Resulta que el famoso Pambelé, sí, el mismo que fue dos veces campeón mundial en la categoría peso wélter junior, me dio una tunda. Aunque sus años de gloria estaban lejos y su adicción a las drogas y al alcohol le habían pasado sus cuentas de cobro, Pambelé aún tenía ganas de pelear. Nunca entendí cómo terminé metido en este asunto, pero lo cierto es que fui una víctima más de sus legendarios ganchos. En 2005, durante un partido de béisbol entre los equipos Caimanes y Cardenales en el estadio Tomás Arrieta de Barranquilla, Antonio Cervantes, alias Pambelé, fue el protagonista de un nuevo escándalo. En medio de la algarabía de un estadio a reventar por el esperado debut de Édgar Rentería, el boxeador tuvo un altercado con el conocido locutor deportivo Édgar Perea. Según la versión de algunos asistentes, Pambelé, en medio de su borrachera, le pidió plata prestada a Perea y cuando este se negó, se le voló la piedra. Aunque no sé si esto en realidad pasó, lo cierto es que pagué los platos rotos de su mal genio. Mientras salía del baño rumbo a las cabinas de radio, me encontré con él. Caminaba furioso pero a la vez un poco desubicado, mientras se tambaleaba por las paredes del estrecho corredor. De un momento a otro, como si se tratara de su peor enemigo, se paró como si estuviera en un cuadrilátero y me pegó un puño en la boca del estómago. Sentí un fuerte ardor, se me fue todo el aire y me quedé aterrado. Mi primera reacción fue agacharme y protegerme la barriga con los brazos. En el momento en que alcé la mirada, me di cuenta de que Pambelé había seguido su camino como si nada. Cuando llegué a la cabina seguía agachado y el narrador Alberto Mercado me preguntó:

—¿Qué te pasó?

—Ese negro hijo de puta me pegó —respondí.

—¿Pero quién fue el que te pegó?

—Pambelé.

Aunque los testigos de este episodio se reducen a tres compañeros de trabajo que me molestan a diario, puedo decir que el luchador de 21 combates de título mundial, el gran Kid Pambelé, no me logró noquear.

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