El éxito de El Anatomista de Federico Andahazi, lo mismo que las dificultades que corrió para publicar su novela se explican por la misma triste razón: el clítoris todavía arma escándalo a estas alturas de la historia en nuestra pobre provincia occidental. Esta civilización arrogante, incomplaciente y distraída de lo que de veras importa, procaz, tecnológica y enemiga de las sutilezas, es fetichista y razonante. El templo moderno es el gimnasio. El amor es una gimnasia. Y un problema la gimnasia. Y el estado general del espíritu oscila entre el desencanto y el asco y los talleres de relación y las alegrías falsas de las religiones light. El pequeño órgano de apariencia inútil que las mujeres comparten por algún motivo fabuloso con las hienas confirma una vieja sospecha: a la naturaleza también le gusta descabellar metáforas. Lo mismo a la lengua. Alguna cosa debe significar que el poderoso apéndice, área de liviana apariencia, esté asociado en la órbita occidental con lo culto. Entre el sacerdocio de las llaves y el robo y la trampa en los diccionarios griegos. Mateo Colón, un anatomista del Renacimiento, habría sido, según Andahazi, el descubridor de la América del clítoris, que occidente había preferido ignorar o que había fingido desconocer y lo llevó al extremo de confundir la feminidad con el mal, el orgullo del pecado con el humilde amor y lo arrastró a la libidinosa caza de brujas. El hallazgo de la pequeña pieza, ahora pieza de caza, incrustada en la mitad de las mujeres, es el motor de un mundo de utopías. Pero a pesar del descubrimiento de Mateo Colón, el varón occidental, guerrero, tragón y práctico y abrumado por los sentimientos de culpa, no ha sabido qué hacer con él a quinientos años del acontecimiento. Ni las mujeres han publicado en ninguna parte un buen manual de uso que nos acerque a la hermenéutica de su querido entresijo. Porque tal vez ellas mismas desconocen el tesoro que creen que poseen y las posee. El alboroto de la liberación de la mujer alteró el paisaje de las horribles, dulces, crueles megalópolis del siglo veinte. La moda borró los viejos pudores de la hipocresía ancestral y liberó la piel de las mujeres de las ataduras del traje. Pero sobre todo alteró la atmósfera entre los sexos. Los derechos conquistados o concedidos de elegir y de ser elegidas, a salir de noche, decir palabrotas, usar vaqueros y competir en los mercados laborales en igualdad de condiciones con los rudos y apresurados varones, empujan hacia el esplendor de la hembra que quiere manifestarse por fin después de los desmanes de la virilidad, la lucha por los derechos de la orgía del clítoris, ese invitado nuevo antiguo y siempre joven, que no sabe más que reír como un pájaro en la sombra aromática de su nido oscuro. La literatura erótica de la tradición occidental habla mal de sus goces, de su sensualidad. Los fastos prostibularios de Pompeya, aun Ovidio con su retórica de arcángel, los textos jocundos de Aretino y Boccaccio, la industria centenaria de la pornografía, los chistes verdes de la antigüedad sobre los penes de cuero de uso entre las mujeres de los filósofos griegos que nos esquizofrenizaron, expresan un lamentable estado del arte de amar en el orbe católico. La locura del pecado, sombrío invento patriarcal, plagó la existencia de aberraciones y terrores. En las tradiciones estimulantes de oriente, árabes o chinas, son escasos el bestialismo y el sadismo aunque todas tuvieron sus estadios represivos y sus crisis de exaltación. Pero el Collar de la paloma de lbn Hazm de Córdoba, lírico anecdotario, sobrevuelo en profundo, el Jardín Perfumado del Jeque Nefzawi, el Kamasutra, el Anangaranga, para no mencionar la sensualidad exuberante de las Mil y una Noches, no se comparan el mismo día con los tratados de amor occidental, determinados por la afición a la mecánica y a las ciencias prácticas. Preceptos higiénicos, calistenias obvias, bastedad. Instrucciones de posturas a lo sumo, listas de ungüentos para aumentar el tamaño de los labios y de las torres y elixires de engaños hechos con porquerías como polvos de corazones de perro calcinados. Oriente es sensual, suave. Inocente. Sabe que el cuerpo es un instrumento glorioso, sensual, suave. Inocente. Sabe que el cuerpo es un instrumento glorioso y que la mayor obra de arte es la propia vida. Conoce el modo de mezclar el sexo y de estimular las horas con los perfumes, de combinar los pebeteros y los lugares con las flores de la estación y los ritmos con los alimentos. Occidente por esfuerzos que haga no puede preciarse de ser más respetuoso, amable, refinado. Y Haroun al Makbzoumi en Las fuentes del placer describió ya en 1200 el clítoris y nos advirtió sus dichas y sus peligros. Ya que no podemos prescindir de la hembra occidente la maltrata. O la virginiza y corona y aleja al reino de los intocables. El feminismo moderno militante empeñado en empelotar a las mujeres de todo el mundo donde se ocultan y en emperifollar a las que aún andan desnudas, es la furia vengativa del pequeño y fascinante conjunto de tejidos eréctiles cuyas energías convierten a las mujeres en olas y las embellecen hasta las raíces de sus cabellos, como dice el poeta musulmán. Algunos fundamentalistas de la causa del precioso interruptor por donde se encienden las mujeres creen que es un factor de importancia para la paz del mundo. Pero el himno que cantan tiene una sombra, un eco perturbador. En las sociedades poliándricas donde triunfó la hembra concurren los oscuros rituales del matriarcado y la antropofagia. Entonces, a lo peor, por alguna necesidad desconocida en la economía del universo y en las cosas de la biosfera, la manifestación plena de la hembra, como materia gozosa, masa, energía, velocidad y luz y negación del poder, el triunfo del dichoso clítoris problemático, elusivo y presente, también implicará un retorno a las divinas prácticas caníbales. Divinas, porque la antropofagia es un ritual eucarístico primero que todo.

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