“El clown es el poeta en acción”
Henry Miller


La escuela de arte, ese lugar donde te permiten ser extraña; ma non troppo.


Mi hermana llegará en la noche a ocupar la parte baja de mi litera, ¿podrá instalarse a pesar de mí todo depende del relato. 

Desde el mirador de colchones yo espero, adivino el resultado de la inquisición escolar, mis piernas cuelgan al vacío, soy la guardiana del albergue, controlo el movimiento de la reunión, veo a los maestros aletear como peces histéricos, golpeándose contra el vidrio.

Lo que aquí es incorrecto para mí ha sido la regla de familia. 

Estudiantes de Variedades y Arte Circense, saltimbanquis condenadas a morir en la hoguera de la vida ¿civilizada?

Soy de la costa norte de Oriente. En mi pueblo a la iniciación sexual se llega con el padre. Nadie mejor que él para instruirnos. No hay hombre que pueda enseñarte, conducirte mejor, allá es el padre quien durante la adolescencia te descubre las leyes del cuerpo, los peligros del cuerpo, los placeres del cuerpo, sus dolores, sus exaltados placeres. 

Cuando llegué a esta escuela supe que nadie era como yo, hice silencio y me mantuve tranquila, esperando todo el año que apareciera mi hermana. Jugueteábamos de madrugada, con frascos de cristal repletos de cocuyos que avivaban la oscuridad de nuestras sábanas. Niñas de neón, festín adormilado que empezaba a medianoche, cuando el sueño en el campo es más profundo y la luna se enreda entre las palmas y el mango filipino. Un espasmo, un pellizco y nos rendíamos abrazadas.

A las cuatro de la madrugada salimos a ordeñar, a limpiar con cenizas el piso de tierra, alimentamos con palmiche los puercos, hervimos ropa blanca con añil y estillas de jabón, colamos café en media fina; y a las cinco y media ya estamos todos los hermanos sentados en el portal desayunando la leche fresca y tibia del ordeño. 

De sexo no se habla, es cosa sana, natural, va fluyendo. Los muchachos más chiquitos se van caminito a la escuela, y los grandes al campo, a trabajar… los fines de semana alegramos las fiestas de los niños en los pueblos cercanos, mi padre es un payaso empírico y un mago de primera. 

Yo fui la primera en recibir ‘la Beca’ para estudiar Circo y Variedades. Viajar a La Habana y realizar un sueño de la familia. Te libras del fango y el carbón, pero a cambio, te esclavizan con normas que no entiendes.

La verdad es que no llegué al año de vida ascética prometida.
Apareció aquella rubia con nariz de payaso y desgració mi disciplina, caí de boca en la lona, desplomada de ganas y placer por ella. Nadie me distrajo en todos estos meses de curso escolar.

Titular: Dos trapecistas amanecen acariciándose en el mirador de la Escuela de Arte.

Sentí su deseo y me desquició su olor, encontré una resistencia elástica que yo debía romper con mi lengua hasta abrir paso en el intrincado resorte de su himen nuevo de paquete. 

Ella era virgen, me detuve al darme cuenta de que no había escape posible, pasadizo untado de esencias para seguir hacia el interior de su cuerpo, no tenía más remedio que abrirlo sola; lo hice como me dictó la imaginación; clareaba, y para entonces ya éramos dos caracoles enlazados, no había más remedio que seguir gozando una contra la otra, a ver quién separaba a quién. 

Monna. Rubia y traslúcida, blanca leche derramada sobre mis hombros oscuros. Su pelo rubio se iluminaba ante los insólitos chispazos del amanecer; la Escuela de Arte sufría de resaca, los flamboyanes, las jacarandas, el sauce y los almendros dormitaban, tampoco mi ceiba se erguía con la brisa, ni con el escandaloso reclamo de los pájaros. ¡Último llamado! De árbol a árbol, muslo y sexo destapaban la caldera de olores que encarnaban en mí como viejos muertos, como viejos recuerdos, como sabrosas fiebres pendientes, evaporaciones que Monna me regaló en la cima de la escuela, a punto de sentirme la mujer más jugosa, la negra más deseada, era toda pócima y sudores, era suya humedecida de arriba abajo.

¿Mi lengua se rendía en el clítoris firme de Monna? La frotaba lúbrica, y ahora lo sé, atropellada y aturdida. Como pomarrosas maduras sentía nuestras vulvas reventar de ganas, ella se venía de un toque, yo creía que penetrar era el verdadero disparo que la dejaría sin conocimiento. Labio con labio, la rubia se resistía a mis dedos, sedosa y risueña prefería el contacto de nuestros clítoris: 

—Monna, frótame —gritaba mientras ella mordía mis hombros. Cosquillas o ebriedad, transporte denso o tránsito desesperado que la hacía sufrir. Mi torpeza interrumpía los espasmos de Monna, mi labio tocaba el suyo casi por casualidad, casi por capricho.

