Alzheimer: eso dicen que tienes. Tú no lo sabes, pero eso no importa, ya no. Ahora, mientras me miras y ríes, yo te contaré una historia. ¿Recuerdas que en el frente de la casa había un jardín , ¿te acuerdas, papá?

Allí sembraste un árbol de guayaba, uno de ciruelas, tres de naranja y uno de mandarina que nunca dio fruto, pero que acentuaba el olor verde que se metía por la sala cuando la puerta estaba abierta y nos hacía creer que vivíamos en un bosque. Había tres palmas, cinco helechos, una mata de limoncillo y un montón de rosas: blancas, violetas, rosadas, amarillas, rojas... era sorprendente que en un espacio así de pequeño, en mitad del Doce de Octubre, un barrio de casas amontonadas en las faldas de Medellín, pudieran crecer tantas plantas. Tu mayor disgusto era descubrir a un muchacho robando naranjas o pisando el jardín en busca de alguna pelota perdida.

Con el tiempo, la naturaleza, ingeniosa y acrobática, se inventó un truco para poner a salvo las rosas: sus tallos delgados fueron trepando el tronco de los árboles y se abrieron paso por entre el follaje hasta alcanzar las copas del ciruelo y el mandarino. De lejos parecían sombreros de fiesta porque a su alrededor, atraídos por el néctar de las rosas, danzaban mariposas, colibríes y abejas. Las sombras de aquellos árboles proyectadas sobre el frente de la casa tenían la forma de un estanque de pequeños peces con alas que desconcertaban a los gatos. ¿Te acuerdas, papá , la casa también olía a pan recién horneado.

En el patio había un taller de panadería, un cuarto de paredes blancas con un horno eléctrico, una mesa, una máquina de moler, una alacena de tarros y bolsas con azúcar y harinas y levaduras y frasquitos de esencias, y también un balancín para pesar los ingredientes y un rodillo de madera muy grande y un canasto con trapos y delantales. Allí hacíamos parva para vender por las calles del barrio, así le decíamos, parva: tostadas, pandeyucas panderitos, pan de salvado, galletas de mantequilla, pandequeso, mojicones, milhojas, pasteles de guayaba… Los domingos, sobre todo ese día, la cuadra se llenaba de un olor que, decías tú, amenazaba con interrumpir la señal de televisión en tres manzanas a la redonda. Casi tenías razón. Al momento, enviadas por sus maridos para preguntar qué estábamos horneando, aparecían las vecinas en la puerta de la casa.

Entre semana hacíamos empanadas y arepas de huevo que vendías en la feria de ganados, cerca de Bello. En vacaciones del colegio yo te acompañaba, entonces ocurría el milagro, uno que yo esperaba como se espera un premio: nos íbamos caminando calle abajo y tú aprovechabas para contarme historias, ¿te acuerdas? De cuando te fuiste de la casa siendo aún muy niño, o del perro de ojos de distinto color que un día te encontraste y fueron amigos muchos años, de la novia que se llamaba Raquel y parecía una actriz de película, de cuando viviste en una ciudad de hierro y manejabas la rueda de chicago y el carrusel de los caballos, de la primera vez que viste pasar un avión y corriste a esconderte en un galpón de gallinas, de la monja a la que le dejabas carticas de amor en las bancas de la iglesia porque decías que era hermosa y risueña, del primer paracaidista que hubo en el mundo, que por gritar groserías mientras caía, terminó ensartado en la cúpula de una iglesia y se quedó a vivir allí por tres meses mientras traían de la China una escalera muy larga para poder bajarlo. Yo me reía, y esos viajes por las faldas del barrio hasta la feria se hacían tan cortos, tan cortos, papá, que el tiempo parecía andar sobre patines. Había otras historias, claro, unas que te hacían llorar. Siempre fuiste un llorón.

Yo me avergonzaba cuando la gente nos miraba en la calle y se quedaba viendo tus ojos azules, tu risa muy grande, tu nariz recta, tus lunares en todas partes y tus manos y tus dedos saltando, dibujando trozos de ideas. Tú nunca fuiste un ogro y jamás me pegaste. Eras apenas un papá llorón que sabía contar historias. La de los correazos era mamá, que se quejaba de tu mansedumbre con mi hermana y conmigo. Rosalba. Es el único nombre que ahora recuerdas y repites. Ella es quien te cuida y se las arregla con tu memoria perdida. El otro día vine a visitarte.

