni siquiera me has pagado lo que corresponde —respondió Nazareno—. Al menos cuéntame la historia mientras piensas con qué pagarme.

Julieta se pasó la mano por la boca. ¿Acaso la vieja quería impedir que se marchara

, pensó Nazareno. En ese caso, no dudaría en golpearla hasta que le pagara. La idea lo excitó. Pero entonces ella dijo:

—¿Puedo pagarte con mi historia?

—Estás loca… —dijo Nazareno.

—Te la contaré, y tú decidirás.

—Ya lo he decidido: págame.

—Te la contaré mientras sigo buscando el dinero. Yo soy Julieta Capuleto.

Ahora fue Nazareno el que estalló en una carcajada.

—Y yo soy Romeo Montesco —gritó.

—Te le pareces más de lo que imaginas. Aunque (echó un vistazo a sus calzas), lo aventajas en ciertos aspectos.

—Todas las Julietas creen ser Capuleto. Pero la única está muerta y enterrada. Yo he visto su tumba, e incluso le he dejado flores.

—Muerto está el tuyo también, luego de que me lo has enterrado. Y sin embargo, bien lo sabes, en menos de una hora se levantará. ¿Por qué no podría resurgir yo de la tumba fría?

El muchacho sonrió ante la lujuriosa audacia de la vieja.

—Igual que tú, él no me amaba.

—¿Ah, no? —preguntó con sorna el muchacho. La vieja había dejado de buscar el dinero por la casa. Y el muchacho ya quería escuchar hasta dónde llegaba su locura. En verdad, necesitaba más de una hora para recuperar el vigor. Y no le vendría mal un descanso. Comenzaba a creer que el marido efectivamente le pagaría más si se enteraba de lo sucedido.

—Nunca me amó —dijo Julieta—. Su verdadero amor era Rosalía.

—¿Rosalía? La mujer de la que hablaba a Mercurio. Apenas si lo atrajo…

La historia era conocida por cada uno de los habitantes de Verona. Ricos y pobres, estudiantes e iletrados. Era el verdadero escudo de la ciudad, su decreto y su palacio. La historia de Romeo y Julieta era de todos.

—La conoció en una fiesta, igual que a mí. Pero ella era mucho más sabia: conocía de hombres y no se les entregaba. Primero exigía seguridad: compromiso, presentación de parientes, matrimonio. Todo lo que yo pasé por alto en cuanto lo vi.

—Y también él —se sumó al juego, sin creerlo, Nazareno.

—No. Era muy distinto. Él era un hombre, y yo una mujer. Rosalía lo traía loco, y yo le entregué el resto. Lo que ella le negaba, yo se lo di.

—Y sin embargo —dijo Nazareno—. La historia cuenta que Romeo la desposó, contra toda conveniencia, y se mató al saber que usted había muerto.

—Romeo me desposó, es verdad, después de haberme poseído.

—¿Para qué habría de desposarla si, como dice, usted ya le había entregado su virtud sin compromiso?

Súbitamente, Julieta se puso en cuatro patas, en el piso. Alzó su pollera. El muchacho se sintió sobrepasado por un nuevo vigor. Pero debía llevar el dinero al fin del día: en casa lo esperaban su concubina y sus dos hijas. Estaba obligado a conservar el vigor para su próxima clienta, que pagaba en contante y sonante.

—Ya recordé dónde tengo el dinero —dijo Julieta al ver que Nazareno dudaba—. Lo tocarás si sabes buscar.

—Ya he estado allí, y no estaba —sonrió Nazareno.

—Más adentro, quizás —sugirió lasciva Julieta.

—Cuénteme la verdad —dijo por fin el prostituto—. Luego hablaremos del dinero.

—Me desposó porque odiaba a sus padres, no porque me amara.

—Ja. ¿Y por qué habría de odiar a sus padres?

—Ja —lo remedó Julieta—. Porque era un adolescente. ¿Por qué odian los adolescentes a sus padres? ¿Por qué se revelan los príncipes contra sus propios palacios? ¿Por qué las princesas están tristes? ¿De dónde vienen los santos y los mártires? Yo también odiaba a mis padres a los 15 años.

—¿Y ahora? —preguntó el prostituto, notando que la erección no cedía. (Julieta continuaba en cuatro patas, y le hablaba por encima del hombro).

—Ahora ni siquiera los recuerdo —confesó Julieta—. Romeo quería ser libre.

Gozar de dos riveras de un mismo río al mismo tiempo: desflorarme y escuchar el chillido de sus padres al verlo casado con la casa enemiga.

Nazareno gimió de deseo. Pero se llamó a sosiego. ¡Debía el cocido en su casa! Ni por un instante creía que aquella vieja loca fuera la Capuleto. Pero narraba la historia con semejante desencanto y desenfado que lo enervaba más que si fuera cierta. ¡Vieja puta y mentirosa!

—Pero ese odio adolescente por los padres dura aún menos que el amor —dijo Julieta—. Lo importante es no hacer nada irreparable mientras dure. Hay jóvenes que mueren de odio contra sus padres: se alzan contra sus clases de tal modo que son aniquilados. Otros matan por odio contra sus padres. Y finalmente, están los que se matan.

—Como Romeo y Julieta —apuntó Nazareno, el prostituto.

—No. Yo no —susurró Julieta— ni siquiera Mercurio murió.

