Recuerdo que cuando tenía 18 años desfilé para el lanzamiento de la casa de modas de Carlos Arturo Zapata junto con tres reinas venezolanas que habían traído para el evento. Era 1989, y ellas representarían a Venezuela en Miss Universo del 89, 90 y 91. Cuando entraron al lugar, la gente me empezó a decir “¡Paola, métete de reina!”, lo cual me parecía un absurdo en esa época, y a lo que tranquilamente respondía “No, gracias”. Carolina Izsak, Miss Venezuela 91, escuchó lo que me decían y comentó: “¿Ella reina? ¡qué ternura!”. Lo que nunca se imaginó fue que nos encontraríamos tres años después en Bangkok en el certamen para el cual ella ya se venía preparando. (La reina de las cirugías plásticas en Colombia)

En mi época no hacíamos dietas ni tratamientos, y las cirugías estéticas no eran muy populares. Era cuestión de haber nacido con ciertas cualidades, y en el camino, haber aprendido lo que se necesitaba para poder ganar. Yo era gimnasta y bastante deportista, y así hubiera querido prepararme como lo hacen hoy en día, mi agenda de Miss Colombia no me lo habría permitido. Los viajes, los eventos y las visitas a fundaciones eran el trote con el cual se formaba una reina. Aún sigo creyendo que ese golpe de realidad es la mejor preparación.

Viajé a Tailandia con tres maletas enormes, una caja con el traje típico que diseñó Alfredo Barraza y 100 minicostales de café para mis compañeras y chaperonas, las cuales casi no llegan a su destino por las excesivas requisas a la sospechosa ‘Miss Colombia’ en cada escala. Allá llegué con un mes de anticipación para integrarme con las demás reinas, a comer una comida que por esa época era bastante extraña para los del continente americano y a asumir un competencia que para mí era vital. Yo no iba a pasar rico ni a crear amistades. ¡Yo iba a representar a mi país y a ganar! En mi cabeza no existía el fracaso. No solo porque soy así desde que tengo uso de razón, sino porque había jurado no volver a Colombia si no quedaba de finalista. Yo era la “antirreina”. Me salía del estereotipo de la Señorita Colombia tradicional, y hablaba con una nasalidad tan espantosa que ni yo misma me aguantaba cuando me veía por televisión. No podía darles la razón a mis opositores y tampoco podía fallarles a los pocos —pero muy pocos— que creían en mí: mis papás, mi mejor amiga, Alfredo Barraza y doña Tera. (Yo casi le gano a Federer)

No me metía a la tina con hielo como hacen hoy en día, pero sí me acostaba con una toga para amanecer de pelo liso y muy puntual para cada llamado. No sabía maquillarme —hoy en día menos—, pero me las ingeniaba para que mis ojos se vieran aún más verdes. Con todas las candidatas crucé más de una palabra, pero fue con las latinas con las que realmente pude armar una barra. Con ellas, y con la ayuda de unos casetes de Carlos Vives y Juan Luis Guerra que había empacado como los objetos más valiosos, nos tomábamos cualquier lugar y lo convertíamos en fiesta.

Compartí cuarto con Marcela Vacarezza, de Chile, quien no paró de llorar por su ‘pololo’, y me hice muy amiga de Soledad Diab, de Ecuador, con quien aún me hablo de vez en cuando. Todas iban por diversas razones, pero creo que la única que compartía el mismo objetivo mío era la Señorita Venezuela. Carolina también bajaba puntual y debo aceptar que me ganaba en el maquillaje. No sé si habría traído un mini-Franklin Ramos en su neceser, pero lograba aparecer siempre como una diosa coronada. Andaba más con las europeas que con las latinas, y probablemente por eso nunca votó en los 15 desfiles que les hice a mis compañeras en los pasillos del hotel para elegir mi vestido de coronación. Llevaba dos opciones: uno rojo de Alfredo Barraza y otro negro y dorado de Ayerbe y Quintana. Los dos me encantaban, pero creo en la democracia y ganó el rojo. De hecho, en uno de esos desfiles mi amiga de Ecuador me dijo “¿Tú crees que vas a ganar, cierto? Si esto es justo, gana Australia y tú quedas de segunda”. El segundo puesto no me chocaba, pero el primero me seducía más. (Así se vive el reinado gay indígena)

El día de la coronación, mi gran amiga Lilián de Lara me llamó y me preguntó de qué iba a quedar. Por las varias apariciones que tenía en los bailes, mi ubicación al frente y en el centro en las presentaciones en grupo, las constantes entrevistas que me hacían los organizadores de Miss Universo y mi siempre presente confianza, le respondí: “Quedo de primera o de segunda”, y por eso ella me rogó que me sacara esa idea de la cabeza para evitar un posible suicidio.

Doce horas más tarde estaba entre las tres finalistas respondiéndole al jurado la pregunta que mayor controversia generó cuando apenas era Señorita Bogotá, allá en Cartagena. Uno de esos pseudoperiodistas anti-Turbayista con tono retador me preguntó: “Rrrreina… ¿Qué haría si fuera elegida presidente de la república”, a lo que respondí: “Lo mismo que haría el presidente si fuera elegido reina: el ridículo”. Gracias a Poncho Rentería y al eco de otros medios, esa respuesta le dio la vuelta al país y, al parecer, al mundo, pues justo en la antípoda de Bogotá (Bangkok) me la volvían a formular. Era lo último que me esperaba y para esa sí que no iba preparada. Aunque tuve una respuesta decente que hacía referencia a la educación y a la paz, sigo pensando que es muy fácil caer en la típica respuesta “World Peace” cuando se está en directo frente a millones de televidentes a nivel mundial. Claro que cuando la Señorita India respondió que en un país donde millones mueren de hambre, construiría la pista de atletismo más grande del mundo, sentí que en algunos casos vale brillar por los errores de los demás. (A mí casi me parte un rayo)

Con esa respuesta, lógicamente fue la primera en salir eliminada y fue en ese momento cuando me sentí dentro de una burbuja empacada al vacío. Veía la euforia y a la gente aplaudir, pero lo único que realmente escuchaba era mi voz diciendo “esto sí se puede ganar... wow”. También pensé en los planes de ir a Boston que se me dañarían si ganaba, pues me iba a ver con mi amiga y un “amiguito”, pero nada de eso pasó porque en un segundo le dieron la corona a Miss Namibia.

Yo estaba feliz con mi segundo puesto, pues nadie había llegado tan lejos después de Luz Marina Zuluaga. Claro que la dicha duró muy poco, porque Paula Andrea y Carolina repitieron la misma hazaña en cuestión de dos años. Pero lo importante es que en un país que pasaba por escándalos, guerras entre carteles y justo a esa hora llegaba la luz del diario apagón, se vivió una victoria como las del fútbol o el ciclismo. El sentido patriota brotó por un instante, y mientras todos salían a la calle a tirar Maizena, a mí me llamaba el presidente Gaviria a felicitarme. Los papás de la Miss Namibia ni se habían enterado de su logro, y yo ya tenía un país en carnaval. (Yo casi me subo al avión de Air France que se cayó)

El primer puesto siempre será mejor que el segundo, pero con el segundo también se puede gozar y sentir orgullo. Lo único que realmente perdí fue un título, porque a partir de ese momento me dejaron de decir “reina” para decirme “virreina”.

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