Estabas en el suelo, apurado con los puñados de maíz, fríjol y lentejas que ella tira al suelo para que tú recojas. Es la única manera de tenerte ocupado, dice mamá, con la cara descompuesta y la voz débil. Ya no lees, no ves televisión y, según mamá, ni siquiera duermes. Caminas en círculos, te tropiezas con las cosas, desconectas el teléfono, escupes en el suelo, te desvistes una y otra vez, quitas los bombillos, te tomas el agua de los floreros, preguntas por gente que ninguno conoce... ¿habrás preguntado por el paracaidista ensartado en la cúpula de la iglesia? Mamá dice que no sabe, que tal vez, que ella también comienza a perder la memoria. Ayer te dieron de alta.

Dormí dos noches en el hospital al lado de tu cama. Era una sala grande con quince enfermos más. Algunos, como no había camillas, estaban tirados en el piso, con sus bolsas de suero colgadas en puntillas que las enfermeras iban clavando en la pared. Tú siempre confiaste en los políticos. Eras del Partido Conservador, decías, y siempre votaste por ellos en elecciones. Llegabas a casa con el dedo rojo, sucio de tinta: la marca de quienes apoyaban la democracia. ¡Qué mierda, papá! Te robaron, nos robaron. Hace tres meses debieron operarte. Tu vejiga es incapaz de expulsar la orina que acumula y tu vientre se hincha como la giba de un dromedario, entonces lloras de dolor, pero no sabes qué pasa. Estás en lista, dicen los médicos sin mirarte a la cara.

Ahora estamos esperando un examen de tu cerebro que debieron hacerte hace dos años. Mamá puso una tutela, pero ni siquiera el fallo a tu favor ha logrado nada. Debemos esperar. Hace un mes te pusieron una sonda.

A veces te la jalas y mamá se las ingenia para distraerte dándote chupetas y ocultando la bolsa debajo de tu ropa. Ella, nadie más, logra que tus ojos chispeen como antes, como cuando salías a vender por el barrio y, mientras te abotonaba la camisa y alisaba tu delantal, te advertía que no te metieras a ninguna casa a conversar porque te cogería la noche. Parecía la advertencia de un hada a un personaje de cuento. No siempre hacías caso.

La gente te llamaba para que, mientras te compraban, les contaras una historia, y el tiempo se te iba y se hacía de noche. A veces llegabas a casa con cosas que no lograbas vender y ella sentenciaba que, seguro, te habías quedado hablando. Entonces los desayunos y parte de los almuerzos de los días siguientes eran los panes, panderitos, mojicones y milhojas que no habías vendido. De todas tus historias hay una que recuerdo más que las otras. Es la más triste, quizás.

Es esa de tu mamá. La llevaban camino al manicomio. Era una mujer rubia. Su foto está en casa, metida en la biblia en la que mamá lee los salmos. De ella heredaste los ojos azules. Tenía 25 años y los hombres que la llevaban se detuvieron para darles de beber a los caballos. Tu padre iba con ellos. Te habían dejado allí dos años antes, al cuidado de una tía, justo después de que ella empezó a perder la cordura y a llamar las cosas con nombres distintos. ¿Qué edad tenías

, ¿seis años, siete? Jugabas en el piso de madera de la casa, afuera del corredor de la entrada. La sentaron en una piedra, con las manos amarradas. Tenía un vestido largo, como alguien importante. El cabello dorado, recogido en una cola. El cuello alto, los zapatos de tacón y la mirada perdida. Se llamaba Aurora y te quedaste viéndola sin reconocerla. Entonces pasó algo: ella salió de su silencio, como el preso que logra abrir la escotilla de la celda en la que permanece atrapado, y te sonrió. Después te llamó con la cabeza. Mientras caminabas hacia ella, tu padre ordenó desatarla y darle de beber. Te besó en la frente, me contaste.