—¿Qué dices, bruja? —a punto estuvo de lanzarse sobre ella Nazareno— ¡Todos murieron: es la historia de nuestra ciudad! ¡Fue por la muerte de Mercurio que Romeo mató a Teobaldo y fue desterrado! ¡No mientas, arpía, porque…!

—"¿Porque…?" —lo desafió Julieta con una sonrisa ladina, y en la voz el esfuerzo de la posición canina que mantenía. El prostituto calló, y Julieta prosiguió:

—El único muerto fue Teobaldo. Mercurio se fingió muerto (relee la historia, muchacho, y verás que en ningún momento hieren a Mercurio) para que Romeo tuviera ocasión de matar a Teobaldo. Ya me había desposado, y especulaba con que yo desistiera, huyera, antes que continuar casada con el asesino de mi primo.

—Pero usted… —se interrumpió el prostituto—. Pero Julieta no lo dejó.

—Todavía no conocía aparatos como el tuyo —maulló Julieta—. No podía dejar el de Romeo.

Los músculos del cuello se le tensaban, y los hombros, indiferentes, parecían de todos modos invitar.

—Lo quería a toda costa —siguió la mujer—. De hecho, me excitaba un poco que hubiera matado. Y a él también: quería probarlo todo. ¡Éramos muy jóvenes! Fray Lorenzo fue su cómplice: el objetivo, realmente, era matarme.

—¿Fray Lorenzo? ¿Pero a cambio de qué…?

—De lo mismo que me diste tú —murmuró Julieta—. Romeo descubrió muy pronto que el odio contra sus padres no duraría. ¿Cómo había sido capaz de casarse con un par de senos, los míos, para desairar a sus padres? Quería volver con Rosalía, su único amor. Al instante de tener mi rincón más secreto, ya no quería verme más. En fin, el veneno no funcionó. Resucité. Romeo se fingió muerto para huir con Rosalía, sin que yo lo persiguiera ni denunciara nuestro matrimonio secreto. Pero en el mismo instante en que él se fingía muerto, Rosalía marchaba rumbo a Florencia. De modo que debió permanecer escondido hasta que ella regresara. Yo descubrí su truco, y esta vez fingí mi muerte.

—¿Para qué? —preguntó Nazareno.

—Para estar en sus mismas condiciones. Fingiéndonos muertos, en las catacumbas, bajo el mundo de los vivos. Todos nos creían muertos, nuestros padres y amigos, las autoridades y los desconocidos… Y entonces… comenzó nuestro amor. Ya no buscábamos matrimonio ni seguridad alguna. Romeo y Julieta, los muertos de casas enemigas, se cruzaban como bestias bajo tierra. Romeo mientras aguardaba a su verdadero amor, y Julieta mientras ya no aguardaba nada. Hasta el Fray Lorenzo se nos sumaba, en un desenfreno sin compasión. Éramos dos muertos fornicando bajo la tierra. Nunca volví a sentir algo así.

Julieta hizo un silencio que pareció definitivo. Nazareno, con el solo propósito de no rendirse, preguntó:

—¿Y entonces?

—Y entonces, a poco de nuestras "muertes", nuestras familias se reconciliaron. La falsa tragedia los había transformado. Mercurio, Teobaldo, Romeo, Julieta… Eran demasiados muertos como para que se siguieran matando. Fuimos sus chivos expiatorios. Los señores siempre necesitan matar un par de jóvenes para seguir viviendo en paz. Los escuchábamos, desde nuestros escondites, lamentar juntos nuestras muertes, hacer juntos el duelo y, finalmente, comenzar a celebrar juntos también. Muy pronto fue común que los Montescos y Capuletos se besaran y casaran como si nunca hubiera existido entuerto alguno entre las dos familias. Y entonces… me convertí en una vieja.

—¿Cómo?

—Perdí todo el deseo. Romeo ya no me interesaba. Lo había amado al punto de dar mi vida por él, cuando nuestros padres se odiaban. Pero ahora, que se reconciliaban, yo ya no sentía nada por Romeo. Él había pretendido abandonarme cuando descubrió que no odiaba lo suficiente a sus padres. Yo dejé de amarlo, lo olvidé en su presencia, cuando descubrí que nuestros padres ya no se odiaban. Realmente había amado en él mi odio contra mis padres.

—¿Y qué pasó con Romeo y Rosalía?

—Romeo se fue con el Fray Lorenzo. Quizás, a quienes realmente odiaba era a las mujeres. Pero nunca, nunca en toda mi vida, volví a sentir lo que sentí, en las catacumbas, fingiéndonos muertos, con Romeo Montesco.

Nazareno, vencido, se lanzó contra aquella grupa sin edad. Pero para su gran sorpresa, la mujer se incorporó y dijo:

—¡Acá está!

Acababa de descubrir el dinero: debajo de una manzana a medio morder.

—Yo te dije… —iba a continuar hablando Julieta. Pero Nazareno, sin atender a las monedas, le tapó la boca con una mano y comenzó a sodomizarla sin siquiera permitirle recuperar su posición cuadrúpeda. Fue entonces cuando el hombre abrió la puerta, y Julieta gritó, sin ningún tono en particular:

—¡Mercurio!

El anciano miró a ambos con la sorpresa incruenta con que se hubiera cruzado con un centauro y preguntó, sin pasión:

—¿Quién es este?

—Llámame Romeo —respondió Nazareno.

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