Llegamos en taxi con un manejador de artistas que nos había contratado para amenizarle a una empresa el Día del Amor y la Amistad, y el descubrimiento del amigo secreto. El lugar escogido fue La Rinconada, un estadero que, aunque quedaba en Girardota, era el rumbeadero de moda en Medellín. Germán Carvajal (Minisicuí, el dientón del grupo Los Marinillos) tenía 16 años y yo, 18. Ya habíamos sido reyes nacionales, trabajábamos juntos y nos ganábamos los concursos más importantes que se hacían en el país. Éramos los Tomás y Jerónimo de la trova.

En la puerta del negocio unos gordos con mini uzi nos raquetearon ‘miniuziosamente’, sacaron el tiple del estuche y le pegaron una revisada que ni a la nariz de Sigifredo López. Eso, más un montón de camionetas visajosas en el parqueadero, nos anunciaba que aquí había capo encerrado. Luego entramos a un salón y los encerrados fuimos nosotros. En segundos todas las puertas estuvieron bajo llave y nos encontramos con todo el sitio reservado para dos únicas mesas: una pequeña, con un barrigón acompañado de una bella mujer, y otra mesa más larga, con 20 tipos, todos con cara de retrato hablado y unas ruanas que les permitían camuflar lo que por un momento pensé que eran los regalos de amigo secreto. Pero no, también eran ametralladoras.

Allí se respiraba todo menos ambiente empresarial. Mi compañero de trova y yo, despistados, necesitábamos una explicación que no fue necesario pedir porque pronto la vimos en la mesa pequeña.

—¡Jueputa, Germán! ¡Ese man de camiseta roja y blanca es Pablo Escobar!

El “amigo” no solo era secreto, sino también clandestino y prófugo. Estábamos en septiembre de 1985, el capo ya había sido declarado extraditable y cada hora salía por TV en anuncios de SE BUSCA. El marinillo y yo también queríamos salir, pero corriendo de ahí. Entonces, Escobar nos saludó y nos retó con la primera trova: ¿Cómo les va, pues, muchachos? / Yo los estaba esperando / para saber si es verdad / que son tan buenos trovando.

Yo, aunque intimidado, le respondí de una con lo primero que se me vino a la cabeza: ¿Por qué tanto guardaespaldas / haciéndole compañía / o fue que nos confundió / con la DEA y con la CIA? El empresario que nos había llevado tragó saliva y los guardaespaldas se rieron solo después de que su jefe lo hizo.

En el mundo de la trova se rumoraba que el mafioso improvisaba versos y que, a veces, en sus escondites, escuchaba por radio las transmisiones de los festivales; pero yo creía que era otro mito urbano, como los que decían que se echaba a la muela a Virginia Vallejo o que en la Hacienda Nápoles había un hipopótamo que le voleaba la cola a Santofimio Botero siempre que lo veía llegar. La tanda de trovas avanzaba con Germán mandándole un sablazo a la mujer que andaba esa noche con Escobar y que obviamente no era su esposa (no es un secreto que en el mundo de la mafia salir con la señora es interpretado como señal de pobreza): La dama que lo acompaña / tan linda, tan opulenta / debe ser que ya le vio / la declaración de renta.

El aludido buscó inspiración dándole un pitazo al marihuano que tenía armado sobre la mesa y se tomó su tiempo para responder. Mientras tanto, el empresario hacía cara de que se nos estaba yendo la mano, y yo, paranoico, a cada rato miraba hacia las puertas imaginando que en cualquier momento serían derribadas por un comando de policía y ejército, y que Germán y yo, armados con un tiple y cubiertos por dos sombreros aguadeños, seríamos los primeros en caer en medio de la balacera. Imaginaba hasta el titular en El Colombiano al otro día: “En tremendo cruce de disparos son abatidos alias Minisicuí y alias Pucheros”.

Por fortuna para nosotros, en el estadero el único cruce era de versos improvisados. Llegó mi turno y me inspiré en la pinta del dueño de la fiesta: Me extraña sobremanera / que un tipo tan millonario / compre ropa de ponchera / y vista tan ordinario. Esta vez el mafioso se tomó menos tiempo para responder: Yo visto muy ordinario / como si fuera el más pobre / porque hay un refrán que dice / que el hábito no hace al monje.

Rimó de manera asonante “pobre” con “monje”. Un verso tan defectuoso queda feo hasta en un poema de Roy Barreras. En un festival de trova este error se castiga con la eliminación inmediata del trovador. Pero allí el tipo jugaba de local, contaba con una barra de 20 lugartenientes armados y hablar de eliminación habría sido peligroso.

Recuerdo bien que los lavaperros le aplaudían a rabiar después de cada trova que hacía y que repetían al pie de la letra lo que acaba de decir su patrón; parecían precandidatos del Centro Democrático.

Estuvimos trovando hasta la medianoche, cuando las puertas de La Rinconada se abrieron y entraron 20 mujeres a alegrarles la vida a los guardaespaldas y a inspirarnos a nosotros la última trova: Se les arregló la noche / les llegó su domicilio / hoy todos van a comer / por cuenta de Pablo Emilio. Y al momento, las viejas, los escoltas y el mafioso se fueron en las camionetas.

Esa noche, a Germán Carvajal y a mí nos quedó claro que el jefe del cartel de Medellín también era malo para trovar. Tenía nociones de repentismo (las pondría en práctica siete años después cuando salió de repente de La Catedral), pero muchas de sus trovas salían cojas. Unos versos largos, otros cortos; recurría al facilismo de rimar conjugaciones verbales o diminutivos; y cuando le acelerábamos el ritmo, gagueaba como Santos defendiéndose de los lances que le hace Uribe por Twitter.

(A propósito, los enfrentamientos vía Twitter son una sofisticación de la trova. Los mensajes no riman ni se arman con versos octosílabos, pero tienen una métrica de 140 caracteres, se van uno tras otro en un toma y dame que sirve para desacreditar y, muchas veces, insultar a un contradictor para deleite de muchos seguidores. Sumando los de Santos y los de Uribe, son más de cuatro millones de patos disfrutando con el choque de trinos, de trenes y de tronos).

Si hoy tuviera que trovar nuevamente con Escobar, seguramente le diría: Le falta concentración / y el contenido es disperso / aquí está el patrón del mal / inclusive del mal verso.

El marinillo y yo fuimos casi los últimos en salir esa noche de La Rinconada. Recibimos exactamente la plata que habíamos pactado para trovar en la supuesta celebración del Día del Amor y la Amistad, y hoy, casi 30 años después, nos seguimos preguntando cuánto billete pudo haber cobrado aquel “polémico empresario” por llevarnos de gancho ciego a trovar con el tipo más peligroso de Colombia. Y le damos gracias a Dios, eso sí, porque no hubo cámaras fotográficas. ¡Qué tal! Hoy andaríamos en plan José Obdulio explicando si somos o no somos nosotros los que estamos en la foto trovando con Pablo Escobar.

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