La primera vez que traté de contactar a Popeye pensé que iba a ser imposible. Le escribí a su correo contándole que quería hablar con él para mi tesis. No me contestó. Después me conseguí su celular, y nada. Le dejé un mensaje de voz. Pasaron unos cinco días y ya me había hecho a la idea de que el jefe de sicarios del cartel de Medellín no iba a sentarse con una estudiante.

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Pero se sentó. Una mañana, caminando por la calle, me entró una llamada. “¿Juanita? Habla con John Jairo Velásquez Vásquez. Yo soy Popeye”. Inmediatamente paré de caminar, me palpitaba el corazón, no hablaba. “Vea, es que yo me quisiera ver con usted, hágale donde quiera. Lo único es que en Bogotá la cosa es caliente, entonces le tocaría venirse para Medellín”, remató.

Le dije que sí, que le avisaba apenas comprara el pasaje. Entonces empezaron los comentarios en mi casa: “¡Qué te vas a ir a ver con ese matón! Ese tipo ha matado hasta a la mamá —me decía mi papá—. ¿Y qué tal que lo sigan y justo tú estés con él y…?”.

Yo estaba decidida. Sabía que era un hombre peligroso; que acababa de pagar 23 años y tres meses, los últimos en la cárcel de Cómbita; que ha matado a 250 personas con sus manos; que ya perdió la cuenta de la cantidad de gente que ayudó a matar; que ahora vive en Sabaneta, en una casa solo, donde dice dormir tranquilo. “Yo no sé por qué los periodistas viven empeñados en preguntarme que cómo hago para dormir. Duermo más que la verga del papa”, me dijo después en la entrevista.

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Foto: Revista Semana

Comenzamos a cuadrar el encuentro por chat. Mientras le iba contando los pormenores de mi viaje, él me respondía cosas de este estilo: “Linda, te voy a llevar a mi canal y allí miras el fenómeno del victimario”.

Cuadramos encontrarnos en Medellín, al ladito del centro comercial Oviedo, en unas oficinas, a las 9:15 de la mañana. La verdad, tuve miedo de que nunca llegara porque me advirtió que lo siguen mucho y que a veces le toca perderse. Pero apareció a las 8:30, casi una hora antes de lo acordado: “Linda, ya llegué. Aquí la espero en la tiendita”, me escribió.

Llegué al edificio. Me asomé a la tienda y vi a un tipo canoso, de gafas Cartier, jeans claros y camiseta deportiva azul oscura de rayas. Estaba reventado de la risa, comiéndose una empanada. Volteó, me miró y me saludó como se saludan los policías: subió las cejas y me dio la mano. “¿Qué más, linda? ¿Se vino escoltadita, no?”.

Foto: Jhon Jairo Velásquez Vásquez - Popeye Facebook

Yo estaba acompañada de dos periodistas. Nos reímos. Era una risa incómoda, nerviosa, y caminamos hacia el ascensor. Subimos hasta el piso tres y, mientras adecuábamos una sala de reuniones para la entrevista, soltó otra de sus frases: “Ay, esta oficina sí que me trae recuerdos. Es que antes era del Patrón. Aquí tuvimos a un par de secuestraditos… —dijo, tranquilo—. Bueno, ¿le hacemos o qué?”.

Nos sentamos, puso las manos encima de la mesa y le vi el tatuaje: “El General de la mafia”, rezaba en cursiva. “Este me lo puse como una forma de protesta, porque como este maldito Estado no me ha ayudado desde que salí, pues mejor que me quede marcado para siempre lo que soy”.

Algo muy extraño pasa con Popeye y es que uno no siente miedo. Habla tanto, va y vuelve en sus recuerdos, cuenta las cosas tan descarnadamente, que hay momentos en los que la gravedad de sus palabras se pierde y ya no se sabe, entre todo lo que cuenta, qué es más sangriento.

