Vivo y trabajo en Chile hace siete años y medio. Mi trabajo consiste en asesorar en gestión de la calidad a una empresa que presta servicios de control de plagas urbanas, y ese trabajo lo tengo hace seis años y medio.

Cuando pensé en una anécdota sobre mi trabajo se me vinieron muchas a la cabeza, pero una experiencia excepcional es la caza, captura y exterminio de palomas.

La cosa es así: todos conocemos la paloma común (nombre científico: Columba livia), esa que se posa y defeca en todos los monumentos y estatuas, esa que, en enormes bandadas, tapiza plazas y parques.

Lo que no todos saben, y que muchos ni siquiera se imaginan, es que la paloma común es considerada una "rata con alas". Cuando anidan en un entretecho, o techo, causan estragos por la acumulación de su excremento. También es un animal monógamo y muy fiel: un macho puede estar junto a la misma hembra desde la primera vez que se aparean, y de ahí surge la común representación del amor en la forma de dos palomas juntas.

Sin embargo, sus cuerpos y excrementos son conductores de bacterias causantes de enfermedades gravísimas y casi impronunciables: clamidiasis, histoplasmosis, neumoencefalitis, criptococosis. Se alimentan de semillas, granos, frutos y desperdicios que recolectan directamente de las basuras. Mientras incuban sus huevos, las hembras sufren un proceso de pliegue de las paredes de su buche y se genera una sustancia lechosa que será el primer alimento de los pichones.

En Chile, la caza y captura de la paloma común está regulada por el Servicio Agrícola y Ganadero (SAG). Una empresa autorizada para realizar controles de palomas puede valerse solo de ciertos métodos: capturarlas en jaulas, tejer hilados finos para impedir que se posen, aplicar geles que les provocan urticaria, sellar con mallas sus recovecos preferidos y exterminarlas con rifles de aire comprimido. Lo más importante de todo es que nunca se podrán eliminar con métodos químicos, esto es, envenenándolas, y esta prohibición se debe a que los indigentes suelen alimentarse con palomas y, obviamente, cualquiera que consuma una paloma envenenada podría morir.

Todo lo anterior se transforma en un mero detalle cuando otra exigencia es que toda paloma que se capture viva debe ser eliminada por "dislocación cervical" y "procurando no causar sufrimiento innecesario al animal". No, el animal realmente no sufre, el que sufre es uno, porque ese eufemismo, "dislocación cervical", no es más que jerga técnica para definir el vulgar despescuezamiento. Es tomar la paloma, aferrar bien con una mano su cuerpo, cerrar los ojos con fuerza, poner la mente en blanco y torcerle el pescuezo hasta que emita un sonido seco. Luego, al abrir los ojos, uno puede corroborar que la cabeza de la paloma se descuelga como si fuera un muñeco de trapo con mucho trajín. Como se trata de un exterminio, se debe acabar con todo: incluyendo a los pichones.

Para cazarlas con rifles se debe disponer de una puntería impecable, además de un buen rifle con mira telescópica. Los postones (equivalente a una bala o balín) son de distintos tipos, pero hay uno en particular que viene con un requerimiento extra para usarlo: sangre fría.

Lo llamamos, entre nosotros, el postón ‘flor‘. Cuando uno lo tiene en la mano es una balita perfectamente ovalada y cerrada, pero cuando el arma es percutada, y el postón encuentra su objetivo, se abre como si fuera una flor y se ancla. La paloma cae pero no muere instantáneamente, y se debe completar el exterminio aplicando "dislocación cervical". Algunas palomas incluso alcanzan a caminar unos metros antes de rendirse.

No es fácil dispararle al símbolo universal de la paz y no se trata solamente de si el animal sufre o no. Se trata de que se subestima constantemente a un ave que no tiene una pluma de tonta y que, un día cualquiera, y gracias a un simple descuido, puede tejer un precioso nido dentro de la caja en la que guardas los postones ‘flor‘.

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