Fue un beso largo, largo, y luego te peinó con sus dedos libres. Te llamó por tu nombre: Gustavo, y eso siempre lo recordaste como un prodigio, como un último regalo. Ya no la viste más y es el único recuerdo que tienes de ella. Mamá dice que a veces la llamas, y que mientras almuerzas, de pronto, preguntas si vendrá. Yo soy afortunado.

De ti tengo miles de recuerdos, papá. Hay uno que evoco como se hace con un buen sueño que uno no quiere olvidar. Fue de ese año en que nos fuimos a vivir a Apartadó, en esa finca bananera llamada Bambú en la que te dieron trabajo. Mamá estaba en el Sena. Allá trabajaba como aseadora y dejaba a mi hermana en casa de la tía Inés. Por alguna razón, esa vez me llevaste contigo. Yo tenía seis años. Debías cortar la maleza de un canal de agua antes de que llegara la época de las lluvias. A ti, me contaste después, te habían dado el más largo y enmalezado, quizás porque eras nuevo y querían probarte. Ya en el sitio, juntaste un par de ramas de un árbol y, con la primera yerba cortada, me hiciste una casa. En una así, me dijiste, había vivido Tarzán cuando era niño. Esa fue la primera película que vimos en el cine, y yo me quedé admirado por tu habilidad de mago. Después te quitaste la camisa y la llenaste de hojas para que la usara de colchón. Yo estaba ahí viéndote trabajar y te oía cantarme canciones. A veces regresabas y me traías conchas vacías de caracoles y las garzas seguían tu rastro en busca de los insectos que quedaban al descubierto cuando rozabas la yerba.

Mucho después, siendo un adolescente, me contaste que limpiar ese enorme canal te había costado más tiempo y esfuerzo que a tus compañeros, especialmente porque, al terminar cada día, tú insistías en quedarte dos horas más para barrer la yerba, amontonarla lejos y prenderle fuego. Todos te decían que por ese trabajo no te pagarían más, y así fue. Al final de la semana, con el trabajo terminado, el pago fue tan poco que fuiste a donde el dueño de la finca a reclamarle. Él se llamaba señor Howard y no te escuchó: dijo que ese era el pago para quienes desmalezaban. Dos días después, un domingo en que salía para el pueblo a comprar la carne de sus perros, ordenó parar el carro en el que viajaba porque un canal de aguas lluvias llamó su atención. Estaba tan limpio que les preguntó a los que viajaban con él si era de su propiedad. Le dijeron que sí. Él se bajó y caminó una parte del trayecto. El agua corría cristalina por el piso libre de yerbas y de hojas. El lunes mandó llamarte, papá, te dijo que tenías razón, que tu esfuerzo valía más y te pagó el doble de sueldo, después te contrató en la planta donde empacaban el banano, un lugar a la sombra y con agua para hidratarse, y te ofreció una casa en el campamento de los trabajadores. Allá nos fuimos a vivir los doce meses que mamá accedió estar lejos de Medellín. Todo eso lo supe cuando yo era un adolescente y me quisiste enseñar que el esfuerzo con atajos no sirve. En realidad no sé si aprendí.

Cuando vengo a visitarte me pregunto qué puedo hacer por ti, y por mamá, que llora en silencio y tampoco duerme. A veces se queja, dice que no será capaz. Debe bañarte pero tú no te dejas y manoteas furioso sin entender qué pasa. Cuando yo te baño y peleas te aprieto las manos. Tú me miras con rabia y cedes humillado por mi fuerza. El otro día me preguntaste por qué te hacía eso, y yo no supe qué decirte. Te abrazo, papá. Te quiero, te digo. Tú me preguntas quién soy. Soy yo, papá, y esta es mi manera de decirte que, quizás, después de todo, aprendí la lección: en este bendito país de dolorosos atajos, yo casi siempre intento el camino más largo. Por suerte tus historias me siguen haciendo compañía y gracias a ellas, hasta los tiempos más tristes a veces parecen andar sobre patines, como cuando caminábamos las faldas del barrio hasta la feria. Cuando al fin te lea estas palabras, enseguida las olvidarás, pero no importa, ya no: ahora, mientras me miras y ríes, quiero decirte que yo no te olvido, papá.

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