En Medellín, cuando alguien hace referencia de los aciagos tiempos del cartel duro, la gente habla del capo como si hubiera tenido íntimo trato con él: “Cuando Pablo estaba vivo…”, “Un día pasó Pablo, me tiró una liguita y me dijo…”. Y es que Pablo Escobar es protagonista imperecedero de la narrativa paisa, que suele ser magnificente y colorida, más ahora que hay dos Antioquias: antes y después de que lo acribillaran en un tejado cualquiera. Pablo es un mito. Y los mitos son como las caries: llegan para quedarse. Ciertos mitos se enquistan y hacen pupa como los nuches al ganado. No hay quién los saque. Como este. Pululan sus incontables socios, gatilleros, confidentes, parceros, políticos torcidos (que lo siguen negando) y amantes. Amantes varias. Conocí una chica que en sus nostalgias contaba que en el relax pospolvo, bajo los densos gases del cannabis, se abandonaba (con Pablo, obvio) al placer de la música de Bach, dizque porque Pablo era un melómano muy erudito. Docto. “Doctor”, “¡Y lo culto que era!”, decía la mujercita.

Porque Pablito clavó un clavito en el corazón de cada uno de sus coterráneos y dejó mil y una historias que imaginar. Yo, por mi parte, aprovecharé este papayazo que me da SoHo para contar lo mío. Para ambientar, les cuento que en mi mala vida de estudiante no ocurrió nada grandioso de qué ufanarme. No compartí banco con nadie de la banca ni se asomó por allí siquiera un mínimo prospecto de caballero de industria o un maestro de las artes. ¡Ni siquiera un pyme! A veces iban por la cancha de fútbol de mi liceo unos pelaos que después se ganarían la vida a patadas en el DIM o en el Once Caldas y a quienes tocaba seguir como atembaos para donde fueran, porque no había modelitos a la mano que imitar. Era difícil de sobrellevar la carga de ser uno, cien, miles de don nadie andando por la 45 de Manrique o fumando Pielroja y viendo llover en el parque de Bolívar. Los buenos estaban en el monte o en el nadaísmo. Era tan grave la cosa que el único Echavarría que había en mi curso tenía más edad que el promedio y además era un Echavarría pobre que atendía con su papá una tiendita de barrio. Solo patos de esquina. Populacho. Perdedores por cuenta propia. Cuando llegó la hora de impresionar a mis hijos con “proezas” de adolescente, no tenía nada bueno que decir, ni alter ego que exaltar, y después de mucho cavile me atreví entre avergonzado, vacilante y culposo al… “yo estudié con Pablo Escobar”.

En esa época, los muchachos nos dedicábamos a esperar la redención del mundo y los años maravillosos se nos fueron entre el humillo del recalentado fusil del Che, las peroratas del pueblo-unido-jamás-será-vencido de los curas de Golconda, oír tangos y meter ron del barato hablando mierda y a los gritos en las cantinas de barriada. O a bailar paseadito en las fiestas de 15 con el chucu-chucu de Rodolfo Aicardi y Los Hispanos. En mi Medellín de esa época, poco de rock porque a muchos nos daba miedo terminar metiendo pepas o zurumbáticos para siempre en una honguera. A eso, no creo que le jalara Pablo.

—¡Escobar Gaviria, Pablo Emilio! 

Llamaba a lista y entre dientes un profesor de cualquier cosa entre el sopor de clase, a la una de la tarde, y ni por esas nos habíamos percatado de que en el salón había uno nuevo, que venía de Envigado dándoselas de líder estudiantil, expulsado de donde no le soportarían sus idioteces dialécticas sacadas a parrafadas de algún manual para engatusar la masa. Para nosotros, los que veníamos en combo desde primero, quien llegara después era un intruso que no tendría cabida, a menos que tuviera qué gastar y ese Escobar, el nuevo, no tenía ni para paletas de limón o marlborito. Ese era otro poca cosa, que entre sus calzones de dril metía unas carnes más bien fofas que no le daban para pantalón bota-campana y zapatos trompones de plataforma. Vestía su camisita a cuadros manga corta que remangaba aún más para marcar lo que no había: músculo en el brazo. No era alto y lucía un cachumbo rebelde que siempre lo caracterizó y que nunca supimos si era porque el pelo le hacía remolino o era para remedar la engominada cortinilla can-can de Óscar Golden, el baladista del momento. Uno con esa pinta no podía ser malo. Y aunque nada es como parece, más malo sería el tigre Tony de Kellog’s.

—Escobar, Pablo Emilio, ¿está o no está? —se impacientaba el profesor. 

Y un hilo de voz cualquiera brotaba desde un rincón cualquiera:

—¡Presente, profesor!

Él, Pablo, llegó tardíamente a mi colegio (quizás en tercero o cuarto), y las “curules” en las barras de bachillerato estaban todas copadas, como le pasó años después cuando llegó al Congreso de la República por “palomita”. Fungir de líder en un medio así solo se logra llenando muchas botellas de cerveza y con una carreta bribona, como para embolatar un duende, o con algún truquito que vendiera, pues futbolista no era, ni siquiera tronco, buen estudiante menos (debió perder quinto y salir nuevamente del colegio), rumberito no parecía y lo que más bien conseguía era alterar con torpeza los ritmos de nuestras terribles horas de malos estudiantes, metiendo por todas partes su pelusa labio arriba que ya caracterizaba —y así para siempre— su campechana cara paisa.

Mientras tanto, lo nuestro era echar globitos mamertos porque eran los años sesenta. Pablo, el godarrio y disidente, hacía su búsqueda entre el bochinche estudiantil con un discurso que a nadie importaba y porque la fácil era quedarnos como marihuaneros de parque emborrachando trabas mientras pensábamos un rebusque para levantar billete a punta de lengua, enredando gente y sacarla del estadio de una vez por todas para poder ayudar a la mamá y a los amigos. Ahí, todavía no vi a Pablo.

Después me olvidé de él y de todos los que eran como él y me fui del país por falta de futuro y de güevos para sobrevivir entre tanto paisa como él. Volví años después y lo primero que hice fue buscar a mis amigos los Bustamante para desatrasar el cuaderno de la vida. Padre e hijo regentaban un modesto negocio de compraventa: Prendería El Recurso, que quedaba en la calle Amador abajito de Palacé, en pleno centro caliente de mi ciudad: el barrio Guayaquil. Al llegar, veo parqueado en la puerta del negocio tremendo auto BMW, último modelo. Señalando el juguete, vociferé:

—¡Es que prestar plata al diez sí que es buen negocio, ¿no?

Don Miguel, el padre, que siempre fue un irónico maestro, desde la oscuridad polvorienta de los estantes, sin inmutarse y sin desclavar la mirada del periódico, respondió como si me hubiera visto cada minuto de cada día de estos años ausentes:

—Eso no es mío, Cadavid, eso es del ‘filántropo’ más amado de la ciudad, que viene seguido por aquí a buscar efectivo para sus beneficencias. Convirtió la calle en su parqueadero y a nosotros en los obligados cuidanderos del carrito. 

Escobar Gaviria, Pablo Emilio, mi condiscípulo, estaba entre los grandes: ¡coronando!

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