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Habla sin parar con su típico acento paisa. Recuerda que su papá, un lechero, lo llevaba a una heladería en Itagüí a comerse los mejores helados del pueblo y que una vez ese sitio, que él describe como un “santuario”, se lo “dañaron” unos tipos que se pelearon con machetes a la entrada; la sangre salpicó el piso del local y el vidrio de la vitrina de los helados. “Hasta ahí la inocencia. Vi esa escena y me gustó el olor de la sangre”.

Cuenta que cuando ya tenía unos 15 años, le encantaba pararse en la plaza central de Itagüí a ver bajar en sus camionetas o en sus caballos de paso fino a los hermanos Galeano, por ese entonces dueños y señores de la mafia en la zona. “Yo los veía y me iba para mi casa con la idea de que algún día iba a tener más que esos hijueputas”.

Dice que la primera vez que conoció a Pablo Escobar lo invitó a comer pollo asado en su casa en el barrio El Poblado y que se ganó su confianza transcribiéndole todas las cartas: desde las que les escribía a Carlos Lehder, a los Ochoa, a Gonzalo Rodríguez Gacha, a ministros y hasta a presidentes, hasta los escritos de la contabilidad del cartel.

Foto: Jhon Jairo Velásquez Vásquez - Popeye Facebook

Luego asegura que de los 250 asesinatos que cometió, solo dos le dolieron. El primero, el de Wendy Saldarriaga Gil, su novia, a quien mandó matar y oyó los tiros por el teléfono. “Eso fue como si me mataran a mi mamá 50 veces”. El segundo, cuando descuartizó y quemó a Fernando Galeano y a Gerardo Kiko Moncada en los tiempos de La Catedral, a comienzos de los noventa. “Ahí usted no piensa nada. Eso es pura causa y Pablo Escobar”.

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Y sigue: “Es que el Patrón era un hijueputa líder, negativo, pero era un hijueputa líder. Un malparido que lo seguimos 3000 asesinos, acabamos con un país, logramos cambiar la Constitución del 91, matamos a dos ministros, matamos a Galán (Luis Carlos Galán), secuestramos a Andrés Pastrana, acorralamos a la prensa, a la justicia, dejamos más de 50.000 muertos… los que dicen que era un monstruo, pues sí, era un monstruo. Era un monstruo de líder”. Todo lo dice duro, y remata: “Perdóneme, es que soy muy hiperactivo”.

Popeye espera que algún día la sociedad lo vea como un exasesino. “Es que eso es imposible, porque aquí hay un Estado que no ayuda y una cultura de la violencia imposible de superar”. En su cuenta de YouTube, “Popeye Arrepentido”, tiene más de 100.000 seguidores. Dice que gente en Bosnia y Argentina le ayuda a montar sus videos.

Foto: León Dario Peláez/Semana

Desde que salió de la cárcel, Popeye se ha dedicado a convertirse en la estrella de las redes sociales. Y lo ha logrado. Cualquier video suyo no baja del millón de visitas. En diciembre, para el cumpleaños de su “patrón”, subió un video en el que le hacía un homenaje. Eso sí, repetía que era un líder negativo. Hace unas semanas, sacó uno titulado “De bandido a bandido”, en el que le habla al pueblo venezolano para que saque a Diosdado Cabello. “A mí YouTube me ha dado lo que el Estado me ha negado: una oportunidad legal”.

Hablamos durante dos horas. Cuando paré de grabarlo, aceptó tomarse unas fotos. “Linda, usted es una tesa. Que me le vaya muy bien, ¿oyó?”. Se paró y se fue, y desde entonces hablo con él como fuente. Dice que está arrepentido, que ya pidió perdón y que no le interesa llorarle a nadie. A mí no me lloró, pero me confesó que sí hay algo que le duele: que su mamá no se acuerde de él, porque tiene alzhéimer. “Igual, hasta mejor que la viejita no sepa quién soy yo”.

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