Cuando tenía diez años mis dientes eran grandes y necesitaba con urgencia un tratamiento de periodoncia. Tenía miedo de sentarme en esa silla de tortura y mi mamá necesitaba lograrlo de alguna manera.

Francisco Maturana ya era jugador de Atlético Nacional, era defensor central y se caracterizaba por un juego elegante en el que mostraba un buen dominio de balón y en el que desde atrás organizaba el equipo.

Mi mamá se enteró de que Maturana era un odontólogo que no cobraba mucho y encontró en él a la persona perfecta para mi tratamiento. Yo ya jugaba en las divisiones inferiores del Independiente Medellín y el solo hecho de pensar que mi odontólogo jugaba fútbol hacía que mis miedos se disiparan.

El consultorio de Maturana estaba ubicado en el centro de la ciudad en la avenida Oriental, tenía una secretaria y los equipos eran modernos para la época. Recuerdo que me atendía siempre a las cuatro o cinco de la tarde. Yo lo había visto un par de veces vestido de cortos y con guayos en el estadio Atanasio Girardot, pero me causó sorpresa cuando lo vi salir con una mascarilla, delantal blanco, guantes, zapatos perfectamente embetunados y un frondoso afro que no daba cabida para un gorro.

Era un dentista enorme, sus manos casi que copaban toda mi cara y su negra figura tapaba el reflector de luz. Siempre la consulta empezaba con una tertulia de fútbol, yo le preguntaba por los partidos, le pedía consejos y él amablemente me respondía y me decía que me callara y que abriera más la boca. A Maturana le interesaba conocer mis sueños y me decía que nunca dejara de estudiar, ya que al final eso era lo único que le dejaba a uno la vida, y que el fútbol era una carrera efímera.

La primera vez que salí de su consultorio me tomé una gaseosa y de inmediato vomité: el futuro técnico de la Selección Colombia me había aplicado demasiada anestesia. Eso no demeritó para nada su profesionalismo como dentista.

Mi tratamiento fue complicado: Maturana tuvo que sacarme varios caninos y reemplazarlos por otros. Siempre fue cauto, respetuoso, muy académico y con don de gentes, un caballero en todo el sentido de la palabra. Gracias a él, perdí el miedo a los odontólogos pues tenía muy buen sentido del humor y una mano muy suave para la fresa. Como doctor, era alguien agradable y profesional.

Francisco Maturana me atendió casi por dos años y mis dientes quedaron bastante bien. Nunca pensé que luego me lo iba a volver a encontrar convertido en el entrenador más famoso del país. Cuando llegué a jugar bajo sus órdenes en Atlético Nacional, de inmediato me reconoció. Cuando supo que además de jugador profesional yo había estudiado Administración de Empresas, me felicitó por haber seguido sus consejos.

Gracias a mi nivel pude ir al Mundial de Italia de 1990 y participé en la jugada del gol del empate ante los alemanes. Ahí estaba ‘Pacho‘ Maturana en el banco, flamante técnico de Colombia y consagrado como campeón de la Copa Libertadores de 1989. El hombre que conocí como un buen odontólogo ya era el gestor de la mejor época del fútbol nacional.

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