—Ahora van a ver quién soy yo —me dijo esa noche, mientras se enfundaba en una bata de colores para salir al encuentro de su destino. Jamás he visto mayor determinación en la mirada de un hombre. Sus ojos eran blancos y nunca espabilaban. Infundían una sensación de respeto. O de miedo.
Cuando salimos del camerino, rumbo al cuadrilátero, el gimnasio estaba repleto y el público vociferaba. El calor era tan espeso que uno podía tocarlo con la mano. Perdidos entre millares de panameños, unos cuantos colombianos ruidosos hacían ondear una vieja bandera tricolor en lo alto de las tribunas. 
Una hora después, poco antes de las nueve de la noche de aquel 28 de octubre de 1972, el hijo de Ceferina Reyes, un muchacho que se ganaba la vida vendiendo cigarrillos al menudeo y postas de pescado frito en el mercado público de Cartagena, y que embolaba zapatos de turistas los fines de semana, se convirtió en el primer campeón mundial de boxeo en la historia de Colombia. Y yo estaba ahí, sentado en primera fila del gimnasio de la ciudad de Panamá, como enviado especial de la revista Cromos. 


El décimo asalto
Lo llamaban Kid Pambelé por su parecido con un viejo y modesto boxeador nicaragüense que pasó por la vida con más pena que gloria. Aquella noche, en la primera media hora del combate, Peppermint Frazer, el campeón, había caído dos veces a la lona, pero se levantó por sus propios medios.  
Comenzó el décimo asalto. Nunca podré olvidar lo que pasó en ese momento. “Es ahora o nunca”, le dijeron en su esquina durante el minuto de descanso. Se levantó del banquito de madera y avanzó sobre él con la sangre fría de una víbora. Lo miró a los ojos, sin inmutarse, y le puso los dos guantes en la cara. Le propinó una impiadosa seguidilla de golpes. Lo persiguió entre el encordado. Recuerdo que me impresionaron sus brazos sudorosos, delgados pero llenos de músculos, que parecían dos palancas de hierro. (“Yo, que he pasado tanta hambre, sé que la comida no sirve para nada”, me diría un año después, en Puerto Rico).
El campeón se desplomó sobre el entarimado. Pambelé pasó sobre él, con las piernas abiertas, y lo miró con desprecio. Mientras iba a su esquina levantó los brazos. Ni siquiera entonces tuvo una sonrisa. 
En ese preciso instante recordé lo que había ocurrido por la tarde. Un periodista de la televisión panameña, tratando de impresionarlo con lo que se llama “guerra psicológica”, le dijo que el general Omar Torrijos, presidente del país, se había llevado a Frazer a un campamento militar, vigilaba su entrenamiento, cuidaba su alimentación, le inyectaba ánimos. Pambelé lo oía en silencio. De repente abrió la boca para interrumpirlo.
—Todo eso es verdad —le dijo— pero el general no estará en el ring esta noche. Estaremos solos Peppermint y yo. 
Ahora estaba él solo. 


La nostalgia de Cartagena
Han pasado casi cuarenta años. Al día siguiente, ‘el champion’ se vistió temprano con una camisa de palmeras, sandalias de cuero, un sombrerito de paja y anteojos para el sol. No había dormido. Tenía citas con la prensa, almuerzo con la Asociación Mundial de Boxeo, recepción en la embajada colombiana, en Bogotá lo esperaban para condecorarlo, pero dijo que no acudiría a ninguna parte.  
—Quiero irme para Cartagena —anunció, con el ahorro de palabras que siempre tuvo y con la misma seguridad en los ojos.
No hubo Dios posible que lo hiciera desistir. Se me vino a la memoria lo que había ocurrido veinte años atrás con un formidable jugador de béisbol, Inocencio Rodríguez, un hombre taciturno al que llamaban la Yuya. El equipo de San Francisco lo había contratado para jugar en las grandes ligas de los Estados Unidos. La vida le sonreía, los dólares bailaban frente a su cara, la pobreza solo parecía un recuerdo borroso, los cronistas le auguraban una carrera de triunfos. “Me hace falta Cartagena”, dijo, en el primer invierno de California. Acorralado por la nostalgia, abandonó su destino, agarró sus corotos, se devolvió a escondidas y no volvió jamás. Terminó sus días como chofer de una radiopatrulla, cargando borrachos necios y atracadores de menor cuantía. 

El mejor trofeo del mundo
No fue posible encontrar un vuelo para Cartagena, de manera que, ante la invencible tenacidad de Pambelé, tuvimos que regresar por Barranquilla. Llegamos a las cuatro de la tarde. Tomamos un taxi. Desde el viejo aeropuerto de Soledad, y a lo largo de todo el camino, el gentío salía a saludarlo en la orilla de la carretera.
Al pasar por el pueblo de Luruaco, los legendarios vendedores de comida típica lo aclamaron levantando una arepa de huevo frente al vidrio del carro, como si se tratara de un trofeo. Lo vi sonreír por primera vez, hizo detener la marcha, recibió la arepa —que chorreaba manteca por los cuatro costados— y se dispuso a pagarla. Se negaron a recibirle el dinero. Era uno de los suyos el que regresaba triunfador. Otro náufrago de la vida que se agarró a trompadas con ella. Me imagino que en ese momento debió recordar la olla de aluminio desportillado en que vendía pedazos de bocachico antes de marcharse a Venezuela. 

“Cien años de soledad”
En un país que se había acostumbrado a perder, Pambelé regresó el domingo como un héroe nacional. Lo esperaban cadenetas de papel en las calles, música en cada esquina y, entre la muchedumbre, medio ciento de primos, sobrinos y cuñados. Su hermana, que hasta esa noche vendía frutas en la playa, estaba engalanada con una pollera de bailadora de cumbia. Un periodista, acabado de desempacar de Bogotá, le preguntó su opinión sobre Cien años de soledad.
—¿Qué es eso? —reviró el boxeador, a la defensiva.
—La gran novela de García Márquez que ha estremecido al mundo —le explicó el reportero.
‘El champion’ lo miró a la cara. Sus ojos estaban fijos en él. Lo pensó con calma. Al fin le dijo:
—Vea, amigo: no sé de qué me está hablando. Yo a duras penas aprendí a leer mi nombre. No voy a engañarlo a usted diciéndole pendejadas sobre lo que no conozco.
Me quedé con la boca abierta. Ya no tuve dudas: se trataba de un hombre excepcional. Era el primer colombiano que no se las daba de erudito ni posaba de sabihondo para descrestar a los demás, y que tenía la honradez de reconocer su ignorancia. Me enorgullece decir que, once años después, en Estocolmo, yo también estaba en primera fila el día en que García Márquez se convirtió en el Pambelé de la literatura. Pero ya Pambelé había logrado convertirse, mucho antes, en el García Márquez del boxeo.  
Lo demás es historia, la dolorosa historia del ídolo que se derrumbó sobre sus propios pies. Si existe alguna forma de resumir en cuatro letras la tragedia griega de la vida de Pambelé, es esta: me encontré con su hermana la semana pasada. Volvió a vender frutas en la playa.

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