Una se satisfacía solo con el contacto externo de las puntas y los bordes, la saliva y la lengua en brebajes pringosos, la otra necesitaba morir penetrada por un golpe final: la estocada a fondo.

Entumecidas de miedo y frío, con ojos inciertos, quemadas de rubor y perdidas, renunciamos a llorar, y si no lloramos fue por rabia, hubo minutos en que nos perdimos juntas, queríamos saber más de lo que ya teníamos, más del lugar para encontrarlo, el único camino entonces era el tránsito por nuestros sentidos. El gran viaje, el que terminaría ante los ojos atónitos de una profesora de Marxismo. Nos mandaron a las duchas, el agua no sacó las mieles de la madrugada, pero del susto, el chorro frío a las siete de la mañana cortó mi respiración. Tuve un ataque de asma y decidieron dejarme en el albergue.

Monna fue declarando lo que pudo, lo que la vergüenza permitía frente a los maestros y el director. En unos minutos bajaré de la litera para decir lo que me dejen decir. ¿Por qué no esperé firme a mi hermana? Aquí se trabaja con algo que no entienden: EL CUERPO.

Al fin me llamaron, sentí que la litera creaba un hilo conductor invisible y firme, la cuerda floja que me transportó en equilibrio hasta la dirección.

No hay nada más triste que ver a un payaso llorar, y Monna se especializa en clown, nadie como ella para hacer reír a los niños, ahora parece una niña espantada de su propio show. La rubita salió de la sala temblando, nos cruzamos sin mirarnos. Sí, la habían perdonado, ¿y a la negra?

Me preguntaron qué vine a estudiar a la Escuela de Variedades. Me preguntaron dos veces hasta que recité lo aprendido maquinalmente.
—Los equilibrios cuerpo a cuerpo del acrosport, los malabarismos, el arte del clown

Me interrogaron sobre lo que había pasado durante la madrugada. Yo dije toda la verdad, describí exactamente lo vivido, no suelo mentir cuando se trata del cuerpo, mi alma es otra cosa, a esa yo la engaño cuando quiero; pero no conozco una sola persona que haya engañado al deseo.

Ante mí tenía las calificaciones de todo un curso, he sido una buena alumna. Los mejores momentos en la ingravidez; los peores, con pie en tierra. 

Sobre monociclo, rulo, zancos, bola, cable, cuerda, flotando en la pirámide humana, en ejercicios cuerpo a cuerpo yo he sido aquí la mejor. Acróbata de tapiz y alfombra, ya puedo dominar la gimnástica en aparatos complejos. En un año he aprovechado cada cosa y he vencido cada reto. ¿Y ahora? Hicieron pasar a mi familia.

Mi padre y mi hermana, vestidos y maquillados de payasos, desde que murió mi madre así nos paseaba los domingos por el pueblo. Comenzó sus malabares lanzando bustos y lápices al aire, mi hermana, gimnasta de nacimiento, lo seguía caminando de cabeza por toda la oficina. El director rugió como león enjaulado poniendo fin al gran show.

Yo había sido expulsada. Mi hermana, aceptada. Pensé que mi padre me reprocharía por haber perdido todo un año lejos del pueblo, lejos de mis hermanos menores, lejos de él.
Hicimos el viaje en silencio, un payaso triste atrae la mala suerte.

Al llegar, mis hermanos no estaban en casa, era domingo y el circo tenía función. 

Mi padre me bañó en el patio, enjabonando, despojando el olor que Monna dejó entre mis muslos y mi cuello. Tendida sobre la cama me besó tranquilo, recorrió cada pedazo del cuerpo de su hija; yo, quien no supe ya la diferencia entre lo bueno y lo malo, ¿qué odiar o qué gozar?, solté una lágrima que mi padre cambió por la máscara diminuta de su roja nariz. 

Me abrió las piernas y me penetró con calma, suavemente, con su pene duro y perfecto paseó mi delta aterciopelado; cuando ya no cabía nada más en mi vientre y me ahogaba en su absoluta posesión, cuando la punta de su sexo golpeaba rítmico mi infinitud, se detuvo para morder mis hombros, respirar despacio y recitar suavemente:

— Te hice a mi medida. Bienvenida, hija mía, al circo de tu padre.

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