Me veía hermosa. Dos horas de compleja ingeniería química y mi imagen empezaba a tomar forma. Laca, gel, mousse, peinilla, cepillo y aerosol. Siete a diez intentos de enredo, hasta que finalmente lograba que saliera de mi frente un apéndice de mi pelo: mi copete Alf.

Era una obra de arte.  Mi propia obra maestra puesta sobre mi cabeza. Alto. Fuerte. Intrincado. Voluptuoso. Fragoso. Una maraña de mechas entrelazadas que parecía una especie de fortaleza impenetrable. Peinarlo era un camello, pero yo me sentía la reina del universo. Muy a pesar de mi mamá, quien ofensivamente siempre me dijo que lo que yo tenía en el pelo no era un peinado, sino "un nido de pájaros".

Tuve copete Alf desde los 12 hasta los 14 años. Entre 1988 y 1990. La pinta completa incluía una chaqueta de grandes hombreras, un reloj Pop Swatch, unos chicles o jeans bien apretados, tenis Converse o Reebok, un saco a rombos de Benetton, unas candongas grandes y unos chicles Bubblicious comprados en San Andresito (y cuyo papel se guardaba con el de otros dulces importados para forrar los cuadernos).

La pinta estaba a tono con la música: Madonna, Prince, Los Prisioneros, los Toreros Muertos, Hombres G, Miguel Mateos, Eddie Santiago y Juan Luis Guerra con sus burbujas de amor en la pecera. En la TV, la oferta local incluía San Tropel, Calamar, Caballo viejo, Gallito Ramírez, Dejémonos de vainas y Décimo Grado. La internacional tenía Los Años Maravillosos, Guardianes de la Bahía, Alcanzar una estrella y Mi pequeña Maravilla.

La rumba era en Massai, Samerón, Colors y Bahía. Las minitecas Reina de Corazones, The Best, Nice  y Ajá Megafiestas, animadas normalmente por los ídolos radiales del momento como Tulio Zuluaga, Papuchis y Villalobos, mandaban la parada. ¿Cómo olvidar las filas de hombres justo enfrente de filas de mujeres bailando la llamada música "dance"? O el baile de merengue donde uno hacía el ocho pasando la mano por aquí y allá. ¡Eso era una proeza!

Nada de eso opacaba al verdadero rey de la época: el copete Alf. Más que una atrofia estética, era una atrofia mental. ¿Cómo pude vivir obsesionada por lucir como un extraterrestre de peluche de un seriado estadounidense? ¿Y hacerme un peinado que dolía al desenredar, incomodaba al dormir y chuzaba al besar? ¿Por qué enredarme el pelo hasta el cielo y rociarlo con abundante laca para evitar que la gravedad lo tumbara, como la única forma de sentirme bien?

Mi consuelo es decirme que fue un condicionamiento social. Que millones de adolescentes en Colombia y en el mundo fueron víctimas de ese absurdo fenómeno de masas. Que la necesidad de pertenecer a un grupo era tanta, que nadie fue capaz de aguantar la presión social de no tener copete Alf . Que mi elemental mente de adolescente no tenía las herramientas para razonar independientemente.  Y que el pertenecer a la manada era más importante que el haber sido consciente de mi apariencia personal.

La atrofia estética y mental se derivó en un embrutecimiento intelectual. Durante los años que usé copete Alf, se cayó el muro de Berlín, asesinaron a Galán, arreció la guerra contra el cartel de Medellín, la India vivió sus grandes reformas económicas y Estados Unidos entró en la era Reagan. Yo no me di ni cuenta. Hoy me ha tocado leer la historia que viví a metros de distancia.

El copete Alf pasó de moda en 1991. Después vinieron el globito, el honguito, la piñita y el fleco. Todos los cuales también llevé con sumo orgullo en su momento. Con los años, terminé quemando todas las fotos. Menos esta que guardó mi mamá. Quizás para recordarme el amor incondicional de una madre. O como prueba histórica de que ella siempre tuvo la razón: mi copete Alf era lo más parecido a un nido de pájaros en desolación.

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